Mujeres en Fuga

CAPITULO I

 

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REBECA

1

Por primera vez Rebeca sintió el olor de la ira: era similar al de la pólvora. El sudor empapaba su rostro, impidiéndole ver con claridad, mientras un fuerte dolor de cabeza acrecentaba su angustia. Era como si la sangre le hirviese y como si el continuo zumbido en los oídos fuera el anuncio de tal ebullición.
Intentó ponerse de pie y las piernas no le respondieron. Apretó los dientes para lograr concentración, presintiendo que además de su respiración corta y ruidosa tenía el cabello erizado, y que todo esto, aunado a la tensión muscular y facial, debían hacerla parecer un monstruo. Mejor así, pensó para sus adentros, pues era el aspecto que necesitaba para encuadrar aquella furia asesina que le nublaba los sentidos.
Ernesto también se dio cuenta del cambio. No parecía ser la Rebeca de siempre la que logró quitárselo de encima con un solo empujón. A punto de perder el equilibrio, el hombre la sujetó por un brazo y se lo dobló hasta lograr tumbarla sobre la cama. La fuerza extra que él le impone evita que ella tenga éxito en su intento por zafarse. Ernesto entonces le levanta la falda del vestido y comienza a bajarle las medias, al tiempo que le atenaza el cuello y la besa con violencia. Rebeca cierra los ojos y deja de luchar.
—No quiero que me violes, prefiero cooperar.
—Así me gusta, que te comportes como la mujer inteligente que eres.
—Lo único que te voy a pedir es que me dejes ir arriba.
—¡Arriba? Ah… de veras, mujer dominadora…
—No te vas a arrepentir, voy a hacerte algo que nunca olvidarás.
—Así me gusta.
Rebeca inventa una sonrisa y un gesto de complicidad que combina bien con la cara de satisfacción que comienza a mostrar Ernesto.
—Deja que te desvista… solo cierra los ojos; te vas a dar cuenta del inmenso placer que puede proporcionar una mujer madura…
Ernesto la obedece; ella toma el vaso de licor que él sostenía hasta antes de atacarla y se lo derrama con calma sobre la piel del pecho, mientras comienza a besarlo. El hombre se va relajando; su actitud expresa tanta satisfacción que, apenas lo advierte, ella siente asco. Con calculada lentitud, extiende un brazo y toma con energía la lámpara de noche.
—¡Cerdo miserable!
El primer golpe es directo a la frente, luego vienen dos más débiles, en el hombro y la cabeza, pero el hombre ya ha perdido el sentido. Rebeca se levanta, alisa su falta, va hasta donde se encuentra el maletín de Ernesto y recupera la escritura y el documento notarial. Enseguida se marcha.

***
Cuando Rebeca llegó al Hotel Paraíso, Ernesto la esperaba entre impaciente y molesto. Le pidió que subieran a su suite y ella no se atrevió a negarse. Una vez en la habitación desplegó el documento: un compromiso notariado que ella había firmado dos días antes, donde se comprometía a pagar la suma adeudada en un plazo de cuarenta y ocho horas; de no ser así, él pasaría a ser el dueño de su apartamento.
Rebeca no creía que eso le estuviera pasando. Trató de analizar la situación, pero su mente era un caos; necesitaba un trago. Ernesto le sirvió un whisky doble en las rocas. Lo tomó despacio, mientras buscaba un subterfugio para salir del paso. Intentó convencer al prestamista de que le concediera una prórroga al compromiso, pero fue inútil. De eso paso al coqueteo y a la insinuación. Ernesto, burlándose de ella, le dijo que ya no estaba para  ofrecerse.

***
Rebeca arribó a su apartamento con las manos temblando y tuvo que hacer un esfuerzo para abrir la puerta y entrar. Había venido conduciendo a toda prisa, luego de salir del hotel, y el corazón se le desbordaba por la garganta. Con pasos inseguros se dirigió a la biblioteca y guardó la escritura. Corrió hacia la cocina y quemó el documento notariado. Se sentía desperada, no tenía a quién llamar. Había cortado toda comunicación con su única amiga, la primera en advertirle de las consecuencias que traería su adicción al juego. En su mente aún martillaba la conversación sostenida dos meses atrás, cuando empezó su tragedia.

