El médico le ordenó a Xiomara no dormir en toda la noche. Al día siguiente le harían un electro-encefalograma con supresión del sueño por veinticuatro horas, pues se sospechaba una lesión cerebral, sin embargo, no estaba preocupada sino más bien fastidiada. Había visto televisión por tres horas, leído un libro por una hora y ahora sentada frente a su computadora buscaba distracción.
De repente sintió una fuerte opresión en el pecho. ¿Qué le pasaba? Se preguntaba, su mente no se detenía, ¿se estaría volviendo loca? Esas fueron sus primeras interrogantes. ¿Qué sucede conmigo? Volvió a preguntarse. Reflexionó y advirtió que era un ser nacido para morir. Estaba acostumbrada a seguir siempre adelante y no se podía detener. Debía hacer un alto en el camino y analizar su vida. Comenzó esa difícil tarea de repasar y examinar sus patrones de conducta y se encontró extraña a sí misma.
Un desconcierto lleno de incógnitas se apoderó de su mente. Experimentó una sensación de vacío con sabor a insatisfacción, la vida se le escapaba sin haberla vivido. Sentía la soledad de un exiliado, esa soledad que nos permite reflexionar; ese silencio que nos hace volver a nuestro centro, que nos hace percibir un profundo anhelo de lo absoluto, una nostalgia de trascendencia y una necesidad imperante de tomar conciencia de la propia vida. Era ineludible buscar las respuestas y llenar los espacios vacíos. Las preguntas volvieron a resonar en su mente: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene mi vida?
Xiomara miró el reloj, eran las nueve de la noche, el tiempo parecía haberse detenido. Deseaba llamar a alguna de sus amigas e inmediatamente pensó, “es muy tarde, no puedo molestar a esta hora”. Lo que menos le preocupaba era el resultado del examen neurológico. La vida le había enseñado que los acontecimientos jamás se modifican por el grado de ansiedad que se invierta en ellos, otra era su inquietud. Tenía la sensación de haber caminado en círculos sin poder avanzar. A pesar de que había alcanzado el éxito profesional, en su interior había un vacío que ni el éxito ni el dinero podían llenar, era un vacío de significado. Se encontraba desolada, no culpaba a nadie. Cada cual hace su vida después que los padres mueren, cada uno se dedica a su propia familia, es lo que en la modernidad se llama familia nuclear, padre, madre e hijos.
No había encontrado pareja y eso en realidad la tenía sin cuidado. En su vida no había llegado un solo hombre con el cual le hubiera gustado compartir el calor de un hogar. No había encontrado su otra parte. Esa persona que la hiciera sentirse completa. A pesar de todo no le molestaba la soledad. Hasta ese momento se había sentido bien pero, esa noche, sin dormir se puso a analizar y profundizar sobre su vida. Estaba segura que había algo más y estaba dispuesta a encontrarlo.
La pensativa mujer no podía darse el lujo de dormir y sintió miedo, en ese momento recordó su infancia. En una ocasión cuando tenia cinco años, pasó la noche tosiendo, no podía conciliar el sueño y a medida que iban pasando las horas, aumentaba su sobresalto, algo en la oscuridad de esa noche le recordaba el temor experimentado en ese incidente de su niñez. Los recuerdos llegaban a su mente como si el tiempo hubiera retrocedido y evocó su aprensión de niña, ese miedo infantil provocó una visión. Se le apareció un hombre joven rubio con túnica blanca. A pesar de su corta edad y de lo extraño del evento, una sensación de protección la rodeó. Advirtió que ese personaje había venido a confortarla. El temor desapareció y la niña le preguntó.
¿Cómo te llamas?
Mi nombre es Rafael ¾respondió el ser de luz.
¿Qué haces?
Soy un ángel del señor.
¿Te mandan a cuidar a los niños?
Sí, me enviaron a cuidarte a ti.
Estuvieron conversando gran parte de la noche y Xiomara se durmió. Desde ese instante Rafael fue lo que suele llamarse su ángel de la guarda. A la mañana siguiente lo primero que hizo fue contárselo a su mamá, una mujer ejemplar, buena madre, buena hija, buena esposa y sobre todo una excelente persona. Muy bella, alta, de cabellos castaños, ojos negros, esbelta silueta y porte distinguido. Elena miró fijamente a su hija y le reprochó.
Los niños no deben mentir
Las personas mayores sí pueden hacerlo respondió la niña.
No, tampoco deben hacerlo objetó la desconcertada madre.
