Sofía se detuvo y un grito aterrador escapó de su garganta. Justo antes de que se produjera la terrible escena que yo no olvidaría jamás, ella había estado paseándose por la terraza trasera de la casa, sin que nada presagiara ese momento. Como respondiendo al impulso de un resorte, me levanté para ayudarla, pero ya Melissa salía corriendo de la habitación de su madre. Con aplomo, levantó la barbilla de Sofía, le abrió la boca y contó en voz alta diez gotas que salían del frasco que traía en la mano; finalmente volvió a cerrarle la mandíbula, ordenándole.
Traga, Traga.
Sofía se resistió y balbuceó sonidos indescifrables. Se deslizó y cayó de espaldas. El aire no le llegaba a los pulmones, había perdido el control del movimiento de los ojos que giraban y giraban enviando centenares de imágenes desiguales a su cerebro, amalgamando la sensación de asfixia con una completa confusión visual.
Me arrodillé junto a mi prima. Sofía convulsionaba, el pecho parecía rígido, por lo que respiraba con mucha dificultad, su rostro estaba azuloso y sudaba a chorros. Cuando la agonía alcanzaba punto límite, el aire encontró por fin la manera de entrar a llenar sus pulmones. Sin embargo, lo que más me impresionó fue la expresión de sus ojos. ¡Qué pavoroso cambio el de su mirada! Ya no era vivaz y alegre, sino quieta y congelada, detenida en la contemplación de un terror definitivo. No lloraba, el llanto es una descarga de la emotividad y ella estaba paralizada por el horror.
Minutos después, Sofía comenzó a recuperarse, a medida que su respiración se normalizaba y las lágrimas empapaban su pálido rostro. Con una breve disculpa hizo un esfuerzo para ponerse en pie. La abracé y la ayudé a levantarse.
No tienes que disculparte. Quiero pedirte que siempre que sientas miedo, pienses en todas las personas que te queremos y tengas la seguridad de que estaremos a tu lado para ayudarte.
Melissa trajo su madre un té de tilo, el que ella fue tomando muy despacio. Consideré entonces que era hora de retirarme, pues el cansancio se me hacía cada vez más evidente. Habían sido muchas las emociones que había experimentado de golpe aquella tarde y me agobiaba la visión de la agonía que estaba viviendo una mujer que, desde niña, siempre había conocido como independiente, capaz y brillante. ¿Cómo era posible que una enfermedad la pudiera dejar en ese estado de indefensión?
Al despedirme de Sofía y de sus dos hijas, Vielka y Melissa, me prometí que no descansaría hasta sacarla de ese negro abismo en que se hallaba sumida por la desesperanza y el desaliento.
Mientras manejaba de regreso al hotel, ya sin testigo, dejé fluir las lágrimas que había contenido frente a mi prima. Era una batalla terrible la que tenía por delante; por eso me permití llorar, para no tenerlo que hacerlo más adelante.
La enfermedad de Sofía comenzó a manifestarse un día mientras redactaba una resolución que tenía que estar lista a las dos de la tarde. Desde hacía varias semanas trabajaba en el expediente de uno de los hombres más influyentes de la región, muy amigo de los militares que gobernaban en ese entonces. Cuando la tuvo lista, llamó a su secretario para dictarle la sentencia. Cuando se trataba de ejecutar un veredicto justo no le temblaba la mano. Sin embargo, un ligero estremecimiento la hizo dudar.
ngel, el secretario, entró en la oficina. Tenía seis años de trabajar como su asistente.
¿Se siente mal, licenciada? La veo muy pálida.
te preocupes, estoy bien. Toma nota que voy a dictar sentencia.
En unos pocos minutos terminó la resolución y le solicitó al secretario que notificara a las partes. En ese momento entró el perito, a quien ella había citado para tratar un secuestro de bienes. En el instante en que Sofía se levantó para buscar los documentos del caso, sintió un fuerte mareo y se apoyó del escritorio. Ángel corrió, la sostuvo, la ayudó a sentarse y le pidió al perito que consiguiera agua.
Ya se lo dije licenciada, usted no se encuentra bien. ¿Desea que llame a un médico?
No te preocupes, tiene que ser el exceso de trabajo. Este fin de semana voy a descansar y verás que el lunes vengo como nueva.
Sofía se incorporó, respiró profundo, bebió un vaso de agua y salió de la oficina en compañía del perito. Llegaron al negocio en donde se iba a ejecutar la incautación. El ambiente era hostil, el dueño había sublevado a los empleados e impedían que Sofía y el perito hicieran su trabajo. Ella salió a la calle y llamó a los policías que, previsoramente, había llevado por si las cosas tomaban el rumbo de la violencia.