***
Tras unos minutos de duda tocó el timbre del portero eléctrico. Gabriela vivía en el centro de la ciudad, en un edificio hermoso, de esos que aún logran erigirse en medio de árboles, palmeras y jardines. Por unos segundos, Rebeca pensó que sería hermoso tener un hogar así, en la ciudad, pero en contacto con la naturaleza. Su amiga tenía suerte, al parecer a ella todo le salía bien; qué diferencia con su vida, que iba de salto en salto… Respiró profundo para aliviar su angustia y dos lágrimas brotaron de sus ojos. En ese momento se le acercó de guardia de seguridad del edifico y le preguntó a quién buscaba. Antes de contestarle miró el reloj y solo hasta ese momento captó cuán inoportuna era su visita: habían pasado casi quince minutos después de las doce de la noche.
—A la señora Gabriela  Arosemena…del 9 A…
—¿Sabe ella que viene a visitarla a esta hora?
Volvió a tocar el timbre sin mirar al guardia, pero enseguida pensó que era mejor que se retirara del lugar. Un par de segundos después se oyó la voz de Gabriela,  preguntando quién llamaba.
—Soy Rebeca…
—¿Rebeca? ¿Sucede algo?
—No... digo, sí.. ¡Necesito hablar contigo!
Apenas se abrió la puerta pasó al vestíbulo y se dirigió al elevador. Gabriela la esperaba.
—Entra y siéntate mujer, me imagino que debe ser algo muy grave.
—No tienes idea, estoy desesperada. Por favor, dame un vaso de agua.
Rebeca tomó despacio, sorbo a sorbo, con la mirada perdida en los cuadros de a pared. Su amiga mantuvo un silencio expectante. 
—¿Me prestas el baño?
—Por supuesto, pasa.
Al contemplarse en el espejo, Rebeca se sorprendió. ¡Cómo era posible que estuviera en ese estado! En poco tiempo había envejecido notablemente; solo tenía cuarenta años, sin embargo el rostro del espejo era el de una vieja. “Pronto va a pasar esta mala racha y todo será como antes”, dijo para sí misma.
Gabriela tocó dos veces la puerta del baño.
—Amiga, ¿estás bien?
—Sí, sí… salgo enseguida.
Abrió la puerta; parecía haberse recuperado. Fingiendo seguridad avanzó hasta la sala, se sentó en una de las butacas y guardó silencio.
—Dime qué te pasa, me tienes en ascuas.
—Necesito doscientos dólares.
—¿¡Cómo!?
—Como lo oyes. Necesito dinero, en cuanto llegue Mauricio te lo pago. Por favor, no me hagas preguntas.
—¿Te volviste loca? Vienes a media noche a mi casa a pedirme dinero, como si tu vida dependiera de eso, y no quieres decirme en qué lío estás metida. Sabes que no es curiosidad malsana, somos amigas y nunca nos hemos ocultado nada...
Rebeca se levantó de la silla y, angustiada, caminó por la sala del apartamento, como revisando cada adorno, cada mueble, pero era evidente que sus pensamientos estaban muy lejos de allí.
Observándola, Gabriela recordó que veinte años atrás, cuando Rebeca estudiaba Comunicación Social y ella Sociología en la universidad, su amiga era la joven más bella del grupo, y no solo por su apariencia física, pues además sus ojos pardos reflejaban agudeza y gran inteligencia.
—Lo que menos necesito en este momento es dar explicaciones. Mañana te contaré todo, pero por favor préstame el dinero ¡ahora!
—Ni lo sueñes.
Rebeca hizo un gesto de contrariedad y se levantó, dirigiéndose con pasos medidos hacia la puerta, confiando en que Gabriela le impediría salir; pero ella sabía que era muy difícil manipular a su amiga, y que esta no haría ningún esfuerzo por detenerla. Entonces recurrió a un último recurso y se dejó caer al piso, llorando.