Te aseguro que no miento, anoche vino un ángel del señor a visitarme y me dijo que se llama Rafael.
¿Qué más te dijo, mi niña?
¡Me dijo que no tenía que sentir miedo! Que de ahora en adelante siempre me iba a cuidar. Que esa era la misión que Dios le había encomendado.
¿De qué más conversaron?
Me dijo que tenía que portarme bien con mis padres y maestros, bueno con todas las personas.
¿No estarás inventado esa historia?
No, mamá, ¿tú inventabas cuando me enseñaste la oración del ángel de la guarda?
No, ¿cómo se te ocurre decirme tal cosa?
Bueno ese ángel llegó y se va a quedar conmigo. Siempre ha estado a mi lado, pero antes yo no lo veía.
En ese momento Elena comprendió que algo extraño pasaba. Una niña tan pequeña no podía expresarse con tanta claridad. Entonces reflexionó, no le quitaría la fe a su hija. Ningún daño le ocasionaría creer en su ángel guardián. Al contrario le podía eliminar ese miedo constante que sentía cuando no podía dormir. A partir de ese momento Xiomara no volvió a experimentar miedo en ningún evento de su vida, sin embargo, esa noche especial en la cual no debía dormir por el examen que le había ordenado el neurólogo, sintió esa opresión que tanto la inquietó en su niñez. Miró el reloj, eran las nueve y treinta de la noche. Se asomó a la ventana, nunca antes había observado una noche tan sombría, pensó, “¿en la noche oscura de mi alma cuándo amanecerá?, ¿cuándo la luz iluminará mis interrogantes?”
Xiomara no era una mujer amargada, ni devastada por el pesimismo. Era simplemente una mujer enfrentando una situación límite. Esa larga noche le sirvió para cuestionarse, estaba vacía de respuestas, los afanes de la vida cotidiana habían eliminado la facultad de reflexionar sobre sí misma, vivía muy aprisa. La velocidad se había convertido en una costumbre de la cual no era consciente. Padecía la peor de las enfermedades, la enfermedad de la prisa. Al principio la gente se acelera, es un impulso consciente, baja las escaleras a toda carrera, irrumpe en una habitación corriendo y da portazos, se trata de algo esencialmente físico, sin embargo, se acostumbra a ir cada vez más rápido y la velocidad se apodera de su mente. Surge una presión compulsiva y le es difícil modificar ese patrón de vida.
Cuando la mente comienza a correr de ese modo tan acelerado, perdemos la capacidad de controlar nuestros pensamientos y nos volvemos autómatas, sin libertad, ni opciones, sólo tenemos compulsiones. Siempre recordamos eventos dolorosos que merodean por nuestra mente y nos arrastran hacia un pasado lleno de aflicción. Hay algo morboso en el ser humano que lo empuja a recordar los hechos infortunados.
Angustiada, sintió que había llegado el tiempo de analizarse, pero había perdido la capacidad de concentrarse. Tenía que recuperar esa facultad a como diera lugar. Al recordar con serenidad el transcurrir de la vida se dio cuenta que todo cambia, meditó, ”¿por qué no podemos cambiar nosotros?” En ese momento recordó a su ángel Rafael y lo invocó, juntó sus dos manos, como lo hacía cuando era pequeña y sentía miedo. Cerró los ojos. Dos gruesas lágrimas recorrieron sus mejillas. ¡Se percibía tan sola y desprotegida!
Fue en ese momento descubrió que para recuperar su vida tenía que volver a ser niña y pensó, “si mi ángel fuera capaz de escucharme y acudir a mi llamado. Sí, necesitaba volver a ser niña e invocar constantemente a su ángel y advertir su presencia protectora”. Se había olvidado de orar agradeciéndole a Dios el regalo inconmensurable de tener su propio ángel. Nunca es tarde para enmendar un error. Permaneció callada por unos instantes y comenzó a meditar. Súbitamente vino a su mente la oración que de niña todas las noches le rezaba a su ángel custodio y la repitió en voz alta.
Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes sola porque me perdería.
Se encontraba perdida entre una multitud indiferente y fría. Entre amigos ocasionales de conversaciones vacías. Entre acontecimientos desprovistos de sentido. Había un camino que recorrer, pero no sabía a dónde la conducía ni cuál era el sentido de ese recorrido. Rezó por varios minutos, cuando terminó sus oraciones, en ese preciso momento sintió la misma sensación de protección de su primer encuentro con Rafael. Escuchó su voz, diáfana, clara y llena de dulzura.
