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Usted me conoce, por supuesto, soy Erasmo Rodríguez, “ese” Erasmo Rodríguez que suele salir en televisión y en los medios escritos. Nací en la capital, pero cuando tenía cinco años mi familia se trasladó a un pueblo del interior. Ahora tengo cincuenta y nueve años, soy empresario, aunque en mis inicios desempeñé toda clase de labores. La mitad de mi existencia la pasé en el pequeño pueblo de Santa María del Monte y allí fui muy feliz. Después, para labrarme mi tan soñado futuro, me trasladé a la ciudad; allá, para decirlo en dos líneas, los negocios siempre fueron propicios, como resultan siempre para aquel que emprende su camino con ahínco, con fe, con empeño, con decisión. Usted conoce, sin dudas, los alcances que en todo el país y en la región llegó a tener en su momento el emporio Erasmo Rodríguez S.A., usted ha leído mi libro “El éxito de la diversificación”, ediciones I y II; usted me vio en la lista de los diez empresarios latinoamericanos más prósperos, hará cosa de dos o tres años, solamente. Si es así, no es necesario que le vuelva a contar los detalles de mi ascendente carrera; más importante es que le hable de lo que sucedió a partir de aquella tarde, cuando perdí el conocimiento en medio de una junta de trabajo, cuando tuve mi primer gran fracaso. Y quiero contarle esta historia, porque de ahí surgieron los triunfos más valiosos que he logrado en la vida, y porque ese es el tema que nos coloca ahora, frente a frente. Claro, primero hubo que pasar por el diagnóstico de los médicos: infarto al miocardio; y luego por lo demás, la angioplastía, la terapia, los medicamentos, y el sinfín de recomendaciones. Fueron duros esos meses, muy duros, pero al final pude sobreponerme con un solo propósito: no morirme. Sí, porque al principio se trató de eso, de sobrevivir. Fue así como cambié mi estilo de vida, rematé mis acciones, renuncié a tantas juntas directivas, me fui de tantas asociaciones. Y, claro, vine al campo; donde alguna vez viví los días más simples y placenteros de mi existencia, como ya le contaba. No hubo problema con los muchachos; son dos, ambos profesionales de mucho éxito, y viven en el extranjero. Con Ariadna, mi esposa, las cosas no fueron tan sencillas. Al principio decía que bastaba con alargar los fines de semana en la playa, cambiar las prioridades, ya sabe. Pero luego fue cediendo. Ella es del campo, como yo, y en el fondo le preocupaba el hecho de quedarse sola ahora que los muchachos ya no estaban. Por eso cedió, y se vino a quedar acá, en esta casa donde ahora me ve, echado en esta hamaca a merced de esta brisa marina tan sabrosa. Pues sí, hubo que dedicar un tiempo a los aspectos legales y financieros que estaban involucrados en todo este cambio. Por suerte, las pérdidas derivadas de aquellas malas inversiones que le comentaba no fueron tan grandes; es que practicaba lo que había sido siempre mi credo: la diversificación. Déjeme ponerle esto más claro: mi emporio no era como esos negocios que se representan con la forma de un árbol de tronco largo y unas dos o tres ramas; no, la diversificación, que era mi credo, hacía de la mía una organización en forma de arbusto; chaparro, sí, pero robusto, capaz de inclinarse ante los fuertes vendavales, sin quebrarse. Cayó una rama de ese arbusto, pero la mata se mantuvo en pie; quien estuvo a punto de irse fui yo, el que sembraba y regaba la planta religiosamente, todos los días. Ahora usted me ve conversando así con calma, pero pregúntele a quienes me conocieron antes. Yo siempre daba órdenes, siempre era enfático en la necesidad de que todo se hiciera a mi modo, aunque hubiera tres o cuatro maneras posibles: tenía que ser siempre a mi manera, y pronto. Era perfeccionista en los mínimos detalles y quien trabajaba a mi lado tenía que serlo también. Hoy creo que esa fue una de las razones que motivaron a los muchachos a irse a estudiar tan lejos. Ya sabe como son los chicos, tienen sus gustos, sus amistades, sus modos de ser. Y yo quería que fueran una especie de clones míos. Aunque ahora, cuando hablamos al respecto, ellos me agradecen que les haya enseñado cuan dura puede ser la vida con uno, y por haberles ofrecido esa capacidad de enfrentarse a los obstáculos de la que hoy disponen. Pero vayamos al grano, porque usted quiere saber cómo fue que surgieron todos esos proyectos