—Lo siento… ahora menos que nunca te voy a prestar dinero, sin que antes me digas qué diablos te pasa.
Rebeca se levantó y, sollozando, fue al bar y se sirvió un trago de coñac. Gabriela aguardó a que se mojara los labios con el licor, sin insistir en sus preguntas.
—Mauricio se fue para México por un mes y me entregó el dinero del gasto, como hace siempre.
—¿Y eso qué tiene que ver con tu situación de ahora?
—No me interrumpas, por favor.
Gabriela hizo un ademán para indicarle que continuara.
—Lo gasté todo en el casino.
—Mmm, debí imaginármelo. Rebeca, ya hemos hablado de eso…
—No te preocupes, estoy segura de que si regreso, lo recupero con creces. Fue una mala racha, muchas veces he ganado. Te aseguro que mañana mismo te pago.
Gabriela contempló a su amiga, le temblaban las manos, su rostro estaba contraído por la tensión y sudaba copiosamente. “¡Dios mío, Rebeca está enferma y no quiere admitirlo!”, pensó. Se acercó y la abrazó. Ella, separándose con brusquedad, le dijo:
—Necesito ese dinero antes de que sea tarde.
—No cuentes conmigo para seguir hundiéndote en tu abismo. Si has venido a mi casa a esta hora a pedirme prestado para seguir jugando, es porque estás enferma, muy enferma...
—Ay, no, otra vez… ¿Enferma yo?
—Sí.
 —Amiga, ¡mírame! ¡Estoy bien!
—Te equivocas, sufres de adicción al juego.
—¡Ja! Adicción al juego… solo porque tuve una mala racha, porque quiero recuperar mi maldito dinero, ya estoy enferma… ¡bah!
—Mi hermana padece de ese trastorno y la he acompañado a las terapias, por esa razón tengo conocimiento del tema. Todavía no se ha recuperado, sin embargo está haciendo el esfuerzo y soy testigo de su sufrimiento. Perdió el trabajo, una relación sentimental de dos años y, lo peor, el respeto a sí misma.
—No estoy para sermones, ni para escuchar absurdas historias. Si no me vas a prestar el dinero, me voy.
Gabriela estaba molesta ante aquella situación, pero se controló. Sabía que la relación adictiva con el juego se niega una y otra vez, pues la persona afectada no es consciente de tener un problema, o en todo caso, tiene la sensación falsa de que lo controla o lo puede controlar.
—Espera, vamos a conversar y si me convences de que no tienes un problema de adicción, te prestaré el dinero.
Rebeca dio la vuelta y en su rostro se dibujó una sonrisa. Estaba segura de que su amiga la estimaba lo suficiente y que no la dejaría en ese estado. La mentira es un ingrediente indispensable para mantener la adicción. A ella las circunstancias la habían obligado a convertirse en una experta en el tema.
Mientras escuchaba una trágica historia sobre carencias afectivas y soledad, Gabriela advirtió cómo Rebeca se esforzaba en ocultar su nerviosismo, tratando de dar una imagen de normalidad, mientras su lenguaje corporal denunciaba la desesperación que la invadía: las manos le temblaban a pesar de que las apretaba una contra la otra; el pie derecho lo movía en forma circular; la mirada divagaba de un lado a otro de la habitación y el rostro no era consecuente  con el tono de las palabras.
Entonces Gabriela se percató de que el problema de Rebeca era grave y hasta peligroso, debido a que estos enfermos buscan en el juego un refugio, una vía de escape a sus miedos y, si no lo encuentran, pueden estallar de otro modo. Era mejor hacerle el préstamo y conversar con ella cuando estuviera más calmada, por eso buscó su billetera y le entregó el dinero.
Rebeca tomó los billetes de un zarpazo, la abrazó y salió a toda prisa. Sin saberlo, en ese preciso momento comenzaba la peor etapa de su perdición.
