CAPITULO I

 

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Día 7

Desde muy temprano, el hombre ha estado insistiendo en la necesidad que tiene de hablar con el doctor, mientras camina de un lado a otro por la sala de espera, con evidente impaciencia. En vano han sido los intentos del personal de la clínica para disuadirlo de su intención. Aduce que es él quien tiene que dar la autorización para cualquier procedimiento que se adopte. Al fin, el médico sale de la sala de operaciones, despojándose de su mascarilla, pero sin poder disimular el rostro de abatimiento. Ya le han comentado de los intentos del esposo de su paciente, y él quiere ser justo:

–Puede verla; pero no más de un minuto y desde la ventanilla…

El hombre le sigue los pasos. No era ver a la paciente lo que él buscaba; era decidir los acontecimientos.

–Doctor, hace mucho ella y yo hicimos un pacto ante notario. En una situación como esta, nada de aparatos, nada de esfuerzos extras…

–No se trata de esfuerzos extraordinarios; estoy haciendo lo que tengo que hacer, no más de eso.
El médico desaparece tras una puerta. Airado, el individuo regresa hasta la ventanilla y logra verla a lo lejos. No se parece a la Sara, arrogante y dueña de sí, que tantas veces lo despreció. 

1

Es de él de quien hablan las enfermeras. Sólo a él se le pueden ocurrir esas cosas en estos momentos. ¿Cuántos años hace de eso? Doce. Sí, nos casamos hace dieciséis años y, de veras, prometimos que algún día, cuando la vejez nos fuera acabando, no permitiríamos que nadie nos obligara a perder la dignidad mediante medicamentos o tubos. La dignidad… La dignidad la perdimos hace mucho él y yo cuando nos enfrentamos por el divorcio. Alberto jamás aceptó divorciarse. Decía que en la familia Arjona todos los matrimonios vienen ya con su mortaja, lo que para él representaba una forma de decir que nos amaríamos para siempre. ¡Alberto! Cuando nos conocimos, yo apenas era la presidenta de la Asociación de Ejecutivos de Empresa, y él, el Rey Midas; el hombre de los negocios brillantes. Todavía desconocía cuál era su fórmula para ganarse todas las licitaciones del gobierno, mediante sus tantas empresas y sociedades anónimas. Le decían “El Ministro de Ventas”.

Debe haberme sugestionado con su imagen de hombre de prestigio, pues yo era una fanática del éxito. Debe ser cosa de complejos, o quién sabe, como hija única, de madre soltera, de cuna modesta, mi currículo era una prueba de que podía sobresalir en un mundo dominado por machos, y lo hice. Ya casada con Alberto, apenas regresamos de nuestra luna de miel por las islas griegas, comprendí que la Asociación se me quedaba chica, que no podía condenarme a ser para siempre una pieza más en la colección de aquel que todo lo convertía en oro; que no podía ser la secuaz del Ministro de Ventas, porque para entonces ya había entendido cuáles eran las estrategias para postrar a sus pies a todos los encargados de las compras oficiales.

En Malta, en pleno viaje de novios, lo vi reuniéndose con varios altos funcionarios, a los que conocía muy bien por su papel decisorio en el gobierno. Allí me enteré de que mi flamante esposo pagaba esos viajes y el de las jovencitas que los acompañaban, colgadas de sus brazos. Él creía que yo sabía, pero no. Todavía por entonces entendía que la corrupción era un mal de pocos; unos cuantos tumorcillos aislados que se podían extirpar. Después comprendí que el gobierno era un gran quiste que en vez de pus manaba millones para los que supieran donde apretar.

Ahora creo que ya no amaba a Alberto Arjona cuando regresamos de la luna de miel; debe ser por eso que decidí entonces ignorar todas sus aprensiones y meterme de lleno en la política. No podía seguir en el papel de espectadora de los hechos; debía entrar y combatir el problema desde adentro. Alberto puso en juego todas sus influencias para impedir que hiciera una carrera política propia, y ese fue mi gran aliciente: con él en contra, los esfuerzos fueron más vigorosos, más decididos, más persistentes. Las encuestas y él, antes que mis adversarios, fueron los principales derrotados en aquellas elecciones en las que gané mi curul de Diputada de la República.

Para entonces, con dos años de matrimonio, ya Alberto y yo no compartíamos la cama matrimonial desde hacía dieciocho meses. Pero ante los flashes de los reporteros, éramos la pareja ideal, la imagen más rutilante del jet set criollo. Ahora me da risa recordar todas las portadas de Mundo Social, de Glamour y de Ellas en las que aparecíamos tomados de las manos frente a los cuadros de Chong Neto y de los Sinclair, que colgaban de nuestra pared. Nuestros rostros sonrientes y nuestra alegría simulada sólo para quedar bien con la sociedad. Entonces aún podíamos hacer teatro ante las cámaras, aunque nunca pudimos reconciliarnos ni siquiera para compartir una noche, porque si las sonrisas se pueden simular, el amor no.

Luego, con las obligaciones, con mis campañas contra los corruptos, con sus amenazas, con sus constantes quejas de que estaba echando abajo la fortaleza de sus finanzas, con la evidencia de que por mi culpa cada vez le quedaban menos clientes, la figura de pareja se fue resquebrajando y una tarde me llamaron de La Prensa para advertirme que al día siguiente iban a hablar de nuestro inminente divorcio, relacionándolo con los caminos tan distintos que transitábamos ambos. Debí haberles confirmado la noticia; debía haber ofrecido la entrevista que me pedían o dejar que se enteraran de todo; pero no, en vez de eso, le avisé a él de lo que se nos venía encima y entre ambos sólo se nos ocurrió ofrecer una fiesta de aniversario de bodas, adelantada, en nuestra villa de Playa Hermosa.   

Él pensó que había llegado la oportunidad de exigirme que estuviera a su lado; que renunciara a mi curul como diputada; que me quedara atendiendo sus cada vez menos prósperas transacciones como Ministro de Ventas en la sombra. Recuerdo que le grité; allí, ante los empleados que recogían los desechos de aquella colosal francachela, le dije que nunca me plegaría a sus intereses, que no estaría a su lado en ninguno de sus sucios negocios, y menos ahora, cuando ya sabía que la estaba pasando muy bien con otra mujer. Él no me dijo nada; abrió la boca asombrado y se vino a la ciudad, con los primeros rayos del sol. Yo me quedé en la casa desconcertada ante el laberinto en que se había convertido mi vida: frente a la nación era la zarina anticorrupción; la única diputada que se había atrevido a rechazar todos los obsequios del Presidente de la República; la única persona que se había atrevido a llamarlo “génesis de toda corrupción”; la única que había renunciado a su inmunidad y a sus prebendas sólo con el propósito de ganar autoridad para condenar a los que se amparaban en esos beneficios para lucrar de ellos. En cambio, compartía un hogar con uno de los más notorios personajes que mantenía vivo ese sistema podrido que estaba acabando con el país y quien, encima de eso, se había buscado una joven amante.

