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PROLOGO Todos los hechos que se narran en esta novela son verídicos. Sin embargo, los nombres han sido cambiados, no para proteger a los inocentes, sino para salvaguardarme de los culpables. He llevado una relación muy tormentosa con la medicina; mejor dicho, con algunos médicos y como esta relación ha sido de tantos años, he decidido escribir mis vivencias, no vaya ser que estas aventuras alucinantes se pierdan en los laberintos de mi memoria. Algunas de estas experiencias están salpicadas con el buen humor atenuando así los hechos dolorosos. Fue fácil asignarle el nombre, el mismo refleja lo inverosímil de esta historia. En mi novela Y era lo que nadie creía narro mis decepciones y percances con algunos médicos que olvidaron que el paciente es algo más que un espécimen para clases de anatomía. CAPÍTULO I Soy la menor de una familia de seis hijos y mi madre tuvo cuatro partos anteriores. Soy melliza, o lo que en medicina se conoce como gemelas fraternales. De todos mis hermanos, la más delicada de salud, heredé achaques como otros heredan dinero o propiedades. Asmática desde muy niña y con una serie de complicaciones casi todas de origen genético que hicieron que las experiencias fueran dramáticas, dejando secuelas de rechazo y desconfianza en la medicina. Algunos galenos se comportaron conmigo como inhábiles desconcertados, quienes tanteando torpemente no buscaban más allá de sus narices y nunca se imaginaron que se les presentaría una paciente con uno de esos raros síndromes que sólo se estudian en los tratados de medicina más especializada. Por lo general, piensan que sus pacientes van a tener las enfermedades comunes y fáciles de tratar. Si no es así, los califican como hipocondríacos que no tienen otro objetivo que amargarles la vida y entonces aparece la desconsideración, la grosería y una defensiva y elemental arrogancia. No todos los médicos se comportaron con indife-rencia. A través de mi recorrido en busca de la salud encontré médicos formidables, atentos, humanos, eficientes, estudiosos y considerados. Personas tan extraordinarias, que en cierta medida, me reconciliaron con el gremio. De estos profesionales guardo excelentes recuerdos. Siempre he pensado que cuando alguien escoge esa profesión debe ejercerla como un apostolado. Eso hace la diferencia. Cuando era una niña pensaba que todos los médicos eran seres compasivos y protectores con la capacidad de aliviar todas las enfermedades. Cuando me asomé a la realidad de la vida, esa pequeña niña comenzó a despertar del fantástico sueño. Fue un despertar amargo y el sueño infantil se convirtió en pesadilla, de allí en adelante mi relación con algunos médicos se transformó en una cadena de sinsabores e inseguridades. Esas desafortunadas experiencias me enseñaron que los médicos eran personas con limitaciones, como todos; no obstante, aprendí a manejar mejor mis enfermedades, que ellos sus limitaciones. Unos pocos, algo generosos, logra-ron trascender esas circunstancias y me dieron respuestas aunque fueran solamente paliativas. Ciertos facultativos pierden el contacto con la agonía y la zozobra del paciente; y sólo se interesa en el beneficio económico que éste les pueda aportar. Si se solidarizaran con el dolor y la angustia de estos serían mejores médicos, ellos están llamados a aliviar el sufrimiento de los enfermos, pues han asumido de partida, ese compromiso. Los problemas de salud impidieron que desarrollara las actividades propias de los niños. El reposo me aisló, haciendo madurar a muy corta edad. Nunca me quejé, lo tomaba con resignación. Los juegos que por su actividad física se me habían prohibido dejaron de interesarme; y desde muy niña me apasionó la lectura, era una actividad pasiva que en nada reñía con las indicaciones de los médicos. Esas lecturas fascinadoras desarrollaron mi imaginación de una manera asombrosa. Mis fieles compañeros eran un gato y un perro, Mingo y Poroto. El perro enfermó y el veterinario ordenó que lo sacrificaran. Los niños nunca estamos preparados para ese nivel de crueldad; sufrí mucho con la muerte del perro. Meses después el gato convulsionó. Mis