Casi cinco horas después volvió a llamar a Gabriela, esta vez con voz alegre y despreocupada. Del otro lado de la línea, su amiga se puso alerta ante tan abrupto cambio de actitud, y enseguida le preguntó cómo se sentía.
—De maravillas, no estoy enferma, ya te lo dije, esas son ideas tuyas… Y no te llamaba para eso, es que estoy en el restaurante del Hotel Paraíso y pensé que podría invitarte a desayunar. Aquí el café es magnífico. ¿Me acompañas? Así te devuelvo el dinero que me prestaste hace un rato.
—Oye, ¿no has ido a dormir?
—¿Dormir? ¿Con tantas cosas por hacer? ¡No amiga! Entonces, ¿te espero o no?
—Está bien, iré para allá…
Gabriela era una mujer elegante. Sobre todo elegante: sabía acomodar su vestuario de tal manera que realzaba su personalidad en todo momento; eso, sumado a una actitud segura y afable, le granjeaban el respeto y la admiración de cuantos la conocían. Cuando entró a la cafetería del Hotel Paraíso, varios ojos masculinos dejaron lo que estaban haciendo para irse detrás de los pasos de aquella mujer que se acomodaba en una de las mesas posteriores, donde otra dama de mayor edad la estaba esperando. 
—Quita esa cara de tragedia, amiga, que estoy feliz. ¿Recuerdas que te dije que iba a ganar? Así fue. Ahora comenzó mi buena racha. No podría ser de otro modo: debajo de este vestido negro traje mi ropa interior roja. Eso nunca falla.
—¿Eso tiene algo que ver?
—¡Mucho! Porque cuando ganas la gente te envidia, te echa la sal y te dan mala suerte. Se me olvidaba decirte que no es cualquier ropa interior. Tiene que ser de encajes y hay que ponérsela al revés. Todos esos elementos son rituales mágicos. También el dinero que me prestaste me dio suerte, jugué a las cartas y gané dos mil dólares…
Rebeca siguió contándole a Graciela que siempre había jugado en las máquinas, pero esa madrugada, cuando regresó al casino, llegó con la intención de utilizar la misma que había dejado horas atrás. Confiaba en que le devolvería todo su dinero, pero por las demoras que tuvo encontró a otra señora posesionada de su sitio,  y no hubo forma de que la soltara. Sostuvieron una discusión, hasta que uno de los empleados del casino, que la conocía, le sugirió que jugara a las cartas, y hasta se ofreció a orientarla. Prefirió jugar veintiuno, porque el pócker le resultaba más complicado.
—¡Imagínate! En una hora gané tres mil dólares con los doscientos que me prestaste. ¿Sabes lo que eso significa? Puedo pagar gran parte de mis deudas con esa buena racha.
A Gabriela le preocupó que Rebeca se inclinara ahora por el juego de naipes. Era común que las mujeres lo hicieran en las máquinas tragamonedas, lo que se ve más bien como un entretenimiento que como un vicio. Pero no es lo mismo en el pócker, donde se suelen jugar y perder fortunas.
Rebeca extrajo el dinero de su billetera, lo dobló y lo colocó al lado de la taza de café de su amiga, quien mantuvo la misma actitud seria con la que había llegado.
—¿Por qué eres tan aguafiestas? No voy a permitirte que me amargues la vida. Hoy es mi día, la suerte me sonríe y si te relajas, te invito a una partida.
—Te lo repito, estás enferma y lo peor es que no lo sabes. No pienso quedarme para ser testigo de tu destrucción.
—Amargada, eso es lo que eres. No tengo más diversiones, esta es mi forma de divertirme un rato. Tengo derecho a disfrutar de la vida, ¿o no? Bien sabes cuántos meses pasé deprimida por culpa de la infidelidad de Mauricio y esta fue una forma de recuperarme. Pasé meses sin sentir nada, ni amor, ni odio, ni deseos de comer, de asearme y mucho menos de salir a divertirme. El juego hizo renacer mis sensaciones, vivir con intensidad, le dio un nuevo aliciente a mi existencia y ahora soy casi feliz...