Xiomara, mi niña, lo primero que debes hacer es sosegarte, examinar con serenidad tu vida y revisar tus patrones de conducta. Cuando haces de tu vida una rutina de velocidad, te vuelves inconsciente de las necesidades de otros, te tornas hosca. Recuerda que el aceleramiento es contagioso. Ahorras tiempo con la excusa de disponer de más tiempo libre y después no sabes cómo disfrutar tus horas de ocio. Detente, estás siguiendo un camino equivocado.
La voz de Rafael era como una melodía, como un sedante, la respiración de Xiomara se normalizó, sintió cómo sus músculos se relajaban, se soltaban y todo su ser recuperaba la calma. Rafael subió el tono de la voz y continuó.
Las personas apresuradas que buscan de modo egoísta la complacencia, son candidatas a un infarto. Cuando se apresuran la vitalidad disminuye. Las veces que actúan con calma resplandecen de fortaleza, serenidad y belleza. Es conveniente que dediques unos momentos a tranquilizarte.
Xiomara escuchaba a lo lejos la voz de Rafael que la seguía aconsejando.
Cuando practiques el sosiego y elimines la prisa de tu vida, habrás iniciado un nuevo camino que te dará la energía necesaria, más salud, mayor paz y una relación más armoniosa con las personas que te rodean, así como una vida más prolongada y feliz. Es importante que busques en tu interior esas tres fuerzas que te permitirán afrontar la vida de una manera coherente. Esas fuerzas son la sabiduría, el equilibrio y el discernimiento.
Xiomara cerró los ojos, dejó que la calma llenara todos sus vacíos, esos espacios que anteriormente los llenaba la prisa. Sintió una serenidad sorprendente, esa paz que procede de la ausencia de prisa. No volvería a apresurarse nunca más. Comprendió que de ahora en adelante no tenía tiempo para acelerarse.
El sonido del timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos y se incorporó. Abrió la puerta era Mariam, su vecina y amiga. Vestía un juego de falda y blusa verde, que resaltaba sus cabellos rojizos y su piel blanca. Ella es profesora universitaria, una persona excepcional y sobre todo buena amiga. Desde el día que Xiomara conoció a Mariam, sintió gran admiración por ella, pues ésta había encontrado su misión, era miembro de la Asociación Contra el Cáncer, se había entregado en cuerpo y alma a ese trabajo. La madre de Mariam había muerto de esa terrible enfermedad y a partir de ese momento ella quiso minimizar el dolor y sufrimiento de tantas personas afectadas por el flagelo del cáncer.
Mariam se enteró que Xiomara pasaría la noche en vigilia y vino a acompañarla. Lo primero que hicieron las dos amigas fue ir a una cafetería a tomarse un café. Después conversaron un rato, luego regresaron a casa y se conectaron al Internet. Xiomara le daba clases de informática a Mariam. Los avances eran indiscutibles.
Entraron a una sala de conversación de España. Al principio nadie les hacía caso, de repente un chico de veintidós años contesta el saludo. El nombre de identificación que escoge Mariam es Mayi. El chico se hace llamar Imhotep y le pregunta a Mayi.
¿A qué te dedicas?
Mariam estaba sentada al lado de Xiomara, y como ésta había escrito una novela le contestó que era escritora. Eso entusiasma mucho a Imhotep que deja de conversar con el grupo para tener una comunicación directa y exclusiva con Mayi. Rápidamente las dos amigas acuerdan lo que le dirían a Imhotep.
Me gustaría que me dieras algún tema para mi próxima novela.
¡Sería estupendo, mi vida es como una novela! ¾contesta Imhotep.
Guardaron silencio para darle tiempo al chico a contar su historia, súbitamente les llega de la pantalla de la computadora una información que no esperaban, Imhotep revela.
Soy gemelo y nunca conocí a mi padre.
Las dos amigas quedaron tan desconcertadas que no se atrevieron a seguir preguntando. Esperaron un tiempo para que llegara más información. Imhotep continúa.
Mi padre vive en los Estados Unidos y nunca se ha interesado en conocernos.
Esta información les conmueve y Xiomara manifiesta.
¡No te preocupes cuando uno no tiene un buen padre, tiene una excelente madre!
A lo que Imhotep corroboró lleno de orgullo.
¡Sí, mi madre es maravillosa!