padres decidieron regalarlo y le pidieron el favor a un vecino italiano. Cuando le pregunté dónde había dejado al gato, contestó. —Lo puse en un saco y lo tiré al río. Estos acontecimientos provocaron temor, el miedo se apoderó de mí. Pensaba que podía correr la misma suerte de las mascotas. Cuando me atacaban la tos y la asfixia me tapaba la boca con la almohada para que nadie se enterara de mi enfermedad. La ocultaba y simulaba estar bien. En una ocasión mi hermanos Roberto, expresó. —¡Tienes que mejorarte, porque si no te van a ahorcar como a Poroto! Minutos después, se arrepintió y aclaró que bromeaba. Pasados unos días le conté a mi madre mis temores de correr la misma suerte que Mingo y Poroto. Ella se preocupó mucho. —Tomé esa medida única y exclusivamente para proteger la salud de mis hijos. Tú sabes que el perro tenía sarna y se les podía contagiar. Comprendí sus motivos aunque no la disculpé, mi mente de niña era incapaz de hacer un análisis coherente de sus razones. Estaba impedida de jugar con mis hermanos, por esa razón siempre me sentía sola, sin embargo, considero esa etapa de mi vida muy beneficiosa, pues me acostumbré a la soledad, a ser feliz conmigo misma, lo que me permitió alcanzar un pensamiento profundo. Traté de equilibrar dos cualidades, la inteligencia y el amor, sólo así podía alcanzar la sabiduría. Algunas veces cuando llegaban a mí, las alegrías de mis hermanos jugando, lloraba descon-soladamente, era difícil aceptar las restricciones. A pesar de todo, la tristeza no me amargó, me hizo más sensible y reflexiva. Recuerdo que en una ocasión, desobedeciendo las órdenes de mis padres, al jugar con mis hermanos me empujaron y me rasgué la espalda con la pared, construida de cemento rústico, y toda la epidermis que me cubría la columna vertebral se levantó. Mis hermanos me sujetaron a la fuerza y aplicaron yodo a la herida. Me ardía tanto que grité alborotando a todo el barrio. Cuando llegaron mis padres les dije que mis hermanos me habían arrancado la cabeza y me la habían pegado con goma. Ellos no comprendieron que la metáfora usada era para explicar lo intenso del dolor y consideraron que esta era otra de mis fantasías. Cuando advirtieron la realidad, el castigo fue general, exceptuando a la enfermita. Pasaron algunos años y mi estado de salud no mejoraba. Mi madre cada vez que me enfermaba me llevaba al médico, y aunque sus recursos económicos eran limitados, ella siempre priorizaba aquello que se refería a la salud. Una tarde de verano desobedecí a mis padres otra vez, es muy difícil lograr que una niña pequeña no se escape a jugar con sus cincos hermanos. Ricardo no vivía con nosotros porque estudiaba en Panamá, estaba pasándose unos días en Chitré y le gustaba llevarnos a pasear en su bicicleta. Él había ideado dos tipos de paseos, uno muy despacio y por las calles pavimentadas y en silencio, a ese lo llamaba paseo con los pelos blancos; el otro, era a excesiva velocidad por las peores calles, las más inclinadas, cayendo en todos los huecos y gritando; a ese lo llamaba paseo con los pelos negros. Esa tarde quise que Ricardo me llevara de paseo y él presentó su menú. —¿Cómo quieres el paseo, con los pelos blanco o los pelos negros? —¡Con los pelos negros! —respondí de inmediato. No era de extrañarse que optara por el desafío, la vida me había entrenado para asumir retos. Además, podía jugar tan pocas veces, que mi vida era monótona y gris, sintiéndome ávida de emociones fuertes, opté por el peligro. Mis otros hermanos me ayudaron a subir a la bicicleta de Ricardo, él conducía a mucha velocidad, yo gritaba a todo pulmón. —¡Me encanta el paseo con los pelos negros! ; ¡me encantan, me encantan los pelos negros! Agarrada de la parte trasera de la silla, me apoyaba sobre la espalda de Ricardo y cada vez que caíamos en un hueco gritaba y soltaba las manos del asiento. Pronto me sentí agotada y observé como mi hermano aceleraba más y más la marcha. Entramos en un callejón muy empinado, sinuoso y quebrado; al intentar frenar, la bicicleta levantaba mucho polvo y este me hizo estornudar, pero no deseaba abandonar la aventura por nada. Cada movimiento irregular aumentaba