—El casi no vale. Uno es feliz o no lo es. Lo que veo en ti es el rostro de la desolación…
Rebeca hizo un mohín de furia, se levantó y salió sin despedirse. Gabriela tomó el dinero, dejó el importe de la cuenta y abandonó el lugar, con el corazón contraído por la angustia. No era posible que su mejor amiga se comportara de esa forma; y lo que era peor, si no se equivocaba, el rumbo que tomó al salir no era el de la calle, sino el del casino.
Antes de retirarse, se detuvo, asombrada por la magnificencia de la entrada al local de juegos, en verdad era todo un gancho para cualquier incauto que creyera en las promesas que describían cada uno de los accesorios de la entrada: las luces, los colores, los sonidos, los uniformes, las alfombras… Como hipnotizada, se dejó llevar por la curiosidad y quiso ver más de cerca el casino.
Apenas traspasó las puertas adornadas con vitrales alusivos a reinos de magia y esplendor, subió por las amplias escaleras hasta el primer piso. Se sorprendió al ver tantas máquinas tragamonedas, rodeadas de diferentes salas de juego. En una de ellas divisó el vestido negro de Rebeca. Deseaba que su amiga la viera, pero ella se encontraba tan concentrada en la partida que no tenía lugar para otros pensamientos. Entonces dio media vuelta y se retiró del lugar.
En efecto, Rebeca se encontraba embebida en el juego. Confiaba plenamente que el color de su vestido, el tipo de ropa interior que llevaba y el modo de usarla, así como la buena racha que la acompañaba, serían factores decisivos para multiplicar el dinero que guardaba en la cartera, obtenido precisamente en ese sitio.
Le entregaron dos cartas; esperó que los demás jugadores pidieran las de ellos, luego miró las suyas. Respiró profundo y gritó:
—¡Black jack!
Una sonrisa de triunfo se dibujaba en su rostro. Se sentía triunfadora, había cambiado su suerte. Jugó por cuatro horas consecutivas, sin siquiera levantarse para ir al baño. ¡Había ganado cinco mil dólares más! Para ella, acostumbrada a alegrarse con premios de doscientos dólares, aquello era toda una fortuna. La excitación que la embargaba era incontenible, se reía a carcajadas, saltaba y bailaba. Su placer por el juego estaba relacionado con la capacidad de disfrutar la vida, así como la intensidad en experimentar la diversión. El placer que le otorgaba esa actividad necesitaba niveles superiores de estímulo y excitación. Y el riesgo de perder el dinero la envolvía en una vorágine que la embriagaba, la hacía sentirse viva y en constante búsqueda de sensaciones.
Necesitaba incrementar el número de apuestas y ahora que la suerte estaba de su lado tenía la oportunidad de hacerlo, una y otra vez. Y como si fuera poco apareció un príncipe radiante que la escoltó en aquellos instantes de alegría infinita.
Arturo Gómez vestía como un gran señor; es más, todo en su manera de ser dejaba ver al gran señor que era. Ella había intercambiado sonrisas con él desde temprano, cuando lo vio jugar en el otro extremo de la mesa con el aplomo de los conocedores. Él le dijo que ese día las estrellas de ambos se habían alineado, porque él, desde la noche anterior, había acumulado una pequeña fortuna en la ruleta. Rebeca nunca había apostado dinero allí, pero muy pronto Arturo la convenció de que se le uniera. Ella no lo pensó dos veces y accedió. Él la tomó del brazo y se dirigieron a la mesa específica, donde le aconsejó que apostara al trece negro.
—¿Y cuánto debo apostar? —preguntó ella, embelesada por la forma en que él clavaba los ojos en sus labios mientras hablaba.
—Alguien con tu suerte no apostaría menos de cinco mil dólares.
Una extraña sensación recorrió el cuerpo de Rebeca, quien sintió como si flotara entre las nubes cuando Arturo la abrazó por la cintura. La sangre le hervía en las venas, las piernas le temblaban y el corazón le golpeaba con fuerza cuando hizo la apuesta sugerida.