Cuando Alberto supo que iba a apoyar a Julio Peñalba para la presidencia de la Asamblea, el mes de septiembre aquel en que todos creíamos que un golpe de Estado era inminente, su ira reventó. Estuve a punto de llamar a la Policía cuando lo vi lanzar los valiosos jarrones del vestíbulo contra la pared, pero me contuve una vez más. Sin embargo, le aseguré que todos sus desplantes y sus amenazas no iban a intimidarme. Ahora creo que en realidad debí tomarlo en serio. Sigo creyendo, y ahora más que nunca, que mi esposo era capaz de matarme.

2

Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana cuando la diputada Sara Ortiz detuvo su automóvil en los estacionamientos de la Asamblea Nacional. Como era su costumbre, bajó despacio y caminó con paso seguro hacia el edificio. Cualquiera que la viera desde lejos, ataviada con su vestido blanco, podía reconocerla enseguida: era de estatura mediana, pero de porte erguido, como una reina; el cabello negro, recogido hacia arriba y atrás, haciéndola parecer más alta. Ni siquiera los graves acontecimientos que se cernían sobre el país durante los últimos meses habían podido quitar de su rostro el aire de serenidad y decisión que cautivó a muchos de sus electores cuando la vieron en los carteles que anunciaban su candidatura en las últimas elecciones.

A pesar de ser más una profesional de las finanzas que una política, su ascenso a la curul legislativa fue rápido y limpio, gracias al creciente interés de la población por encontrar representantes sin pasados turbios y con intereses ajenos a su propio bienestar. Sara Ortiz representaba la cara de la honestidad, con su trayectoria de trabajo y con una propuesta de cambio que encontró terreno fértil en la masa electoral asqueada de los escándalos, la ineficiencia y el proceder corrupto de los políticos de siempre. Su papel como Diputada de la República había estado lleno de controversias que impulsaron su imagen; su voz apagaba la de cualquier adversario, porque se expresaba con una dignidad inquebrantable y era la única capaz de llamar por su nombre a cada uno de las decenas de sinvergüenzas que se ocultaban en el andamiaje del Estado y que habían llevado al país al borde la insubordinación popular. Hoy, luego de agrias disputas y de comentados acomodos políticos, el gobierno se veía al fin arrinconado en la Asamblea Legislativa, luego de la salida de los dos diputados que, a fuerza de dólares, le ofrecían su apoyo, en contra del partido que los postuló. Uno de los dos funcionarios estaba arrestado, tras una denuncia de Sara Ortiz que lo vinculó directamente a un peculado; el otro había salido del país para evitar el arresto bajo cargos similares. Sus dos suplentes ocupaban ahora los escaños y era tanta la presión ejercida sobre ellos que se dudaba que siguieran los pasos de sus antecesores en el cargo.

Justo cuando se disponía a ingresar al perímetro interno de la Asamblea, se detuvo asombrada por el raudo avance de un vehículo todo terreno que se dirigía hacia ella, transitando por un sector que era exclusivo para peatones. Antes de que entendiera de qué se trataba aquello, dos hombres armados bajaron del carro y la sujetaron por ambos brazos, evitando que hiciera algún movimiento. La diputada intentó esgrimir un grito, una protesta, pero estaba paralizada por la impresión y ni un solo sonido salió de su garganta. Mientras la lanzaban dentro del vehículo que ya comenzaba su escape, uno de los captores consideró oportuno advertirle, no sin cierto sarcasmo:

–Honorable, las órdenes son llevarla viva, pero si nos obliga la enfriamos aquí mismo.

Aún congelada por la impresión, Sara escuchó varias detonaciones que hacían desde el auto, respondiendo a otros disparos que venían desde afuera y que impactaban el todo terreno en que los secuestradores huían con ella. Cerró los ojos con fuerza, al sentir una lluvia de vidrios cayendo sobre su cabeza, provenientes del parabrisas reventado por los balazos. Aún así, el auto de sus captores logró escapar y, para aumentar su terror, pocos minutos después se estacionaron en un paraje solitario, donde la bajaron con violencia y la trasladaron a otro vehículo más pequeño, introduciéndola con malas maneras en el baúl, con la boca vendada y las manos atadas, antes de emprender de nuevo la veloz fuga.

El miedo la paralizaba al sentirse sumergida en aquel polvoriento encierro, donde con toda seguridad perdería la vida. Sin embargo, una fuerza interna la impulsaba a mantenerse alerta, a intentar desatarse, a procurar cualquier oportunidad de escape, lo que en semejantes condiciones parecía más que imposible. A medida que el tiempo pasaba se le acababa el aire, y esto se agravaba por sus denodados esfuerzos por zafarse de las toscas ligaduras. Cuando lo logró, trató de recobrar la calma, mantener el ritmo normal de la respiración, mientras se aflojaba la ropa y se quitaba los zapatos, contorsionando el cuerpo en el estrecho espacio del baúl. Afuera, el auto seguía su marcha por una carretera que debía ser de asfalto, por la suavidad del desplazamiento, y porque escuchaba cómo otros vehículos pasaban a su lado a gran velocidad.

Sara sintió alivio al notar que recobraba el aliento y que, al acostumbrarse a la oscuridad del maletero, podía ya ver ciertos detalles. El automóvil fue disminuyendo la marcha y se detuvo, al mismo tiempo que ella oía voces que daban indicaciones a lo lejos. Con una repentina alegría supuso que sus secuestradores se habían topado con un retén policial y, como un rayo de luz, una idea llegó a su mente. Sin pensarlo dos veces, tomó uno de los zapatos y con el tacón golpeó varias veces el marco de una de las lámparas posteriores. El plástico cedió, hasta que una ráfaga de aire fresco inundó lo que podía haber sido su sepulcro. La luz de afuera hería su vista, pero pudo observar que atrás había otros carros estacionados. Con desesperación, introdujo la mano por el orificio, cortándose los dedos, el dorso y la palma. Se encontraban cerca del aeropuerto, en medio de una fila de autos a cuyos conductores se les solicitaba sus documentos de identidad. Hasta ahora, todo había sido cosa de rutina, pero de pronto una mujer se bajó de un lujoso Mercedes Benz y advirtió a los agentes que del baúl de un vehículo asomaba la mano sangrante de una persona.