En pocos minutos se consumó el procedimiento de embargo. El perito hizo el inventario, Sofía firmó el documento y le entregó al dueño una copia. El individuo, afectado por el procedimiento legal, profería maldiciones en contra de Sofía. Esa era la rutina en su trabajo y ella no lo tomó en cuenta. Gajes del oficio, como siempre decía.
Después de realizada la diligencia judicial, y de firmar algunos documentos en el juzgado, se fue a su casa. Mientras caminaba hacia el taxi que se había detenido ante una seña suya, sintió que todo le daba vueltas. Una ola de calor le subió a la cabeza, la mareó y le generó náuseas. Además, tenía palpitaciones, temblor de las extremidades, visión borrosa, resequedad de la boca. El diafragma contraído le producía un intenso dolor. Recordó la muerte súbita de su padre. Él había fallecido de un ataque cardíaco. Tan pronto estuvo dentro del taxi, le pidió que la llevara al consultorio del doctor Saavedra, el mismo cardiólogo que atendió a su padre.
Sofía entró al consultorio del galeno corriendo y le dijo a la auxiliar que estaba infartada. El doctor se sorprendió al verla llegar. Ella no lo había consultado antes y la vio muy nerviosa. Procedió a hacerle unos exámenes urgentes y en menos de media hora tuvo en su escritorio los resultados. Todos demostraban que la paciente no estaba enferma.
Tu corazón está en perfecto estado.
¡Entonces qué me está pasando!
No te preocupes, puede ser el estrés. Procura descansar este fin de semana y si los síntomas continúan, me llamas.
Gracias doctor, espero que estas molestias sean pasajeras.
Sofía se fue más tranquila. Llegó a su casa y se retiró a descansar sin cenar. Pasó el fin de semana en reposo. Ella era una mujer responsable y siempre había sido muy sana. Tenía que cuidarse, sus hijas la necesitaban.
Llegó el lunes y con ello los trajines de la rutina de Sofía. Por la tarde, un amigo abogado llegó a su oficina con un aire de misterio que rayaba en lo ridículo.
Tengo algo muy delicado que comunicarte, pero me tienes que prometer que no se lo vas a decir a nadie.
¿A qué se debe tanto misterio? Tú sabes que a mí esas cosas no me gustan.
Si me prometes que no lo vas a comentar, te lo digo. ¡Estás en grave peligro!
¿Peligro? No seas dramático.
Esta vez pasaste las fronteras de la audacia. En tu cruzada por la justicia, afectaste a un “mono gordo”, amigo de nuestro jefe.
Ya me cansaste con tanto misterio, te prometo que no voy a decir nada, pero desembucha.
Era extraño que Sofía se expresara en esos términos, pero estaba muy disgustada. El joven abogado se acercó.
Te abrieron un expediente y andan buscando testigos falsos para perjudicarte. El jefe quiere tu puesto para un compinche de él, una persona manipulable.
Disculpa que me ría en tu cara. Sabes que tengo catorce años de estar haciendo este trabajo y un jefe de pacotilla no es el que me va a amedrentar. No, querido, ni lo pienses. Y ahora te vas, pues tengo mucho trabajo por delante.
Poco después atendió a un hombre que gritaba para manifestar su descontento por la pensión alimenticia que ella le había asignado. Con toda la paciencia que la caracterizaba le explicó al desconsiderado padre las necesidades de su familia. Él no entraba en razones y profirió una serie de amenazas en su contra. Para Sofía esos incidentes eran el pan de cada día. Ya estaba acostumbrada, pero lo que sí observó fue que cada día era menos tolerante.
Después de contestar la llamada, su secretario le anunció mi visita. Entré sin saludar. Sofía se asustó, ella admiraba mucho mi cordialidad y buen humor.
Elena, ¿qué te sucede que estás tan descompuesta?
¡Vengo a decirte algo muy delicado! Cierra la puerta con llave.
No me asustes y habla de una vez.
Una de mis clientas trabaja con tu jefe y me informó que éste tiene un expediente en contra tuya y que está buscando testigos falsos para encarcelarte.
No podrá hacerlo, no he cometido ningún delito.
Pisa tierra mujer, tú sabes cómo se manejan las cosas en este país. No siempre se impone la justicia.
¿Qué motivo podrá tener para querer perjudicarme?
Quiere tu puesto para nombrar a un títere que él pueda controlar.
Lo que más me preocupa es que acabo de recibir la misma advertencia de un colega.
Ándate con cuidado. Ese hombre es peligroso. Fíjate que salí de mi oficina para advertirte.
Gracias, no sabes cuánto te lo agradezco.