Con la visión nublada no vio la ruleta dar vueltas y vueltas, hasta que escuchó la voz de Arturo cuando gritó:
—¡Trece negro!
Temblando de excitación, sintió un bienestar voluptuoso, como si estallara en una especie de orgasmos múltiples. Sí, no lo podría describir de otra manera. A partir de ese momento, perdió la noción del tiempo. Cuando Arturo le recomendó que descansaran un poco en su habitación, pero que antes dejaran el dinero a buen recaudo en la casilla de seguridad del hotel, ella creyó que eran días enteros los que había pasado en aquel frenesí perpetuo que la mareaba. Fueron veinticinco mil dólares los que Arturo le entregó al encargado de la recepción, sin dejar de mirar con pasión el rostro de Rebeca.
No obstante el cansancio de ambos, hicieron el amor como dos adolescentes que se entregan con el único fin de descubrir cuántos misterios les depara la pasión. Descubrir los besos y las caricias de Arturo, justo en un momento tan feliz de su existencia, era como un regalo doble que le entregaba la vida a cambio de todas las tristezas y angustias recientes.
Agotada, pero satisfecha y alegre, durmió por seis horas seguidas. Cuando despertó, buscó la tibieza del cuerpo de su caballero esplendoroso que la llevaría a cabalgar por llanuras de placer, pero no lo encontró. Se levantó rápido de la cama, a pesar del ligero mareo que le dejaron las copas y los excesos. Llamó a Arturo y no le respondió; lo buscó en el baño, en el balcón, pero él no estaba. Se vistió y bajó a la recepción.
—¿Me puede localizar al señor Arturo Gómez?   
—El señor Gómez dejó el hotel hace tres horas. Dijo que usted permanecería en a habitación un día más y canceló la cuenta.
—Qué extraño… Pues, ni modo. Entonces, deseo retirar el dinero que dejé en la caja de seguridad.
—Señora, ese dinero lo retiró el señor Gómez…
—¡¿Cómo?!
—Señora, disculpe, pero la firma de él es la que aparecía en el recibo de depósito. Además, es la cajilla en la que tenía otros documentos y bienes desde que llegó a este hotel… Señora, ¿se siente bien?
Rebeca se sentó para no caer; metió la cara entre las manos y lloró. Le parecía increíble que la hubiesen timado de esa manera. Y justo el ser más encantador que había conocido jamás.

***
Un mal presentimiento oprimió el pecho de Graciela cuando trató de comunicarse por teléfono con su amiga Rebeca y nadie le contestó el celular. Preocupada, decidió visitarla. Ana, la suegra de Rebeca, la recibió y le dijo que estaba muy asustada porque Rebeca no había regresado.
—¿Cuándo salió?
—Antes de ayer, temprano.
—Creo que debemos informar de esto a la Policía…
—¿Usted cree?
—Por supuesto, tiene casi cuarenta y ocho horas de desaparecida, yo la vi ayer temprano, y creo que andaba angustiada… 
En ese momento se abrió la puerta y apareció Rebeca, aún con el traje negro que le había visto Graciela el día antes. Su rostro evidenciaba la fatiga acumulada y la angustia que la venía persiguiendo.
—¡Caramba! Hay reunión de caras largas aquí. Pero no se alegren, que no pasó nada. Solo que me encontré con una amiga española que estaba de paso, nos quedamos conversando, fuimos a recorrer almacenes, bebimos unas copas, se me hizo tarde y ella me invitó a quedarme en el hotel donde se hospeda.
Gabriela no le creyó, deseaba comprobar hasta dónde era capaz de llegar por encubrir su vicio por el juego.
—Rebeca, esta tarde la tengo libre, me gustaría que conversáramos.
—Te llamaré como a las cinco, ¿te parece bien?
—Creo que sí, nos vemos. Cuenta conmigo.    
—Eso sí, sin regaños, ya no aguanto uno más.