la emoción y la fascinación del paseo. De repente, caímos en un enorme hueco, que más que un hueco parecía un cráter; mi hermano dio un salto y me machaqué los dedos de las manos con los resortes del asiento. Adolorida, solté las manos e incliné el cuerpo haciendo que Ricardo perdiera el control del timón y rodamos sobre un montículo de cascajo que estaba en una de las aceras. Una piedra de regular tamaño me golpeó en la frente y ocasionó una hinchazón muy grande. Mis otros hermanos ya se acercaban a recogerme, mientras tanto Ricardo levantaba la bicicleta. Esmeralda fue la primera en darse cuenta del chichón que tenía en la frente. —Si mi mamá ve el golpe que tiene María Rosa en la frente nadie nos salvará de la tunda. Rápido, Ricardo procedió a buscar una moneda de cincuenta centavos. Entre todos, me acostaron en el suelo y se turnaban para frotarme la frente con la moneda. Querían desesperadamente bajar como fuera el edema y el hematoma. Lo único que consiguieron fue que el hematoma se extendiera más y más y mi aspecto se volviera terriblemente impresionante. Cuando llegamos a la casa, se repitió la historia de mis escapadas: mi madre castigó a mis hermanos y a mí me manifestó. —Esta vez no te vas a salvar del castigo. En cuanto mejores, vamos a arreglar esto. Te he prohibido jugar con tus hermanos, porque cada vez que lo haces, complicas la situación. No quiero que me desobedezca nunca más ¿oíste? No contesté nada, fue tanto el sufrimiento que percibí en el rostro de mi madre. Ella me cuidaba con tal amor y esmero, recuerdo la atención con que velaba mi sueño cuando sufría una crisis. Este fue uno de los factores más importante en la superación de todos mis achaques. El respeto hacia el dolor de mi abnegada madre hizo que a partir de ese día no volviera escaparme. En la casa, que era pequeña y sencilla, había dos habitaciones, pero hay que pensar que eran casas pequeñas “de las de antes” que comparadas con las de hoy resultan mucho más amplias. La recamara principal, asignada a mis padres y en la otra nos acomo-dábamos los seis hijos. La mayor parte del tiempo era yo quien permanecía en la habitación y muchas veces, mientras trataba de controlar la tos y la asfixia, intentaba encontrar en el entorno algo que me distrajera y llamara mi atención. No podía mirar por la ventana porque estaba cerrada para que las corrientes de aire no entraran y agravaran mi estado. En el centro de la casa había un pasillo que conducía de la sala a un patio amplio y lleno de árboles frutales, pero lo miraba desde lejos, ese era uno de los lugares restringidos. La mayor parte del tiempo confinada a la pequeña habitación, miraba alrededor, cinco camas junto a la mía, eran todas iguales: de madera rústica. En aquel tiempo los muebles eran casi artesanales, hechos por los carpinteros del pueblo, sus cobijas, confeccionadas de retazos de telas. En Chitré a estas mantas que cubren las camas se les llamaba colchas, la cama más cercana era la de mi hermano Roberto, él era solamente un par de años mayor. Al otro lado la de mi hermana melliza, Mariana; junto a la de ella, la cama de Esilda, Esmeralda y Ricardo. Observé con indiferencia la cama de mi hermana melliza, en ella había muñecas, una vagilla de juguetes y unas figuras de papel llamadas Maricas. Estos juguetes eran los propios para niñas de nuestra edad y en ese momento, por primera vez, me di cuenta que era diferente. Tenía apenas diez años y en mi cama había varios libros sustraídos de la mesita de noche de mi papá, entre ellos: Los Miserbles, Los Hermanos Karamazov, La Divina Comedia y Doña Bárbara. Había tomado prestado de uno de mis hermanos mayores las Fuerzas Morales, de José Ingeniero. A partir de ese momento, ese escritor incendiario se convirtió en uno de mis favoritos. La lectura fue el factor más importante para que las limitaciones físicas no me afectaran emocionalmente.Esta voracidad por la lectura provocó algunas controversias. Estaba tan distraída leyendo que no percibí la presencia del profesor hasta cuando me arrebató el libro. —¿Vamos a a ver qué está leyendo la niña? ¿Acaso, una novela rosa de Corín Tellado, o Caridad Bravo Adam o Jesús Santamaría? Me