Los captores de Sara no se percataron de lo que estaba sucediendo hasta que vieron a varios uniformados dirigirse hacia ellos con los fusiles y revólveres en alto. Su reacción fue tardía: trataron de huir del lugar cruzándose al otro paño, mientras disparaban a los policías, pero una ráfaga de ametralladora acabó en un instante con la vida del conductor y dejó malheridos y paralizados de espanto a sus secuaces, sin embargo uno de ellos se dio a la fuga. Al comprender lo que estaba pasando, y el riesgo que corría, Sara emitió un murmullo y perdió el conocimiento.

***

Una hora antes, Sara Ortiz había salido de su residencia. Su esposo la había acompañado hasta su automóvil, insistiéndole que era necesario que contratara los servicios de un conductor. Ella hizo un ademán con la mano para indicarle que no deseaba seguir la discusión, ya que tenía el tiempo justo para llegar a la Asamblea Legislativa. Además, bien sabía ella que el interés expresado por Alberto Arjona no era genuino.
Como para justificar sus aprensiones, vinieron a su memoria las imágenes del vídeo que le llegó a su oficina, donde se veía a su marido de tantos años ingresando a un hotel de ocasión, abrazado a una mujer de apariencia juvenil. ¿Cómo pudo ser tan cínico para negarlo reiteradas veces? Sólo hasta que le tiró el casete en la cara, como prueba de su traición, logró balbucir algunas excusas incoherentes. Entre las cosas que atinó a decir fue que ella lo había dejado a un lado para llevar adelante su maldita campaña política. En cierta forma, él tenía razón, fueron meses y meses de no compartir el lecho, de odiarse debido a sus insuperables discrepancias. Herida por las razones de Alberto, se sintió culpable. Sin embargo, el olvido jamás acudió a aliviar su rencor. No fue la política la que los separó, aunque sí ahondó el abismo que desde el principio se había ido abriendo entre ellos por la forma tan diferente que tenían de comprender el mundo. Aunque no lo admitiría en público jamás, la política había representado para ella el mismo escape que él encontró en su amante.

Tras la tregua declarada, Alberto había aceptado sus términos, aunque le pidió que trabajara menos en su campaña para que pudieran compartir por lo menos dos horas antes de cenar y, quizás, también el lecho. Sara intentó complacerlo, pero la cena coincidía con las horas cruciales de sus giras, encuentros, entrevistas y otros eventos de promoción, por lo que al poco tiempo cambió el trato, para que fuera una hora, y en el desayuno; luego hasta le pidió que la acompañara en las actividades, como su más cercano respaldo, pero él se negó a descuidar su trabajo para salir a hablar con gente desconocida y, entre uno y otro desacuerdo, volvieron a distanciarse.

Sara Ortiz formaba parte de uno de los partidos más fuertes del país, y sin dudas fue con ese apoyo que alcanzó la presidencia de la Asociación de Ejecutivos de Empresa; sin embargo, cuando arreciaron las protestas populares contra la corrupción y ella quiso hacerles eco, para lograr que el gobierno enmendara el rumbo, se percató de que sus copartidarios sólo realizaban una oposición aparente, en el fondo frustraban todas las posibilidades de parar el latrocinio y los desmanes que impunemente se cometían a diario. Parecían mantener un pacto que les aseguraba su propia seguridad al momento en que, alcanzado el poder, repitieran las mismas canalladas. Asqueada ante aquella revelación, renunció al partido y decidió que tan pronto terminara su gestión ante el gremio, se dedicaría sólo a la vida profesional. Por esos días fue cuando el Rey Midas le ofreció matrimonio.

Una semana antes de que se cerraran las postulaciones, Sara y su amiga Carmen Madrid se tomaban un capuchino en una cafetería cuando el presidente de un partido pequeño la localizó por teléfono y le pidió que lo esperara en ese mismo lugar para hacerle una propuesta importante. A los pocos minutos el político le ofreció una postulación legislativa, basado, según dijo, en la admiración que él, sus copartidarios y el pueblo sentían por aquella Sara Ortiz, brillante ejecutiva, que había renunciado a un partido tan importante sólo porque las acciones del colectivo colisionaban sin remedio con su conciencia y con las tareas profesionales que llevaba adelante.

Sara recibió la noticia con serenidad, aunque en el fondo su corazón palpitaba con entusiasmo. Le pidió el fin de semana para pensarlo, pero él le dijo que sólo disponía de veinticuatro horas, pues el domingo siguiente el directorio de su partido se reunía para aprobar las nóminas. Entonces ella le aceptó allí mismo, luego de escuchar de aquel experimentado hombre público que se respetarían sus propuestas de cambiar estructuras para permitirle mejores condiciones de vida a las clases necesitadas, mediante un ataque frontal a la corrupción en todos sus niveles.

La vida depende en gran medida de los encuentros fortuitos o de los caminos que de súbito doblan en una dirección inesperada. Sabía que esa no era una coincidencia
sin importancia, sino uno de esos pequeños milagros que ocurren de manera cotidiana, son pistas de planes mucho más grandes con los que uno jamás sueña, hasta que los tenga por delante. Estaba segura de que había gente que votaría por ella, sin importar el partido que la postulara. El lunes siguiente renunció a su cargo como presidenta de la Asociación, y comenzó a planificar su campaña para ganar una curul en la Asamblea.

Cuando se dieron los resultados y salió electa, las amenazas no se hicieron esperar y esa misma noche hicieron varios disparos frente a su residencia y luego recibió varias llamadas telefónicas donde le advertían que no iba a vivir para celebrar el triunfo. Ella no permitió que esos eventos malograran su victoria. Era una mujer valiente y estaba dispuesta a enfrentar cualquier situación. Siempre decía que el riesgo le da dimensión y profundidad a la vida. Además, pensaba que cuando los perros ladran es porque no se atreven a morder. Su marido, que no pensaba igual, le dijo que estaba poniendo en riesgo la vida de ambos y, lo más esencial, su cartera de negocios.

A pesar de las objeciones, tres días después de los comicios, cuando su triunfo ya era un hecho, Alberto le demostró su gran entusiasmo. Entre otras cosas, le dijo que al principio había dudado de sus posibilidades, porque era un camino duro para una mujer, pero que con el paso de los meses se fue convenciendo de que se había casado con una triunfadora nata, por lo que, sin decírselo, había logrado un buen número de votos a su favor entre la familia y varios conocidos.