—Claro, será sin regaños. Ah, me gustaría que leyeras esto antes de la reunión de la tarde…
Graciela puso en manos de su amiga un recorte del diario “La Estrella de Panamá”, que había mandado a copiar años atrás, cuando descubrió que su hermana era una jugadora compulsiva. Rebeca lo miró con indiferencia y lo colocó bocabajo sobre la mesa del comedor. Graciela movió la cabeza en señal de desaprobación, y entonces lo leyó en voz alta:
Los casinos acaban con la economía de los panameños”. “Los juegos de azar se han apoderado del país. Un informe de la Junta de Control de Juegos del Ministerio de Economía y Finanzas reveló que desde que se autorizó la privatización de los casinos en Panamá operan cincuenta y tres casinos completos, salas de bingo, salas de máquinas tragamonedas, mesas de juegos, un hipódromo y las salas para las apuestas de deportes internacionales y de galgos, que reciben unos cincuenta millones de dólares en apuestas. Esto no incluye las promociones comerciales, los juegos pinta, choclos, rifas, ruletas, clubes de mercancía y bingos televisados, que son considerados juegos transitorios”.

Rebeca interrumpió a su amiga, reclamándole por qué razón le leía ese artículo que en nada le concernía. Graciela no le hizo caso, sacó de la cartera otro y leyó el título: “El juego secuestra a Panamá”.      Entonces Rebeca perdió la paciencia.
—¡Ya basta! ¡Me tienes harta! ¡No te metas en mi vida! Si crees que me ayudas, estás equivocada. Me aburres y me desesperas. Lo que te ocurre es que me envidias, sí, me envidias…
Graciela no respondió; no tenía otra opción que abandonar a su amiga. Recordó, dolida, las palabras de José Ingenieros: “El que ve tiene la sagrada misión de guiar tomando de la mano al que no ve. Arrastrarlo si duda, abandonarlo si se resiste”. Y para ella había llegado la hora de retirarse, en medio de los gritos de Rebeca, echándola de allí.
En cuanto Gabriela se retiró, Rebeca envió a su suegra al supermercado. No hacía falta nada, pero ella le hizo una lista de seis artículos. Cuando se quedó sola, buscó en la biblioteca la escritura de su apartamento. La noche anterior, cuando jugó a la ruleta, se enteró de que había un prestamista que facilitaba dinero y como garantía solicitaba la escritura de una propiedad. Mauricio había transferido el apartamento a su nombre después de su aventura amorosa. Esa fue la condición que ella puso para la reconciliación. Con ese aval no le iban a negar la cantidad de dinero que solicitara y así ella aprovecharía su buena racha.
Cuando regresó, la señora Ana quiso protestar por la actitud de Rebeca, pero eso la irritó mucho, y le gritó que no la molestara tampoco.
—Pero, Rebeca, piense: imagínese si anoche mi hijo hubiera regresado de repente y usted…
—Yo qué, ¿ah? No sea atrevida, usted no es nadie para hacerme reproches, yo hago con mi vida lo que me da la gana…
—Sí, tiene razón, pero quiero mucho a mi hijo y me duele lo que le hace.
—Y no le duele lo que me hizo él a mí, ¿eso no?
—Pero ustedes arreglaron sus problemas, tengo entendido.
—Usted no sabe nada, tiene que vivir imaginando cosas. Ahora inventa que yo andaba en malos pasaos por la calle…
—No se necesita mucha imaginación para saber lo que hace una mujer casada que no duerme en su casa…
—Mire, insolente, recoja sus cosas y váyase para donde su hija, o para la calle o para donde quiera, yo no tengo por qué soportarla.
—No me iré hasta que regrese mi hijo.
—No, no, eso no. Usted se va, antes de que la eche a patadas a la calle, ¡se larga ya!
Rebeca sabía que esa decisión iba a molestar mucho a su esposo. Él adoraba a su madre, quien quedó viuda cuando él tenía cinco años y su hermana tres. A costa de muchos sacrificios, ella le había dado una carrera universitaria.