levanté y observé detenidamente al profesor Moises Chong. Delgado, alto para nuestra edad, de cabellos negros, lisos, impecablemente peinados y sujetos con brillantina; no se atrevía ninguno, ni los cabellos ni nosotros, a estar fuera de lugar en su presencia. Del oriente quedaban sus ojos rasgados, alargados, que cerraba y entrecerraba para enfocar mejor la visión, le costó mucho resignarse a usar lentes para la miopía. Esperé el efecto del libro y levantando ligeramente la voz, respondí. —Se equivocó, profesor. El profesor Chong leyó el título, su rostro se trans- formó por la sorpresa y espetó. —¡No lo puedo creer! ¡Ella está leyendo El Príncipe de Maquiavelo! ¡No todo está perdido! Respiré hondo, había pasado con buenaventura esta prueba intelectual. Su presencia significaba un auténtico reto para nuestras mentes, un desafío frente al conoci-miento, y nos hacía sentir la inteligencia como algo obligatorio de la condición humana, no permitía menos. En otra oportunidad, la afición por la lectura me salvó de un castigo. El Profesor Roberto Carrizo me sorpren-dió hablando en clases y decidió castigarme con su “tormento” favorito. Me asignó que aprendiera una rima de Bécquer para cada día e iniciara, con cada una, sus clases diarias a manera de entrada, durante una semana. Me observaba con los gestos displicentes y aristocrático heredados de sus antiguos y distinguidos ancestros de Ocú. Su mirada desdeñosa, una ceja fuertemente arqueada y con la perfiladísima nariz levantada de manera contundente, en tono molesto, afirmó. —¡Y mañana debe recitarnos esta rima de Bécquer! Miré atenta el libro que mostraba y pude comprobar que era la rima número veintidós, me la sabía de memoria: ¿ Cómo vive esa rosa que has prendido / junto a tu corazón? / Nunca hasta ahora contemplé en la tierra / junto al volcán la flor. Y seguí y seguí recitando mis rimas favoritas hasta completar cinco. La cuenta de la semana. Los colores del rostro le cambiaban súbitamente, de pálido a rojo sucesivamente; y en la mirada, cruzaban ráfagas de ira y placer al unísono, los labios carnosos le temblaban de emoción. Me interrumpió perturbado por la sorpresa. —¡Guarde silencio, no siga! ¡Ya pensaré en algo que para usted sí represente un castigo! Nunca llegó. Me senté y sonreí con arrogancia e insolencia. El profesor estaba disgustado, pues mantenía una disciplina estricta en el salón de clases, propia de los tiempos. Coincidencialmente ese día, como muchos otros, lucía un clavel rojo en el ojal del saco. El resto de la clase guardó un silencio asombrosamente respetuoso. Se podía escuchar el vuelo de las moscas como en ocasiones nos solicitaba, y a pesar de su forma rígida de actuar, era un profesor muy estimado por sus alumnos. Su capacidad de enseñar era irreprochable y todos nos beneficiábamos de ella. Le queríamos muchos, mi madre simpatizó desde el primer día con él y lo asignó como nuestro acudiente para que retirara las calificaciones cuando ella no podía ir a las reuniones. En el salón de clases el profesor Carrizo era estricto y exigente y en nuestra casa era Tito, nuestro compañero y amigo más admirado. Otro de los profesores que marcó una influencia benéfica en mi vida fue Vicente Guaylupo. Siempre demostraba consideración por el delicado estado de mi salud, impartía la materia de ciencia, además de ser mi profesor, ejercía como consejero del grupo. Era admirable su interés por la formación científica de nuestro pensamiento, nos hacía sentir que el conocimiento científico era parte indispensable de la vida cotidiana. Mucha de la audacia para internarme en investigaciones personales sobre mis enfermedades, me fue dada por la formación que adquirí con él; y la necesidad de estar al tanto de los adelantos tecnológicos es otra de las actitudes vitales que nos legó. Fueron numerosos los profesores que, de una manera u otra, dejaron un legado de valores y buenas costumbre que se reflejaron en nuestras vidas y realizaciones. En el último año de bachillerato enfermé con tos ferina y como consecuencia me ausenté a clases el último bimestre. El director del Colegio José Daniel Crespo, Gonzalo González en consideración a mis buenas