Sara hubiera preferido ver que Alberto mantenía su actitud hosca y mezquina de siempre; aquel súbito arrebato de adhesión no sólo la desconcertó, sino que generó en ella un profundo disgusto. Cuando le preguntó a qué se debía el cambio, él le contestó, a manera de broma, que quería lucir bien en su papel de marido de una diputada tan popular, y acto seguido se ofreció para ser su asesor económico, exponiéndole su vasta experiencia en realizar negocios con el Estado, los que les rendirían buenos dividendos a ambos. Enfurecida, mordiéndose los labios, le contestó:

–Conoces muy bien mi postura ante la corrupción; no por otra cosa estoy en el lugar que ocupo hoy; gente con mentalidad como la tuya es la que ha llevado a este país de la prosperidad al desastre. Mírame a los ojos: detesto a la gente corrupta, y no se te ocurra volverme a proponer algo deshonesto.

– ¡Caramba! Me has hecho todo un discurso por una simple broma, mujer. El papel de diputada es para la Asamblea, no para tu casa, y menos con tu marido.

–La corrupción se ataca desde la casa, por si no lo sabías.

***

El reloj del automóvil de la diputada Sara Ortiz marcaba las siete de la mañana cuando arrancó el motor. Condujo despacio hacia el Palacio Legislativo, había programado llegar unos quince minutos antes de instalarse la sesión. Su antiguo partido, en oposición, pero con estrecha mayoría en la Asamblea, había postulado a Julio Peñalba como presidente del parlamento y el propio Peñalba, en honor a una vieja amistad que los unía, le había pedido que lo apoyara, a lo que ella había accedido. Era un hombre honesto, abogado de profesión y con gran carisma político. Su oponente, el empresario Pedro Gómez, candidato a la presidencia de la Asamblea por los partidos gobiernistas, era un político tradicional con fama de inmoral y corrupto, asociado a los negocios más oscuros del país. Ese día iba a decidirse la principal curul de la Asamblea y, aunque la mayoría de los diputados era afín a la oposición, mucho se venía comentando sobre oscuros ardides armados por el taimado Gómez y las fuerzas de gobierno, tal como era la costumbre reciente, los que podían significar un revés para Peñalba.

***

En su estudio, Alberto escuchó la noticia del secuestro de su esposa. A la sorpresa inicial se sumó de inmediato un cálculo que lo hizo sonreír. Apenas se casaron, compraron un millonario seguro de vida, por cualquier contingencia. De ocurrirle algo, tendría cómo consolarse en tan aciago momento, se dijo a sí mismo, mientras recordaba cuántas veces le había advertido a su mujer el riesgo en el que estaba metida.

Al principio, muy al principio de su unión, habían hablado de hijos. Sara sabía que el tiempo no estaba a su favor, y consideraba oportuno buscar un embarazo pronto, pero él se había opuesto, aducía que ambos estaban muy ocupados. Al poco tiempo, cuando cambió de idea, ya la situación era irreversible, y se habían quedado solos en aquel hogar en crisis. Sara tenía treinta y nueve años y él cuarenta y ocho; su matrimonio había ido casi de inmediato de la apoteosis al hastío actual. Por todo eso, perderla en tales momentos no era el fin del mundo.

El timbre del teléfono interrumpió sus reflexiones. Julio Peñalba, con voz entrecortada por la conmoción, lo puso al tanto de la situación. Él le respondió que se acaba de enterar y que estaba por salir hacia la Asamblea. Apenas arribó al parlamento, fue conducido por uno de los guardias de seguridad a una de las oficinas donde lo esperaba Julio. A esa hora ya se agolpaba en el recinto una gran cantidad de policías y periodistas, no sólo por lo del secuestro, sino por las noticias que se generaban ante las diversas facetas del poder que se ponían en juego aquella mañana. Lo primero que hizo al entrar en la oficina de Julio fue reclamar por la falta de seguridad en el lugar, haciendo responsables a todos los presentes de lo que le pasara a su esposa.

Julio Peñalba intentó tranquilizarlo y les dijo que la seguridad del Estado había tomado el asunto en sus manos. Cuando salió de la oficina, Alberto ofreció declaraciones atropelladas ante los medios de prensa que corrieron a entrevistarlo; entre otras cosas puso en evidencia el gran amor que sentía por su mujer, y todo lo que estaba dispuesto a hacer para que ella le fuera devuelta sana y salva. Fue Julio quien lo sacó de aquel escenario, halándolo por la camisa, mientras le reclamaba:

– ¿No te das cuenta de que pones en peligro a tu mujer?

– ¿Yo? Ustedes son los responsables, quiero que esto se sepa para que todos se enteren de la seguridad con que contamos en este país…

En ese instante se acercó uno de los asistentes de Julio, quien le informó algo al oído, lo que hizo que el diputado emprendiera una rápida carrera hacia la salida.

– ¡Vamos, rápido! Ya tienen noticias de ella…

***

El Jefe de la Policía Nacional les dijo a los periodistas que en algunos minutos les comunicaría detalles del operativo de rescate de la diputada Sara Ortiz. Entre el público también se encontraba Carmen Madrid, llorosa y angustiada, exigiendo que encontraran a su amiga de inmediato. Ambas se conocían desde niñas y se querían como hermanas. Sara la había incluido en su equipo de trabajo, confiaba no sólo en su capacidad, sino también en la honestidad que la caracterizaba. Las dos habían esbozado ya varios proyectos en común, a los cuales esperaban darle fuerza de ley con el ánimo de resolver algunos problemas sociales. Carmen, unos años más joven que su amiga, era de cabello castaño y ojos marrones. Alta y esbelta. Hacía nueve años se había casado y amaba a su esposo, con el que tenía un hijo de ocho años.

Ahora ella era una de las más atribuladas por los sucesos que tenían en ascuas al parlamento, y hasta al propio Presidente de la República, quien había roto todas las normas de protocolo para acudir al lugar de los hechos. Carmen era amiga de la primera dama, y mantenía una buena amistad con el mandatario. Apenas lo vio, lo llamó por su nombre de pila, pero los guardaespaldas no la dejaron acercarse, hasta que él abrió el cerco con sus brazos y la abrazó.

–No te preocupes, impartí órdenes para que la busquen por aire, mar y tierra. Pronto tendremos buenas noticias, ten paciencia.

Alberto no perdió la oportunidad y se acercó, haciéndoles ver que era de su esposa de la que hablaban. El Presidente le repitió las mismas palabras expresadas a Carmen, hasta que llegó el Jefe de la Policía y le pidió hablar a solas con él. Con cortesía, el mandatario le dijo que podían hablar frente a los presentes, quienes tenían tanto derecho como él a saber lo que se había averiguado. El jefe policial, con voz grave, pero con evidente orgullo, le anunció:

–Señor, tenemos el auto en que llevaban a la diputada; lo ubicamos muy cerca al aeropuerto; el conductor y uno de los secuestradores están muertos y hay otro que se fugó en medio del tiroteo.