Se sintieron tan compenetradas con ese chico de veintidós años que siguieron conversando con él por un buen rato. Mariam se despide, eran cerca de las once de la noche y debía trabajar al día siguiente. Xiomara sigue usando el apodo de Mayi y continuó el diálogo. El chico le pide la dirección de correo electrónico. Le escribe la de Mariam, ya que se parece más a Mayi. Imhotep se despide con la promesa de volver a contactarla, pero de una manera directa.
Xiomara cierra los ojos por un momento, tiene sueño, por primera vez en la noche, se incorpora; mira el reloj eran las once y treinta. El tiempo parecía haberse detenido.
Rafael, no permitas que me duerma. Mañana me harán un examen muy importante y no debo dormir por veinticuatro horas.
No te preocupes ¾responde el ángel. Conversaré contigo todo lo que falta de la noche. ¿ De qué quieres hablar?
Xiomara reflexiona sobre el tema. No tenía nada en mente.
Sabes Rafael, no tengo la más remota idea.
Rafael sonrió y bajando la voz pregunta.
¿Será que me has perdido la confianza?
No es eso, con la edad una se hace reservada.
No tengas reservas conmigo, recuerda que he seguido a tu lado y no hay nada de tu vida que desconozca. Me he alegrado con tus triunfos, he sufrido con tus fracasos y frustraciones y me han dolido tus errores. Además expresar tus dudas, en estos momentos de desconfianza, te ayudará a encontrar la fe.
¿Quiero saber según tu concepto cuál ha sido mi más grande error? Rafael guardó silencio por un momento. Respondió lentamente enfatizando sus palabras.
Estoy a tu lado para ayudarte, no para juzgarte, pero tengo que reconocer que el más grande de tus errores es no haberte interesado en encontrar tu misión.
¿Mi misión? ¾pregunta Xiomara
A cada persona se le asigna una misión, que es el plan que Dios tiene y ese propósito de Dios es el perfeccionamiento de la persona. Tu objetivo en la vida es encontrar esa misión y cumplirla, ese anhelo es la luz interna que te conducirá por el camino de la evolución espiritual y así desempeñarás el plan que Dios tiene para ti.
¿Quiero saber cuál es mi misión?
No tiene ninguna gracia que te la diga. Tu vida adquiere significado cuando la descubres y la cumples. Esa búsqueda es la que te permite crecer y evolucionar espiritualmente, ya te lo he dicho.
Rafael, siempre he pensado que mi misión era conquistar el éxito profesional.
Te equivocas, en toda misión siempre están presente dos condiciones: la evolución espiritual y el servicio generoso al prójimo. Sin esos dos componentes no es válida a los ojos de Dios.
En toda búsqueda hay un inicio. ¿Por dónde tengo que empezar para encontrar esa misión de la que me hablas?
Para que puedas comprender voy a expresarme de la forma como hablan ustedes. Te voy a dar una pista. El camino de encuentro de tu misión está en el proceso de transformación personal. Es un viaje personal, una travesía diseñada por ti. Es tomar conciencia de que eres una chispa divina, creada a imagen y semejanza de Dios. Es descubrir ese anhelo espiritual que albergas en tu interior, ese objetivo te guiará por el camino en la realización de tu misión en la vida y le dará sentido.
Xiomara hacía grandes esfuerzos para controlar los sollozos, secó sus lágrimas con la palma de la mano y prosiguió el relato. Rafael la interrumpió y acarició sus cabellos. Como lo hacía cuando era una niña y lloraba cuando alguien la había golpeado. Ella le sonrió y le dio gracias a Dios por haberle regalado un compañero tan amoroso.
De niña estuve muy delicada de salud. Tú me enseñaste a superar el dolor y a no permitir que la tristeza me amargara, al contrario experimentar ese desconsuelo me hizo más sensible. Lamentablemente esa sensibilidad la perdí en la edad adulta. Me enseñaste que el dolor siempre llega a nuestras vidas, pero el sufrimiento es opcional. Mis padres fueron muy amorosos conmigo aún recuerdo la dedicación y ternura con que mi madre me cuidaba.
Xiomara continuó con su relato, recuperando el control de las emociones.
Mi padre era un hombre muy expresivo, me quería mucho, sentía verdadera predilección por mí. Su nombre era Vicente Euclides. Cuando perdió su trabajo se trasladó a la capital para conseguir empleo y nuestra familia se disgregó, pues él se llevó a mi hermano mayor. A pesar de todo, mi madre manejó la situación familiar con amor y valentía, impidiendo que estas circunstancias afectaran la vida de sus hijos.