calificaciones, habló con los profesores para que me evaluaran por medio de un único examen para cada materia. Hice los exámenes solicitados y los resultados fueron sobresalientes. Siempre recordaré con admiración a nuestro querido director Gonzalo González, persona honorable, con gran capacidad para la justicia y una autoridad incuestionable; tan solo una mirada nos bastaba para adivinar su pensamiento. Imponía una disciplina basada en el respeto, la consideración y los buenos modales. La lectura fue para mí un refugio, un remanso de paz y un consuelo en los momentos en que sentía que no podía más. A través de las lecturas, abandonaba el encierro y con mi imaginación me desplazaba a lugares plenos de encanto y fascinación. Esto hizo que mi existencia se dividiera en dos esferas, un lugar donde residía la cruel y triste realidad y otro donde moraban mis emociones y creatividad, un mundo intimo, muy diferente al real, el cual logré crear a través de la lectura. En esa creación no había restricciones, ni enfermedades, ni dolores, ni tristezas, ni mucho menos desesperanza. Era un mundo aparte donde gozaba de buena salud, bienestar y fortaleza. La lectura hacía armoniosa mi vida, allí era serena, optimista y había encontrado el equilibrio entre vivir en el mundo y permanecer apartada de él al mismo tiempo. En mi universo privado, corría cualquier riesgo y no salía lastimada. Podía escaparme a cualquier aventura e, incluso, exceder en espectacularidad al paseo de los pelos negros. No había límites y en ese, mi mundo, yo era inmensamente feliz. Aprendí a no renunciar a mis sueños y a encontrar las fuerzas necesarias para enfrentar la más demoledora de las realidades. Aunque parezca asom-broso, cuando aprovechamos el poder increíble del subconsciente en nuestras vidas, podemos hacer lo que deseamos, sin que importen los obstáculos que haya que vencer. La primera vez que cuestioné a un médico, tenía ocho años. Mi madre me llevó a la consulta del Dr. Gustavo Corrales, pariente de mi padre a quien le llamábamos por su apodo, Tavo, el médico más joven de la región, recién graduado en México, con mucho prestigio profesional y muy querido por el pueblo. Él no era ningún Adonis, pero tenía un atractivo muy particular para las mujeres; de mediana estatura, piel mestiza y cabellos negros. La enfermera nos hizo pasar al consultorio, mi madre me llevaba tomada de la mano y la solté para saludar a Tavo; acto seguido le conté mis molestias. Los desmayos, el asma y los golpes muy rápidos que daba el corazón. Cuando Tavo terminó de examinarme pregunté. —¿Tú sabes lo que yo tengo? El doctor sonrió, le pareció extraño que una niña tan pequeña le hiciera esa pregunta. Respondió sin reservas. —No lo sé, pero voy a averiguarlo. Cuando salí del consultorio, mi madre me reprendió. En ese tiempo nadie hubiera osado en cuestionar a un médico; las personas sólo obedecían y jamás ponían en tela de duda los conocimientos de los galenos. Dos semanas después cuando regresamos a consulta le comenté a Tavo. —Me regañaron por preguntarte por mi enfermedad. El doctor le explicó a mi madre lo conveniente que para él era esa actitud. Y afirmó. —¡Cuándo un niño se interesa por saber de su enfermedad se convierte en parte activa de su curación! Jamás he olvidado esto último. El doctor descubrió que una anemia severa provocaba los desmayos y también le dijo a mi madre que escuchaba un soplo en el corazón. Atendiendo a la conversación del médico y mi madre, con tono de sorpresa afirmé. —Tavo, no entiendo eso que el corazón sople. Creía que una soplaba con la boca. ¡Mi corazón tiene que ser muy raro, si eso que tú dices es verdad! Tavo no contenía la risa y con mucha paciencia explicó que hay corazones que cuando están un poco enfermitos hacen un ruido para que el doctor se dé cuenta y los pueda curar. Era una explicación hermosa, sencilla y la entendí a pesar de mi corta edad. A partir de ese momento comenzó mi interés por adquirir los conoci-mientos de medicina que me ayudarían a entender mis males. Cada vez que mi madre me llevaba al médico le pedía al doctor que explicara qué era lo que tenía. En ese momento también comenzaron mis