Sofía continuó con sus labores hasta terminar lo pendiente. Faltaban cinco minutos para su salida y se apresuró para llegar a la universidad, donde tenía que dar una charla sobre derecho laboral. Llegó dos minutos antes y realizó algunas anotaciones. Tan pronto la presentaron, se paró frente al podium y miró al auditorio. Fue en ese momento cuando un fuerte dolor le oprimió el pecho, las palpitaciones y la agitación hicieron que se tambaleara. Se apoyó de la tribuna y respiró profundo. La boca la tenía seca, la vista se le nubló. Cayó de sus pies, inconsciente. Cuando recobró el sentido, el doctor Saavedra la inyectaba, en su clínica.
Doctor, ¿qué me pasó?
No te asustes, sólo te desmayaste.
¡Cómo no me voy a asustar, si esto me ha pasado ya varias veces! En uno de estos desmayos me voy a quedar.
No tienes de qué preocuparte. No es nada grave. Creo que son tus nervios y deberías consultar a un especialista.
¿A un psicólogo?
No, a un psiquiatra. Pienso que tu problema no es de conducta, es un problema mucho más serio que debe ser evaluado por un médico especialista.
Sofía no contestó. Estaba decidida que si para recuperar la salud debía ir donde un especialista, así lo haría. Antes de despedirse le preguntó al doctor Saavedra
¿Me puede recomendar algún psiquiatra?
Sí, te voy a dar una lista de cuatro. De esos escoge el que más te guste. Tienes que encontrar un médico que te inspire confianza.
Ninguno de los psiquiatras le gustó a Sofía, pues la trataban como paciente hipocondríaca y no le hacían ningún caso. A partir de ese momento su vida fue un calvario. De médico en médico, sin encontrar respuestas para sus múltiples síntomas. Físicamente parecía no tener nada, pero en su mente se cernía una amenaza, la amenaza de muerte inminente y, para complicar la situación, ya de por sí insostenible, aparecieron las fobias. Cada vez que salía de su casa, se sentía en peligro. Comenzaba a temblar, a sentir sofocos y palpitaciones. Todo eso cesaba al entrar en su recámara, donde los síntomas desaparecían.
Una tarde, en su trabajo comenzó a sudar mucho, se levantó del escritorio y fue al baño. Abrió el grifo del lavamanos y eso es lo último que recordaba. La recepcionista la encontró tirada en el suelo. La llevaron esta vez al hospital y en ese momento la atendió un neurólogo. El doctor Mejía esperó que volviera en sí y le pidió que le contara su historia clínica. Estuvieron varias horas conversando; también le preguntó por los medicamentos, ella los sacó del bolso y se los mostró. El médico puso en una bolsita una muestra de cada uno para analizarlos. Le dio de alta y le pidió que fuera a consulta al día siguiente.
Sofía llegó a su casa, donde la aguardaban sus hijas, alarmadas, pues la secretaria de la universidad se había comunicado con ellas para decirles que su madre estaba en el hospital. Sofía las tranquilizó y cenó con ellas. Una hora después se acostó a dormir, pero no logró conciliar el sueño. Estaba muy preocupada y no sabía cómo resolver su problema de salud.
A la mañana siguiente no fue a trabajar, pues tenía cita con el neurólogo. Le hicieron una tomografía computarizada y varios análisis de laboratorio. Después de dos horas de angustiosa espera, el médico la hizo pasar a su consultorio. Sofía se sintió atemorizada al contemplar el rostro sombrío del galeno, al saludarla, no obstante, contestó el saludo con una sonrisa. El médico se levantó y buscó una bolsa que contenía los medicamentos que Sofía le había entregado el día anterior.
Este medicamento estaba descompuesto, el almacenamiento no fue el indicado y la exposición al calor afectó sus componentes y te ha ocasionado un desnivel químico en el cerebro.
¡Entonces ya sabe lo que tengo!
No es tan fácil, esto justifica ciertos síntomas, mas no todos.
Doctor, necesito que me dé unos días de incapacidad, me siento muy mal.
No hay problema, te daré una semana y después de ese tiempo vienes para volverte a evaluar, además tengo otros exámenes que ordenarte.
Tan pronto salió del consultorio, Sofía se fue directo a su casa. Desde que llegó entró en su recámara. Noelia, su empleada, le tuvo que llevar la comida a su habitación, pues ella no quiso salir. Llamó al laboratorio para que enviaran un técnico a su casa a extraerle la sangre para el resto de los análisis que le había ordenado el doctor Mejía. Se quedó toda la semana sin salir.
El día de la cita con el médico se levantó temprano para bañarse. En el momento en que abrió la ducha no salió agua; ella se quedó observando y de pronto comenzó a gritar horrorizada, pues en vez de líquido cayó un montón de serpientes sobre su cuerpo. Melissa y Vielka la encontraron paralizada por el horror, sin que pudiera articular palabra alguna.