Rafael la interrumpió y con un tono muy tierno le dijo.
Mi querida niña, has sufrido mucho, no obstante, cada vez que asumes el dolor y el aprendizaje que éste conlleva, que es la razón elevada del sufrimiento, este dolor se transforma en amor y nos ayuda a enfrentar cualquier situación. De esa manera descubrimos el valor redentor de dolor. La mejor forma de superar el dolor es recuperando esas cualidades que tienen los niños. Ellos sufren y lloran y a los pocos minutos se están riendo. Tienes que buscar a la niña que lloraba en tu interior, consolarla, quererla y permitirle que juegue por primera vez en su vida.
Rafael, ¿estás tú dispuesto a jugar conmigo?
Rafael sonrió con mucha benevolencia.
No sólo estoy dispuesto a jugar contigo sino a consolarte y a darte todo el amor que necesitas.
Xiomara continuó expresando sus sentimientos
Mientras transcurrió mi niñez, otras cosas se me negaron, como las fiestas y los paseos. Cuando empecé a trabajar, vi la oportunidad de volcar en el trabajo las energías que durante tanto tiempo había reservado. Fue algo en lo cual jamás me pusieron restricciones. Así fue pasando la vida y de repente me di cuenta que no trabajaba para vivir, si no que vivía para trabajar. Mis esfuerzos no fueron estériles porque no sólo alcancé el éxito profesional, sino que pude ahorrar una cantidad considerable de dinero.
Xiomara respiró hondo, tenía que recuperar las fuerzas para continuar la narración.
Quisiera preguntarte, Rafael, ¿valió la pena sacrificarlo todo por el trabajo y renunciar a tantas cosas importantes? En estos momentos estoy atravesando una crisis existencial y necesito tu ayuda. Me siento como perdida en el desierto y lo peor de todo es que no puedo ver la luz.
Rafael guardó silencio por unos momentos y respondió lentamente.
Cada vez que una mujer atraviesa una crisis Dios envía un ángel para confortarla. Tú has sufrido desde niña, por esa razón Dios me envió a consolarte y a renovar tus fuerzas. Hay sucesos en la vida que no tienen sentido en el momento que ocurren, pero más adelante se convierten en fundamentales para la realización de la misión de la vida.
Rafael hizo una pausa para enfatizar sus palabras y continuó.
Con relación a las interrogantes que me haces te diré que no sé las respuestas, los ángeles no lo sabemos todo, pero hay algo que sí sé, nadie puede cambiar el pasado, ni aun Dios con su inmensa sabiduría y poder. Lo único que sí puedes hacer es aprender de ese pasado.
Tienes razón ¾contestó Xiomara.
Al hacerle esta pregunta Xiomara no podía contener su hilaridad.
¿Por qué razón no me encontré en mi vida un hombre como tú?
Rafael sonrió muy divertido y contestó.
Porque los hombres están muy lejos de ser como los ángeles. Tienes que aprender a aceptar a las personas como son, no trates de cambiarlas, eso es muy difícil. En última instancia las personas mejoran, pero cambiar de una manera definitiva es casi imposible. La gente tiene que aprender a amar en cualquiera circunstancia, el amor que ofrece tal vez logre cambiar al ser querido.
Xiomara volvió a mirar el reloj, no podía creerlo, aún eran las doce de la noche, faltaba tanto para la llegada del nuevo día.
No mires tanto el reloj ¾reprochó Rafael¾. Siempre has sido esclava del tiempo, no pienses en lo que falta, piensa en lo divertido que la estamos pasando. ¿No te parece? Cuando fuiste creciendo se te olvidó la comunicación que siempre tuviste conmigo, me abandonaste, sin embargo, siempre permanecí a tu lado.
¿Por que lo hiciste, Rafael?
Por la sencilla razón de que esta es mi misión y cuando uno descubre su misión, no la cuestiona, la cumple.
Perdona por haberte tenido olvidado, te reencontré en el momento que más te necesitaba. Sabes una cosa, en el Evangelio Jesús nos dice que para entrar al Reino de Dios, tenemos que volver a ser como niños. Hoy mejor que nunca comprendo ese pasaje, para volver a encontrarte tuve que volver a ser niña.
Rafael permaneció callado, Xiomara respetó su silencio, luego levantó su mirada y ella sintió que cada vez que la miraba de esa manera la hacía sentir segura, después de una pausa, prosiguió.