– ¿Y la honorable?

–Viva, señor, ya la traen para acá.

3

¿Por qué no me retiré de esa loca carrera cuando aún podía? Nos hubiésemos ahorrado graves contratiempos, aunque no por eso el país hubiese dejado de sufrir ni uno solo de los desmanes que se estaban cometiendo. Pero yo podía haber actuado como todos, mirar hacia un lado mientras las paredes de la nación nos caían encima. Pero no, decidí continuar, decidí que aquella amarga experiencia iba a servir como refuerzo para mi voluntad, y seguí adelante, sin percatarme de que estaba desatando fuerzas muy poderosas contra mí, contra todos los que pensaban como yo.

***

Antonio Pascal guardaba unos papeles en su maletín cuando oyó unos gritos provenientes de la cocina. Era su esposa, quien lo llamaba desesperada:

– ¡Tienen a la nana y a Toñito!

– ¿Quiénes tienen a mi hijo?

–No lo sé. Me llamó un hombre y dijo que si deseas ver a nuestro hijo vivo, no vayas a la Asamblea Legislativa.

Unos minutos antes, la niñera había salido a pasear al parque con el niño, como lo hacía todas las mañanas. El infante tenía solo tres años y estaba delicado de salud.

Antonio se sentó a lado de su esposa y la abrazó. No podía creer que a él le pasara esto. Tras un año de campaña con trabajo y dinero invertido, no fue nada fácil ganar las elecciones como diputado. Una lucha titánica, donde se enfrentó a la corrupción más rampante, a la compra de votos y a las constantes amenazas.

Sin embargo, él había vencido y esa victoria le había proporcionado grandes satisfacciones. Todavía en su país había gente honesta que elegía a los mejores. Todos estos pensamientos pasaban por su mente a una velocidad vertiginosa, mientras trataba de manejar la horrorosa idea de que unos delincuentes le estaban ordenando quedarse en casa y no asistir a la escogencia del presidente de la Asamblea.
Melissa, su esposa, le suplicaba en voz baja que no expusiera la vida del pequeño. La besó en los labios, se paró y, desde su teléfono celular, hizo una llamada. Era íntimo amigo del Jefe de la Policía Técnica Judicial. Él mismo contestó. Le puso al tanto de los hechos y su amigo le hizo saber que en ese mismo momento estaban atendiendo otro secuestro: el de la diputada Sara Ortiz. Ambos comprendieron que se trataba de un plan organizado para controlar a los dos diputados que hacían la diferencia en el parlamento.

***

Los diputados de gobierno presionaban para que se instalara la Asamblea con los presentes para así poder escoger al presidente. Los parlamentarios de oposición, furiosos, acusaban a los gobiernistas de estar involucrados en el secuestro de la diputada Sara Ortiz, mientras estos respondían que ese era un tema que debía ser resuelto por las autoridades. Carmen Madrid entraba al recinto en los momentos en que el jefe de la PTJ recibía la llamada de Antonio Pascal y se enteró del rapto del hijo del diputado; lo oyó impartir órdenes para que unos inspectores se ocuparan del nuevo caso. Dentro del edificio ya había quienes se culpaban de ser los responsables de estos dos hechos criminales. Los medios de comunicación se acercaron a Carmen para entrevistarla y, en el afán de obtener la primicia, una reportera la empujó con brusquedad, por lo que ella reaccionó golpeándola en el rostro. Las cámaras de televisión captaron la escena y casi de inmediato fue proyectada al país como noticia de última hora.

***

El asistente del jefe de la PTJ y varios inspectores llegaron a la residencia de Antonio; tres hombres cargando pesadas cajas lo acompañaban. Él explicó que era equipo especializado para localizar llamadas. En menos de diez minutos lo instalaron y casi enseguida sonó el teléfono. Le hicieron señas a Antonio para que lo dejara sonar varias veces y que no contestara hasta que ellos le dieran la orden. La esposa del diputado temblaba como una hoja al viento. Antonio la abrazó y le pidió que tuviera confianza. A la orden del agente, levantó el teléfono. Era Carmen, para decirles que estaba enterada de lo de su niño y quería saber si había algo nuevo. Antonio le respondió que después hablarían, ahora esperaba la llamada de los secuestradores. Cinco minutos después el teléfono volvió a sonar.

Antonio casi no podía concentrarse. Al reflexionar sobre el posible paradero de su hijo, sintió un escalofrío de terror correr por todo su cuerpo. Tenía serias sospechas de que el candidato oficialista a la presidencia de la Asamblea estaba involucrado y no descansaría hasta tener las pruebas. 

Los delincuentes no sospechaban el operativo que las fuerzas de seguridad habían instalado en la casa de Antonio y hablaron más de la cuenta. Antonio les ofreció dinero y ellos le contestaron que no era eso lo que requerían, que si él permanecía todo el día en casa, por la noche recuperaría a su hijo. A los cinco minutos los agentes tenían localizada la dirección del teléfono público que usaban los maleantes y tres vehículos con más de diez agentes salieron a toda prisa.

***

En la Asamblea Legislativa se llevaba a cabo una verdadera batalla campal; diputados de oposición y gobierno se enfrentaban en los más duros términos. El candidato oficialista a la Presidencia de la Asamblea solicitaba que se instalara la sesión. Otros vociferaban desde su curul y lo acusaban de secuestrador:

–Criminal. ¡No te vas a salir con la tuya! ¡La Policía va a encontrar a la diputada Sara Ortiz y en cualquier momento va a entrar por esa puerta! –gritó Carmen Madrid.
Rosenda Cañizales, diputada del gobierno, se acercó a sus exaltados colegas y les reclamó en tono agresivo:

– ¿Perdieron la cabeza? ¿Qué les sucede? ¡Calumniadores!

Una de las diputadas de oposición salió de su puesto y arremetió contra su par, empujándola con todas sus fuerzas. Carmen Madrid pasaba en esos momentos por el sitio, escapando al asedio de la prensa y, sin que supiera cómo, se vio involucrada en los manotazos. La diputada Cañizales, que la conocía de vista, entendió que ella era una de las azuzadoras contra el gobierno y trató de golpearla. Carmen acababa de tener un altercado con los medios de comunicación, así que llevaba la sangre caliente y, olvidando su condición de dama, se vio frente a frente con la ruda diputada, a quien lanzó al suelo de un solo empellón. Ágilmente, Rosenda le haló una pierna y la tiró al piso, rodeadas por otros furiosos contendientes que se propinaban golpes por su lado. Fue Julio Peñalba quien llamó a la cordura y se encargó de separar a las dos señoras que se revolcaban en el suelo como mujeres del arrabal.

