CAPITULO I

 

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Parada sobre la tumba de Vittoria Scola, en medio del cementerio de Plaona, en Florencia, Paola Moreno Finamore se sintió convencida de que había tomado el camino correcto en la búsqueda de sus antepasados. Al verla absorta en su contemplación del camposanto de la cercana iglesia de Santa María Novella, muy parecida en su postura a una de las muchas estatuas colocadas sobre los sepulcros y bajo las arcadas góticas del campo santo, Isabel, su amiga en la aventura iniciada casi un mes antes en la ciudad de Panamá, sintió que un estremecimiento y una súbita ola de frío le recorrían el cuerpo. Con voz entrecortada por el temor le preguntó:

—¿Qué pasa?

La respuesta logró estremecerla aún más, quizás por el tono con el que fue expuesta:

¾Mi cara fratela. No te asustes, pero estoy segura de encontrarme parada sobre mi propia tumba.

Isabel se sentía parte de un hecho inexplicable que le producía una honda confusión; estaba allí, a decenas de horas de vuelo de su hogar, en medio de un paraje extraño, acompañando a su mejor amiga en un supuesto viaje hacia las raíces, y ahora la escuchaba expresarse de aquel modo extraño, que la atemorizaba.

—Paola, no entiendo.

—Te pido un favor, mira esta lápida y confírmame si aquí dice: “Vittoria Scola, 6 de diciembre de 1414, 6 de diciembre de 1447. Con su vida paga el derecho a saber”.

—Sí, así es, es un italiano antiguo, pero…

—Y dime si la tumba de al lado no es la de Lucrecia Scola.

—Está bien, allí lo dice, pero ¿qué tiene esto que ver con…?

—¿Aún no lo entiendes, amiga? Esta es mi tumba. ¡Es mi epitafio!

—Paola, por favor, vámonos de aquí. Ya esto dejó de ser hace rato un viaje divertido.¡Me asustas! ¿Ves? ¡Estoy temblando!

—Oye, espera un momento. Si lo que crees es que estoy loca, pues no, al menos no más que cuando salimos de Panamá para hacer este viaje. Yo te dije entonces que venía a descubrir un secreto de mis antepasados, ¿no fue así?

—Sí. Pero entendí que era uno de los muchos pretextos que uno tiene para ir a conocer el mundo; como un tema de viaje, pero no pensé que nos dedicaríamos a investigar cementerios.

—¿Y dónde crees encontraré a mis antepasados?

—Está bien, pero no sigas diciendo que tú eres la finada de la tumba.

¾Pues así es. La mujer que fue enterrada en esta fosa fui yo, y allá están los restos de mi madre. Mira, Vittoria murió el mismo día en que yo nací, sólo que quinientos años antes. Observa que falleció a los treinta y tres años, relativamente joven.

—¡Por Dios! Estás diciendo locuras.

—Aunque lo creas así, no son locuras; he llevado estos recuerdos en la mente durante muchísimo tiempo, solo que hasta ahora salen con tanta claridad. Debe ser porque me encuentro en el lugar donde inició todo.

—Ven, baja de allí, regresemos al hotel.

—No te he contado esto antes, porque no sabía si era un mito familiar, pero ahora ya sé que fue verdad. Una antepasada de mi madre murió en la hoguera, dándole gracias a Dios por ser una de sus escogidas. La acusaron de bruja, de hereje, pero ella lo único que buscaba era el conocimiento. Dicen que en sus últimos momentos vaticinó que su alma no encontraría la paz hasta cuando, quinientos años después, reencarnara en una mujer que llevara su sangre.

—Te juro que si no bajas saldré de aquí y le pediré al taxista que me lleve de vuelta al hotel, ¿entiendes?

A medida que la tarde avanzaba la temperatura ha ido descendiendo. Isabel comienza a caminar hacia la salida, mientras siente que los nombres escritos alrededor de la cripta familiar le hablan, presentándose con cierta elegancia. Todos forman parte de la misma familia Cavello: Girolano, Taddeo, Masolino, Lorenzo, Vicenzo, Stefano, Agnolo, Michellangelo… todos hombres. La temperatura sigue bajando con la tarde; Isabel no puede contener su sobresalto al sentir sobre el hombro la gélida  mano de Paola, quien le ha dado alcance.

—¡Caramba! ¡Qué buena compañera me ha tocado! Me abandona sin el menor remordimiento…

—Es que con estas cosas no se juega, soy muy respetuosa de los muertos.

—No más que yo, por eso es que voy a investigar los hechos que están tras esas historias que oí desde niña y que ahora, al fin, puedo entender mejor.

Antes de salir, ambas mujeres voltean sus cabezas para echar un último vistazo a las antiguas estructuras del cementerio. A esa hora de la tarde parecen más antiguas y más tristes, y Paola tiene la certeza de que allí están las raíces por las que vino hasta el viejo continente.

Camino a la ciudad, el viejo taxista echa de menos la grata conversación que compartieron y las constantes preguntas que le formularon durante el viaje de la ciudad al campo santo; sin embargo, acostumbrado a llevar y a traer turistas, se acomodó a la nueva situación y les permitió sumirse en el silencio mientras las llevaba de vuelta al hotel.

 

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