No dejes olvidada a la niña que se esconde en tu interior, ella permanecerá contigo el resto de tu vida, nunca va a crecer y está dispuesta en el momento que tú lo decidas, a enseñarte a disfrutar las cosas simples de la vida; a recuperar el candor de la sonrisa, la calidez de la mirada, la espontaneidad y a transformarte en una persona auténtica; a sentir amor y expresarlo de una manera directa. Los niños siempre dicen lo que piensan, en eso radica su autenticidad, aunque muchas veces no los queramos escuchar. Ellos están dispuestos a luchar con todas sus fuerzas por aquello que desean, aunque también son vulnerables y se les hiere con facilidad.
Xiomara interrumpió a Rafael, una duda llegó a su mente y la expresó.
Rafael, cuando tengo que tomar una decisión, me preocupa mucho no hacer la elección acertada, en ocasiones me siento tan confundida que no sé qué hacer ¿Cómo puedo saber si estoy haciendo lo indicado?
Rafael levantó la voz, la cual tenía un tono de autoridad que llamó enormemente la atención de Xiomara, puso un énfasis tan especial que ella supo que la información sería muy importante.
Cuando tengas que tomar una decisión, escucha aquellas señales de tu interior que te ayuden a escoger lo correcto. No importa lo que piense cualquier otro, confía en tus voces intuitivas y síguelas. Para mayor discernimiento tienes que orar, en la oración hablas con Dios, en la intuición es Dios quien te habla a ti.
En ocasiones me siento tan confundida, la vida te pone tantos obstáculos.
El ángel sonrió con paciencia y expresó.
Cada obstáculo es una prueba y una oportunidad.
Hay otro asunto que quiero aclarar contigo. He trabajado mucho para alcanzar mi independencia, sin embargo, ahora que soy independiente me siento muy sola.
Voy a aclararte el concepto, la independencia es la ausencia de la necesidad de estar atado a alguien o a algo. Eso no implica la ausencia de compañía. Tú puedes ser independiente y estar unida a alguien. Observa que dije unida, no atada. ¿Comprendes la diferencia?
Perfectamente, mi ángel.
En mi vida hay momentos de confusión como hoy, cuando siento que la noche es más oscura. ¿Qué me dices a eso?
Aquellos que piensan que el mundo es un lugar oscuro, están ciegos a la luz que puede iluminar sus vidas. La oscuridad es siempre ausencia de luz, cuando la iluminas con la luz de lo divino, ésta resplandece sobre la oscuridad y empieza a desvanecerse, en ese momento tu vida dejará de ser esa noche oscura. Busca la luz y recuerda, Jesús es el camino para encontrar la luz.
He aprendido mucho contigo en esta noche, pero quiero hacerte una pregunta más. Hay momentos de mi vida que me cuesta mucho perdonar. ¿Qué es para ti el perdón?
Rafael dulcificó el tono de su voz y dijo.
Perdonar es ejercer la facultad de dar amor en las circunstancias más difíciles. Recuerda siempre que el perdón es un acto del corazón y no de la razón, es el factor más importante en la curación de las heridas.
Xiomara meditó sobre las palabras de su ángel. Él tenía una forma de expresión tan clara y coherente, después de escucharlo no le quedaba duda sobre el perdón y expresó.
Me siento enferma. ¿Qué puedo hacer mi ángel para encontrar la salud y la paz que tanto anhelo?
El ángel contestó muy despacio con la intención de que sus palabras fueran captadas.
¾No permitas que tu enfermedad desvanezca tu felicidad. Recuerda que Dios nunca nos deja de amar, podemos recibir su consuelo, perdón y fortaleza, elementos fundamentales en toda recuperación y así seguir adelante con el poder para enfrentar y superar la enfermedad.
Al escuchar las palabras de Rafael, Xiomara sintió paz. Se había preocupado mucho por su enfermedad y eso en nada contribuía a su mejoría. A partir de ese momento dejaría de mortificarse por su padecimiento, dejaría su salud en manos de Dios y le solicitaría que la llenara de serenidad y que le diera esa paz fruto del abandono confiado.
¿Tú crees que puedas pasar toda la noche conversando conmigo?
Me he pasado toda tu vida conversando contigo, más no me oías. Déjame preguntarte algo. ¿Serás tú capaz de pasarte toda la noche escuchándome?
De ahora en adelante lo haré y sabes por qué, porque tú eres mi luz, mi descanso y mi apoyo.
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