problemas con algunos médicos, que cuando se les confronta, se sienten irrespetados por el paciente, a quien consideran intruso al tratar de comprender la naturaleza de su enfermedad. Se perciben cuestionados en su capacidad o en su falta de actualización. Pasaron los años y aprendí a soportar el asma y cada vez que me daban las crisis de asfixia consultaba al médico. Los doctores recetaban las mismas medicinas, las cuales provocaban taquicardia; además, sufrí por muchos años de anemia. Cada vez que sangraba por la nariz me asustaba al ver la sangre, el sol me causaba este efecto y opté por permanecer horas de horas encerrada en mi cuarto. A los catorce años cuando se presentó la primera menstruación dejó de darme el asma. Sin embargo, el precio fue muy alto, desde la primera vez, se presentaron hemorragias profusas. Pasaron años para determinar la causa de este nuevo padecimiento y comenzó unos de los calvarios más grande de esta odisea. Los sangrados se prolongaron hasta por cien días. Nadie sabía las causas posibles; por suerte el asma desapareció. Creo que es algo así como la ley de la compensación, no hubiera sobrevivido con esos dos padecimientos. Vivía en el centro de la ciudad de Chitré, en una de las calles más concurridas, cerca de la avenida principal. Al lado de la casa se encontraba el Teatro Amalia, la sala de cine más importante del pueblo, la primera construida en el interior; y al frente, el Parque de La Bandera, el eje de las reuniones políticas. Mi familia se había establecido en Chitré cuando tenía apenas tres años de edad y el pueblo siempre estará en mi corazón y en el de mi familia, porque gracias a su acogida fraterna y solidaria, nos pudimos realizar profesional y humanamente. Es un pueblo agradable, con amplias avenidas, árboles frondosos y la arquitectura de sus construcciones es variada, se encuentran residencias modernas junto a otras coloniales y pintorescas, tiene un ornato muy característicos de pueblo del interior. Pero quizá lo mejor que tenía por aquellos tiempos era la hospitalidad de sus habitantes. En esos tiempos no había ginecólogos en Chitré y me atendían los médicos generales. Para tratar de solucionar el problema de las hemorragias incontenibles, comenzaron a recetarme hormonas desde los quince años. Así fueron pasando los años entre hormonas, médicos, sangrados y cólicos. A los dieciocho años comencé a trabajar en el Seguro Social. Laborar en un lugar como ese tiene sus ventajas y desventajas. Las ventajas eran que tenía a mi disposición la atención médica y los medicamentos sin ningún costo. Las desventajas eran el contagio constante por mis bajas defensas. Cada vez que llegaba a la oficina una persona con una enfermedad contagiosa, uno de mis compañeros de trabajo decía. —En dos o tres días, María Rosa tendrá esa moridera. Tampoco había neumólogo en Chitré y a los tuberculosos se les tenía que sacar cita con el especialista en Panamá. Sin ningún temor los atendía. Cuando viajé a los Estados Unidos para hacerme una revisión médica, el doctor en la clínica Ochsner me dijo que estaba inmunizada contra la tuberculosis. Mi sistema había sido capaz de producir asombrosamente el anticuerpo. Mis malestares iban en aumento, tanto así que cuando tenía veinte años, un médico ya de cincuenta años, sugirió un remedio radical: la histerectomía. Me explicó que si extirpaban el útero la menstruación no me vendría más. No acepté y en tono airado expresé. —¡No creo en terapia de amputaciones! ¿Usted estaría dispuesto a que lo castraran? Se comenzó a reír y manifestó que aunque me disgustara esa era una solución. Ya más calmada y en tono de broma le manifesté. —Doctor, eso es como tener un dolor de cabeza y que el médico recetara decapitación. Al doctor le divirtió mucho mi exageración, y comprendió que no estaba dispuesta a esas soluciones tan dramáticas. Mi problema de sangrados preocupaba a todos incluso a Ángela, una amiga de mi madre. Una de las veces que el sangrado se prolongó por varios meses, sugirió que consultara a un curandero que vivía en un campo de Veraguas. Aquello me resultaba muy deprimente y así se lo hice saber. No me interesaba viajar a ese lugar tan