***

Tan pronto sacaron a Sara del vehículo, los policías la recostaron en el asiento trasero de la patrulla. El oficial al mando le tomó el pulso y le preguntó cómo se sentía. Un quejido escapó de sus labios.

– ¿Dónde estoy?

El oficial se acercó y le respondió.

–No se preocupe, está a salvo. Logramos detener el vehículo a tiempo. La llevaremos al hospital más próximo.

Sara recobró el aliento y con la mano apoyada en el pecho para contener los latidos y mientras acallaba su asustado corazón.

–No, por favor, estoy bien, se los agradezco. Llévenme a la Asamblea. Tengo que estar allá enseguida.
El teniente comprendió que en las firmes palabras de la mujer había una orden, y le indicó al sargento que condujera el auto policial lo más rápido posible, mientras disponía que otro auto y dos motos les abrieran paso con las sirenas.

***

Los agentes de la PTJ ubicaron a un hombre alto y delgado muy cerca del teléfono público desde el que se había hecho la llamada. Ante el evidente nerviosismo del tipo lo arrestaron, encontrándole una pistola en su poder. El inspector sabía que en estos casos es muy importante la rapidez en obtener la información. Al llegar a la casa del diputado, el prisionero fue entregado por el encargado del operativo al Jefe de la Policía Técnica Judicial. Antonio se le acercó y, sujetándolo por el cuello, le dijo que si le hacían algo a su bebé, él mismo lo mataría con sus propias manos.

Los agentes separaron a los dos hombres y le pidieron a Antonio que facilitara la investigación por el bien de su hijo y que los dejara a solas con el delincuente. Diez minutos bastaron para que le proporcionara el paradero de la niñera y el niño. Esta vez el inspector jefe pidió apoyo a la Policía Nacional y en conjunto emprendieron el rescate. Antes de una hora los agentes regresaron a la casa del diputado con los dos raptados.

Antonio estuvo varios minutos abrazado a su hijo y esposa. El jefe policial se les acercó y les dijo que también la diputada había sido rescatada ilesa y que estaba ya en la Asamblea. En ese momento Antonio se percató de que su presencia era importante y el agente se ofreció a custodiarlo hasta el parlamento.

***

Una vez controlada la trifulca ente los dos bandos, todo parecía en calma. Los parlamentarios de oposición estaban angustiados, se había procedido a la instalación de la asamblea y dos de sus compañeros estaban ausentes. A Julio, el candidato por la oposición, no le importaban los votos que sus colegas representaban, los que le darían el triunfo, sino el secuestro de su amiga y la desaparición del hijo de Antonio. El tropel de los policías entrando al recinto interrumpió sus reflexiones. En medio de los uniformados, descalza, despeinada y con el blanco vestido ensangrentado, Sara hacía su entrada triunfal, iluminada por los flashes de las cámaras. Desde las gradas, Carmen gritaba llena de alegría, por encima del vocerío y los aplausos del público:

– ¡Sara, amiga! ¡El pueblo está contigo! 

La diputada emocionada se llevó las manos al pecho y luego las alzó.

– ¡No más chantaje!

No había pasado la conmoción, cuando entró Antonio Pascal.     

– ¡Los delincuentes no rigen mi vida!

El público que apenas comenzaba a hacer silencio, se enardeció de nuevo, dando vítores a los dos diputados que habían vencido la adversidad.

La elección para presidente de Asamblea se realizó en medio de un gran tumulto y hubo que hacer un recuento de votos en dos ocasiones, a solicitud de la bancada de gobierno; pero, a final, Julio Peñalba ganó por la mínima diferencia de un voto. Sin la llegada de los dos diputados de oposición, el ganador hubiera sido el candidato del gobierno. Eso confirmó las sospechas de Antonio, pero no constituía una prueba.

4

Julio siempre fue un buen amigo. Ya en la universidad él me caía bien, por sus ideales, por su esfuerzo, por su afán de ir siempre adelante. Julio siempre permaneció a mi lado cuando lo necesitaba, así que relacionarme con él como colegas en la Asamblea no fue del todo novedoso. Me pareció que de un modo u otro estábamos destinados a compartir algunos momentos de nuestras vidas. Cuando lo del atentado comprendí que era genuino su interés por mí; vi en sus acciones el desprendimiento noble de quien en verdad te valora, te considera. Tal vez si las cosas hubieran marchado por otro camino, quizás si hubiésemos abierto el corazón oportunamente… pero todas esas posibilidades ya se quedaron atrás, no se concretaron nunca, y ya no vale la pena buscar culpables; sucedió así y punto. Julio no ha venido… ¿dónde estará?

***

Después de terminada la sesión, Julio se reunió con Sara en su oficina. Cerró la puerta y la abrazó tan fuerte que ella se quejó. Estaba golpeada y le pidió que la llevara a la clínica. Él le respondió que Alberto estaba esperándola en la recepción.

–Por favor, si es así, salgamos por la puerta trasera; escuché en la radio las declaraciones que él le dio a la prensa y te juro que lo menos que deseo es verle la cara.

Julio la abrazó y emprendieron la marcha de inmediato. Burlaron a los medios de comunicación y a los policías que deseaban obtener el testimonio de la diputada sobre el ataque. Los dos amigos lograron salir furtivamente de los predios de la Asamblea.
En la clínica, los médicos le hicieron un reconocimiento rutinario con el que descartaron cualquier tipo de lesión que no fueran las propias del forcejeo. Cuando salieron, Julio le dijo.

–Estoy muy feliz de que todo haya salido bien para ti. Cuando me enteré del secuestro, mi angustia fue de tal magnitud, que no me importaba ganar o no la presidencia de la Asamblea. No sé cómo lo vas a tomar, pero quiero que sepas que te amo.

Sara también amaba a Julio y había ahogado ese sentimiento, por ser una mujer casada.

Julio siguió manejando en silencio hasta que, de súbito, le dio un giro al timón y aumentó la velocidad. Ella guardó silencio y cerró los ojos. Se relajó y cuando él detuvo el carro, le preguntó si habían llegado. Ella experimentó un estremecimiento y preguntó si estaba seguro de lo que estaban haciendo y él, en silencio, abrió una puerta que los condujo a una gran habitación. Ella no hizo preguntas y se dejó llevar.