de los que se habla tanto en estos días, ¿verdad? Pues surgieron de ese fracaso que casi me cuesta la vida, y de mi decisión de afincarme aquí, en el campo. Al principio, como le expliqué, fue cuestión de sobreponerme para volver a la batalla. Tenía una única intención, y era la de no dejarme aplastar por ese traidor infarto, así que asumí todas las indicaciones del médico. Todas las mañanas me levantaba al despuntar el alba para respirar y purificar los pulmones. La fragancia de la campiña me revitalizaba, el aroma a tierra mojada, el canto de los pájaros y el silbido del viento me hacían sentir vivo. En la ciudad percibía que estaba la muerte, así como lo oye; de modo que prohibí cualquier alusión a las noticias y menos al curso de las transacciones con las cuales liquidaba el emporio. De los trámites se encargó Ariadna con diligencia. Ahora, desde esta perspectiva, asumo que la mayoría le teme a la libertad, porque es una gran responsabilidad, aunque parezca paradójico. Ese miedo es un síntoma de estos tiempos. No obstante, ahora puedo afirmar que si, a pesar de ese miedo que nos paraliza, volviéramos a tener fe, lo venceríamos. Lo que ocurre es que nos dejamos encadenar a las comodidades y no deseamos ya sumergirnos en experiencias profundas, como podrían ser el amor o la solidaridad. En solo unos días me convencí de que no era el corazón el que estaba enfermo, sino el alma. Pero para darme cuenta tuvo que vacilar el mundo bajo mis pies, y con él, el sentido de la vida, el sentido de la patria, las finanzas y hasta mi propia conciencia. ¿En qué me había convertido? ¿Acaso en una máquina de fabricar dinero? Caí en un abismo de interrogantes sin respuestas, a las cuales se sumaban mis propias aprensiones ante los líderes políticos, muchos de los cuales quisieron visitarme en el campo, pero aduciendo “órdenes médicas” los mantuve a raya. ¡Cuánta corrupción promovían ellos en desmedro de los más pobres! A medida que logré dejar esos recuerdos atrás, poco a poco renacieron mis fuerzas, y pude cantar y soñar. Con la ayuda de Alejandro, un buen amigo y una pieza clave a la hora de adquirir estos terrenos, comencé a conocer los pueblos cercanos, a participar de sus inquietudes, a identificarme con sus problemas. A veces me sorprendía lo poco que conocía mi país, cuando veía a esta gente esforzándose por metas que yo imaginaba propias de otras épocas, como el agua potable, un camino, una escuela, un centro de salud. Así fui entendiendo muchas realidades de este microuniverso que es el campo. Hay, sin embargo, un acontecimiento que es clave para esta historia. Ocurrió una mañana bien temprano, cuando conocí a alguien que cambiaría mi vida de una manera definitiva. Un niño, de apenas once años, con el semblante de un ser sin esperanza. Sus movimientos expresaban una odiosa resignación a la que quise enseguida encontrar una explicación, y no se me ocurrió otra idea que involucrarme: todos nosotros lo habíamos abandonado, habíamos permitido que murieran en él sus sueños y motivaciones. Cuando contemplé sus ojos sentí un extraño estremecimiento, su mirada estaba ausente, y lo peor del caso es que ya me había declarado culpable por esa lejanía, por la angustia y la congoja cubiertas por ese conformismo grabado en su semblante. Fue a través de esa criatura que creí ver todos los problemas de los demás, y hasta los míos. Poco después, cuando Alejandro me presentó al papá del niño, entendí un poco más el asunto. Me enteré de que la madre los había abandonado cuando el chiquillo apenas caminaba y nunca más se supo de ella. El padre lo llevaba a trabajar desde que el pequeño tenía tres años. En la mirada del hombre intuí un gran resentimiento que procuraba disimular con sus modales toscos. Era un campesino recio y taciturno, quien sin duda amaba a su hijo; sin embargo, sus limitaciones económicas y culturales le impidieron brindarle los cuidados que todo infante necesita. Y lo peor, no lo llamaba por su nombre sino por un apodo que en el campo se da a ciertas reses descornadas: “Mongutito”. Cuando el chico no respondía de inmediato, él le gritaba: –Bruto er diablo, ¿es que no me habéi oído? –Sí papa, lo toi oyendo –respondía él, cabizbajo. Desde que conocí a ese muchachito montaraz y analfabeto, se inició otra etapa en mi vida; hoy puedo afirmarlo con certeza.
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