remoto y metido en la montaña. Ángela tenía los cabellos entremezclados con canas, blanca, entradita en carnes de lo que en el interior en esos tiempos se solía llamar una mujer galana, hermosa. Sus bien llevados cincuenta y tres años la hacían extrovertida y muy divertida. Así como era de entusiasta, era muy insistente y todos los días me preguntaba si el sangrando continuaba. Cómo no mejoraba ella me rogó que pusiera de mi parte, que lo único que tenía que hacer era orinar en un recipiente de vidrio que ella misma conseguiría y llevaría al curandero. Para no desairarla hice lo que ella solicitó. Nada perdía con probar, deseaba tener mente positiva. Tenía varios días de estar sangrando y en el recipiente se asentó un residuo negro debido a la sangre oxigenada. Esperé pacientemente que Ángela llegara de su larga travesía. Salió en la madrugada para la montaña y estuvo de vuelta en horas de la noche y fue directamente a la casa. Cuando entró en la sala se veía muy perturbada. Mi madre fue la primera en preguntar qué era lo que pasaba. Ángela se sentó pesadamente en la silla y pidió que le trajeran un vaso de agua. Se lo tomó lentamente y afirmó. —¡No me lo van a creer! Al llegar al rancho del curandero pude observar que tenía muchos pacientes esperándolo, me senté en una banca a aguardar que terminara. Cuando me atendió, le dije que esta vez no iba a consultar por mí, sino que le traía los orines de una amiga. El señor tomó los orines con la mano izquierda y los miró a través de la luz del sol. Se quedó callado por varios minutos. El rostro del curandero reflejaba sorpresa y hasta diría que miedo. No me atrevía a interrumpirlo y por esa razón esperé que él me diera alguna información que justificara su actitud. Ángela interrumpió el relato para volver a tomar agua. Mi madre angustiada expresó. —¡Termina de una vez por todas que me tienes nerviosa! Ángela me miró y preguntó directamente. —¿Eres de las personas que se impresionan? Me levanté de la silla, sentándome al lado de Ángela, afirmé. —Nada de lo que digas puede impresionarme, por la sencilla razón que no creo en curanderos. Ángela más aliviada espetó. —El curandero se quedó mirando la muestra de orina y después de guardar silencio por unos minutos me hizo una pregunta muy extraña. Ángela volvió a guardar silencio, esta vez, fui yo la que le cuestioné. —¿Qué fue lo que te dijo ese hombre que te tiene tan perturbada? Se levantó nerviosa y continúo. —El curandero conmocionado preguntó—. ¡Esa mujer está viva! No pude contener las carcajadas. Todo esto era tan absurdo. ¿Cómo era posible que ese hombre pensara que le habían llevado la orina de una muerta? Ángela también comenzó a reírse y se despidió de nosotras, ya más tranquila. Los problemas menstruales continuaron y nadie parecía saber la causa. Tenía más de cien días de estar sangrando y ningún médico había podido detener las hemorragias. Consulté a varios médicos y uno de ellos me propuso hacer una cirugía exploratoria.Sin entender a qué se refería le pregunté directamente. —Doctor, no entiendo muy bien a qué se refiere con cirugía exploratoria. ¿De qué se trata? —Bueno, abrimos el abdomen y hacemos una exploración. —Sigo sin entender. Perdone que sea tan directa, pero sería algo así como hacer un safari en mi barriga. El doctor no pudo más que reírse. Le pareció muy divertida la interpretación que yo le daba a su cirugía exploratoria. Después de mucho pensarlo acepté la cirugía. Me intervinieron dos médicos generales uno de mucha experiencia en cirugía y el médico tratante. Solamente encontraron unos pequeños quistes en el ovario, procedieron a retirarlos y además, hicieron una resección en cuñas de los ovarios. En ese entonces sólo tenía veintiún años. Diez años después pagaría las conse-cuencias de esta cirugía. A causa de ella, se produjo una deficiencia hormonal, provocada por la resección. A los treinta y un años comenzaron los primeros síntomas de una menopausia prematura. La intervención no resolvió nada, es más me atrevería a decir que complicó mucho más la situación, pues introdujo nuevos síntomas a un caso de por sí complicado.
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