Despertó una hora después; estaba muy confusa, todo había pasado muy rápido. No lograba separar la felicidad del sentimiento de culpabilidad y zozobra que la embargaba. Jamás se imaginó que Julio fuera un amante tan sensual: emanaba de él una masculinidad desbordante. Tenía más de un año de no hacer el amor con Alberto, después que se enteró de que la engañaba, lo echó de su cuarto. Ahora estaba segura de que nunca más lo aceptaría, porque ella no le era fiel a un matrimonio, sino al amor y, de ahora en adelante, le sería fiel a Julio. Él dormía a su lado y en ese momento despertó; sonriéndole, le dijo que la amaba. Tenía una sonrisa aniñada que dejaba ver unos dientes rectos y blancos, una sonrisa capaz de derretir el corazón de la mujer más desconfiada, una sonrisa que le había ayudado a incrementar su popularidad. Se incorporó en la cama y abrazándola le susurró:

–No quiero que te sientas culpable. Si lo deseas, puedo hablar con Alberto. Le diré que nos amamos...

Sara lo besó y lo obligó a callar. Él la abrazó con fuerza y se amaron una vez más. Permanecieron abrazados hasta que el timbre del teléfono celular de ella interrumpió el idilio. Era Alberto; le contestó que ya iba en un taxi camino a casa,  que había dejado el carro en la Asamblea para despistar a la prensa. En menos de quince minutos terminó de vestirse y le solicitó a Julio que se diera prisa. Él insistía en llevarla a casa, pero ella no aceptó.

Media hora después, Sara llegó a casa en un taxi, mientras que su esposo la esperaba en los estacionamientos.

– ¿En dónde estas metida? Te busqué por toda la Asamblea. Ni la Policía  sabía qué te habías hecho. Estuve a punto de anunciar un nuevo secuestro.

–No seas ridículo, cualquiera diría que es auténtica tu preocupación.
Alberto la abrazó, pero ella lo rechazó, diciéndole que estaba muy cansada. De inmediato entró en su habitación y llamó a Julio, sintiéndose como una mujer cualquiera que se escondía para hablar con su amante.

5

Esa noche no pude dormir ni un instante. Por un lado las emociones vividas y por el otro el recuerdo de las caricias de Julio. Me sentí como una adolescente que por primera vez hace el amor. Me casé con Alberto pensando que lo amaba; pero por Julio sentía mucho más que amor: era pasión, locura, delirio. Él me hacía vibrar hasta perder la conciencia. Julio Peñalba era el hombre de mi vida, aunque venía a encontrarlo tal vez demasiado tarde.

No tenía la menor idea de cómo resolver mi problema sentimental; estaba confundida y disgustada, y aunque sin arrepentirme, me extrañaba de haber sido tan impulsiva. Además temía que Julio pensara que yo era una mujer fácil, una adúltera.

A la mañana siguiente no pude desayunar; de haber desayunado habría sido con Alberto y, ahora menos que nunca, lo soportaba. Él tuvo la desfachatez de decirme, antes de salir, que tenía varias recomendaciones para que sacara provecho político del secuestro. Me dieron ganas de golpearlo. ¿Cómo era posible que él pensara que yo iba a ser capaz de sacar beneficio de una situación tan lamentable? No lo dejé seguir; en tono grosero le dije que se fuera al infierno.

Desde que llegué a la Asamblea busqué a Julio para tener con él una aclaración; lo encontré en su oficina, dictándole una carta a su secretaria. Al verme llegar le pidió a la joven que nos dejara solos. Él cerró la puerta y me besó en la boca. Quise apartarme, pero me lo impidió sin hacer esfuerzos. Entonces, recuerdo que fui yo la que lo besé con toda la pasión contenida a lo largo de tanto tiempo.

–Pensarás que soy una perdida que ha engañado a su esposo varias veces. No sé cómo voy a continuar mi vida…

–Jamás pensaría algo así. Sé lo difícil que es esto para ti y lo vamos a resolver de inmediato. O tú hablas con Alberto o lo hago yo.

–Creo que lo mejor es que sea yo quien se lo diga, y voy a hacerlo esta misma semana. No soporto esta situación.

Dos días después hablé con Alberto. Nunca cenábamos juntos, pero ese día preparé una cena ligera y, después que él comió, le dije que deseaba hablarle. Se sirvió un trago de licor y encendió un habano, a pesar de que sabía cuánto detestaba el humo. Se aprovechó de que era yo quien deseaba hablar con él para molestarme. Sin rodeos, le pedí el divorcio. Puso cara de sorpresa; a pesar de que teníamos más de un año de no convivir como pareja, le resultaba muy cómodo tener el estatus de hombre felizmente casado. Me preguntó si existía alguna otra causa que él desconociera. Amo a otro hombre, le dije sin titubeo. Él arqueó una ceja, mientras una malévola sonrisa iluminaba su rostro. Se levantó despacio y con voz entrecortada por sonoras carcajadas, me preguntó quién era su rival. Le respondí que eso no venía al caso y que esperaba que no hiciera de esto una inútil polémica. Di media vuelta para retirarme; pero, de un salto, Alberto me sujetó por un brazo.

–No soy un idiota y aunque ya no te quiero, no pienso salir de esto sin un centavo.

 –Entiendo, todo se trata de dinero, ¿no es así?

      –Si quieres verlo de esa manera, pues sí. Sabes que soy hombre de negocios, y entiendo perfectamente que no te conviene un escándalo, y a tu nuevo amor tampoco, porque me imagino que es un hombre importante, del medio político, por lo menos; tú nunca te fijarías en un pelafustán.       

      – No estés tan seguro. Me fijé en ti.    

      Alberto volvió a reír y reafirmó que si no negociaba conmigo, lo haría con mi enamorado. Perdí la paciencia y le respondí que no le daría un solo centavo, porque jamás hacía tratos con delincuentes.

***
           
Alberto se dejó caer en el diván, cerró sus ojos e intentó analizar sus sentimientos. La felicidad lo embargaba; seguro de que Sara estaba enamorada de un hombre con mucho poder y dinero. Ella le había confirmado que no sacaría ningún provecho; pero en asuntos de amor, los hombres suelen ser mucho más  espléndidos.

Debía planificar muy bien su estrategia, ahora el próximo paso era averiguar la identidad del misterioso enamorado. No iba a ser fácil, no obstante, lo lograría. Vigilaría a su esposa, hasta desenmascarar a su rival.

Por tres días la siguió minuto a minuto, y quedó muy desconcertado al confirmar que la rutina de ella era la de cualquier diputado: reuniones en el pleno o en las comisiones, algún encuentro con las autoridades de su circuito, visitas al centro político, pero ningún encuentro furtivo con desconocidos. Esa situación lo hizo sospechar que Sara estaba enamorada de alguno de su entorno, alguien que por las obligaciones de su cargo se viera muy natural a su lado. En ese caso, las ventajas podían ser mayores que las calculadas al principio.