La señora Ana bajó la cabeza y se dirigió a su cuarto. En menos de veinte minutos recogió sus pocas pertenencias y abandonó el apartamento, sollozando.
Rebeca estaba de vuelta en el casino a primeras horas de la noche. Dio varias vueltas en busca de la persona que le había hablado del prestamista. No la vio y fue hasta la cafetería para tomarse un capuchino. No había comido en todo el día y pidió un emparedado. Se lo comió aprisa y con ansiedad. Se dirigió al casino para ver si ahora tenía más suerte. En la puerta estaba la mujer que buscaba. Le preguntó por el prestamista. La mujer hizo una llamada y en menos de quince minutos llegó el individuo.
—Como comprenderán, bellas damas, este es un asunto delicado que no se puede tratar en este lugar. Yo dispongo de una habitación el hotel para tratar estos temas…
Rebeca dudó un instante, recordando el incidente con Arturo. Entonces la mujer que le había dado la información se ofreció a acompañarla. Ya en la habitación, el hombre le preguntó:
—¿Cuánto necesitas?
—Tres mil dólares —expresó Rebeca.
—No hago transacciones por menos de diez mil, si tienes una garantía acorde con esa suma…
—No necesito tanto, tengo una buena racha y estoy segura de que esa cantidad  es suficiente.
—Mire señora, no estoy aquí para perder el tiempo. O acepta mis condiciones o terminamos esta conversación en el acto.
Rebeca aceptó el convenio. Le entregó la escritura de la propiedad, firmó varios papeles y recibió a cambio varios fajos de billetes. Era su oportunidad de resarcir las pérdidas sufridas. Pero bastaron dos horas y unos cuantos minutos para perder el dinero en la ruleta. En esta ocasión no estaba Arturo a su lado, en cambio, la mujer que había hecho el contacto con el prestamista no se le separó ni un solo momento.
—Tu propiedad es muy valiosa, puedes conseguir más dinero…
Esta vez el prestamista le exigió firmar otros documentos. Ella había tomado varias copas de las que regalaban a los jugadores, y no veía bien. La mujer que la acompañaba leyó los términos del contrato y le dijo que se trataba de  un pagaré que la obligaba a saldar la deuda en cuarenta y ocho horas.
—En menos de eso me he ganado veinticinco mil… es cuestión de volver a encontrar mi racha… —y firmó con prisa el documento.
A las cinco de la mañana, tambaleándose, Rebeca abandonó el casino. Había perdido todo el dinero recibido. Primero jugó black jack, después probó suerte en la ruleta y por último jugó bacará. En esa mesa fue donde más dinero perdió.
Al llegar a la casa, Rebeca entró en su cuarto. No podía llorar; un nudo le oprimía la garganta, impidiéndole hasta respirar. Pero el sueño la venció en un instante; durmió doce horas seguidas. Cuando despertó, sentía hambre, comió un emparedado y volvió a dormirse; era como si en su cuerpo no hubiese energía suficiente para mantener abiertos los ojos. La despertó el tono insistente del teléfono.
—Te espero en el mismo lugar de ayer a las 8 de la noche.
—¿Quién habla?
—¿Me olvidaste? Tengo la escritura de tu apartamento.
Rebeca se incorporó y casi cae de bruces; ya parecía ser una costumbre aquel mareo al levantarse.
—No reconozco su voz.
—¿No? Soy Ernesto Valdés, el que te prestó los veinticinco mil dólares.
Rebeca captó de pronto su situación: no había sido una pesadilla. El tono de voz del hombre se fue elevando ante su silencio:
—Espero que no me obligue usted a adoptar otras medidas…
—Claro que no, acudiré donde me indica.
—Sea puntual, por favor, las tardanzas me ponen nervioso.
Rebeca se sirvió un trago de coñac. Lo sintió correr caliente por su esófago, hasta darle un poco de energías a su destemplado estómago. Eso le recordó que no había comido bien en varios días, por lo que se preparó una cena ligera. Luego fue a verse en el espejo y, otra vez, su imagen la hizo llorar desconsoladamente.

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