Una mañana, temprano, Julio estaba en su oficina cuando la secretaria le anunció la visita de la diputada Sara Ortiz. Él le pidió excusas por no haberla buscado antes, le explicó que estaba muy ocupado en el asunto de las comisiones de trabajo. Ella fue al grano como de costumbre y le contó que le había pedido el divorcio a Alberto. Julio permaneció callado por unos minutos. Su mente viajaba a gran velocidad. Nunca antes deseó casarse, su principal meta fue su carrera como abogado en primera instancia y después, la política. Había tenido varias aventuras y entre ellas una amante por más de diez años, con la que nunca quiso casarse ni tener hijos. ¡Qué distinta hubiera sido su vida, de haber atendido al afecto que sentía por Sara desde sus años universitarios! Lo peor de todo es que sería muy difícil romper la relación que mantenía con su amante, a una mujer no se le deja así por así después de tantos años.

Sara observó a Julio distraído y sintió que el piso se le movía. ¿Sería de esos hombres temerosos de comprometerse? Por algo aún estaba soltero. Era mejor saber a qué atenerse que dejarse consumir por la incertidumbre. Le hizo un llamado de atención y le solicitó que fuera sincero y le dijera si todo había sido una aventura. Él le confirmó lo mucho que la amaba y, con la misma sinceridad, le contó la existencia de su amante. También agregó que esa misma semana hablaría con ella y terminaría la relación. Al escuchar su confesión, ella sintió un escalofrío recorrerle por todo su cuerpo. Era de suponerse que un hombre soltero de la edad de Julio no iba a estar solo. Él se levantó, la tomó por ambas manos, la atrajo y la besó con pasión. En ese momento una discusión llegó a los oídos de los enamorados. Era la voz de Alberto que le exigía a la secretaria que lo dejara pasar, sabía que su esposa estaba con el diputado.

Julio se adelantó y abrió la puerta, ya Alberto venía a su encuentro; con la confusión del momento, olvidó limpiarse el lápiz labial sobre su barbilla. Eso fue lo primero que vio el airado esposo, quien lo empujó para observar a su mujer, con la cabeza baja a sus espaldas. Él se le abalanzó con violencia:

– ¡Así que es con éste con quien me traicionas, perra!                   Julio se le abalanzó y le dio un fuerte golpe en la boca que lo hizo trastabillarse.

–Cerdo inmundo, no te atrevas a ofender a la mujer que nunca mereciste.

–No hables estupideces, diputado de pacotilla, destructor de hogares…

– ¿Hogar? ¿Llamas hogar el infierno en que tienes metida a esta mujer?
Sara quiso intervenir, pero Julio le pidió que los dejara solos. Ella se fue deprisa, sin despedirse, consciente de que la situación se ponía en desventaja para ella y su colega. Los dos hombres quedaron parados uno frente al otro, mirándose airadamente. Julio fue el primero en hablar y le expresó a su rival que no iba a permitir que maltratara a Sara, advirtiéndole que la defendería con su propia vida si era necesario. Ya más tranquilo, Alberto le sugirió que conversaran para llegar a un acuerdo.         

–Me conoces, Julio Peñalba; sabes que soy un exitoso hombre de negocios, y que no acostumbro a perder ni en esta ni en ninguna transacción que emprendo…

–Transacción… razón tiene Sara de sentirse como una mercancía en tus manos…

–No te hagas… ni le des color al papel de mártir que ella quiere desempeñar. Pero si es verdad que tanto la amas, tendrás que pagar por una salida honrosa para mí, el escándalo no les conviene a ninguno de los dos.

– ¿Cuánto quieres, miserable?

–Veo que estás perdiendo el estilo. Así no se habla entre hombres de negocios.

– ¿Cuál es tu precio, desgraciado?

–Honorable diputado, padre de la patria… ¿qué términos son esos para un ciudadano decente de este país?

–Acabemos de una vez, ¿cuánto pides?

–Entiéndelo de una vez, no se trata de dinero.

– ¿Entonces?

–Vamos, no finjas candidez. Sabes que soy consultor de varias empresas que licitan con ustedes… Conoces todos los contratos que tenemos sobre la mesa…

–No entiendo…

– ¡Usa la misma habilidad que empleaste para quitarme a mi mujer; para eso eres el sucio presidente de esta Asamblea! Escucha, imbécil: necesito paso expedito a cada una de esas licitaciones a las que aspiro, no quiero trabas. Debes responsabilizarte por eso, en persona…

–Estás loco si crees que voy a hacer algo ilegal, lo más que podrás sacar de esto es dinero, mi dinero, jamás voy a cometer un acto tan vil como el que me propones. O lo tomas o lo dejas. De lo contrario, pondré esto en conocimiento de las autoridades y preso vas a quedar. No creas que me vas a chantajear, si te ofrezco dinero es para comprar la tranquilidad de la mujer que amo. Y te lo advierto no me declares la guerra, como enemigo, suelo ser feroz.

Alberto se dio cuenta de que Julio era un hombre con carácter y capaz de cualquier cosa. Entendió que era mejor que obtuviera dinero rápido. Por esa razón, se inclinó y escribió en un papel la cifra. Se la entregó, Julio se quedó pensativo, luego sonrió, sacó su chequera y se dispuso a hacer un cheque. Cuando se lo iba entregar, Alberto lo rechazó:

–Prefiero que me pagues en efectivo o que me hagas una transferencia. Anota el nombre del banco y el número de la cuenta. Quiero ver esa suma en mi tarjeta, mañana a primera hora.

Alberto se sentía derrotado; el dinero en esos momentos sólo era una forma de vengarse. Julio Peñalba permaneció varios minutos en su oficina. El timbre del teléfono celular lo hizo reaccionar, era Sara para averiguar en qué había quedado con Alberto. En pocas palabras le comentó el acuerdo y ella cortó la comunicación. Cuando llegó a su casa su esposo la esperaba. No tenía ganas de discutir y se dirigió a su recámara; él la siguió y le dijo que se iba de la casa, no quería estar un día más compartiendo el techo con una inmoral, y que tuviera por seguro que la dejaría en la calle. Ella perdió el poco control que le quedaba, le exigió que se largara de una vez. Él dio media vuelta y se encaminó hacia la salida. Ya en su habitación, llamó a Julio para informarle la partida de Alberto. Él le dijo que eso lo tranquilizaba, ya que temía que tomara represalias contra ella.

Sara Ortiz trató de tomar la delantera: cinco días después Alberto Arjona recibió en su oficina la visita del abogado de la diputada, con la demanda de divorcio. Le mandó a decir a su mujer que no creyera que las cosas iban a ser así de sencillas, y que tendrían que vérselas en los tribunales.

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