Esta vez Melissa la acompañó a la cita con el médico, ya que en lo referente al cuidado de su salud, no contaba con su esposo. Le explicaron al doctor Mejía los últimos síntomas. El médico permaneció pensativo por varios minutos y le dijo a Melissa que lo acompañara a la otra oficina, que tenía que hablar con ella. Sofía se quedó en el consultorio, presa de mil pensamientos contradictorios, hasta que no aguantó más y salió al pasillo en busca de su hija y del médico. De repente experimentó una sensación de que algo muy malo estaba por ocurrirle, miró a su alrededor buscando una puerta para salir, pero no la encontró. Su vista se fue nublando, el sudor le corría por todo el cuerpo, las manos las tenía dormidas y esa misma sensación le fue subiendo de pies a cabeza, quería huir y no podía. Entonces gritó con todas sus fuerzas y cayó de bruces.
El doctor Mejía y Melissa llegaron corriendo. Sofía trataba de levantarse, pero volvía a caer. El médico la ayudó y la pasó al consultorio, donde le tomó la presión y el pulso. Después de un rato afirmó.
¡Ya sé lo que tiene!
¿Qué tiene mi mamá?
El doctor Mejía guardó silencio esperando que Sofía reaccionara. Ella se incorporó de la camilla donde el médico la había acostado y reclamó una respuesta.
Doctor, tengo más de seis meses de estar de médico en médico sin que sepan lo que tengo. Siempre he pensado que es algo malo, pero su silencio me hace temer lo peor.
No se asuste que de esto no se muere nadie. Su enfermedad es muy delicada, pero su vida no está en peligro. Sobre todo si controlamos los estados depresivos que puedan causar que se abandone y no quiera comer. Mire lo delgada que está.
Doctor, por favor vaya al grano. No se da cuenta que estoy desesperada.
Lo que usted tiene se llama agorafobia con ataques de pánico.
¿Qué es eso?
Se trata de miedo a estar en lugares o situaciones donde la salida pueda ser difícil. En estos casos, la persona experimenta vértigo o temor a caer en una sensación de irrealidad, miedo a perder el control de vejiga o intestinos o a vomitar. También se niega a viajar y siente una intensa ansiedad cuando se encuentra en supermercados, auditorios, aglomeraciones o transportes públicos.
Doctor, ¿y qué es lo que me causa esa enfermedad?
El doctor Mejía se incorporó, pensó unos instantes, luego levantó el tono de su voz y afirmó.
Amiga mía, aún no nos hemos puesto de acuerdo en los orígenes del mal, aunque creemos que hay cierta predisposición genética, combinada con factores bioquímicos y traumas.
Doctor, ¿se cura esta enfermedad?
Claro, contamos con tratamientos químicos y con terapias que ayudan a mejorar la calidad de vida del paciente. En esto se ha avanzado mucho últimamente.
Tengo tanto miedo a enloquecer, o a que me dé un infarto.
Esas sensaciones son síntomas del ataque de pánico.
Cuando venía para el consultorio tenía ganas de salir corriendo, en el único lugar que me siento a salvo es en mi cuarto.
No se preocupe creo que puedo ayudarla. Desde hoy mismo vamos a comenzar un tratamiento con medicamentos y le voy a recomendar un buen psiquiatra.
Sofía y Melissa se retiraron del consultorio del médico y llamaron un taxi. En el camino, Sofía estuvo a punto de lanzarse del carro en marcha. Melissa, aterrada, llevaba a su madre sujeta por el brazo y no la soltaba. El conductor, inquieto, las observaba por el espejo retrovisor; tan pronto bajaron las pasajeras, el hombre salió a toda velocidad. Esta fue la última salida a la calle de Sofía. Se encerró en su casa como quien se entierra en vida.
A la mañana siguiente me llamó y me dijo que había contemplado la idea de renunciar. Sabía el peligro que ella corría y le dije que era una medida inteligente, ya que ella no estaba en las condiciones físicas ni emocionales para emprender un combate abierto contra la corrupción.
Entre los factores que contribuyeron a que Sofía enfermara estaba el de la presión en los trabajos. Tenía tres empleos; sin embargo, su labor como jueza fue lo que más le afectó. Cuando se dicta un fallo, siempre la parte que pierde queda disgustada con el juez que no le dio la razón. Esas personas si son influyentes se convierten en enemigos peligrosos. Esto cobraba mayores dimensiones en un país en el que entonces el poder se ejercía desde los cuarteles militares. El cargo que ella desempeñaba era muy codiciado por sus colegas abogados, lo que hizo que en torno a ella se creara una imagen nefasta, con el fin de perjudicarla y obligarla a renunciar. Fue de ese modo como su jefe se convirtió en un conspirador, el más solapado y peligroso.
En la penumbra de su recámara, Sofía redactó su renuncia y la envió a la oficina para que se la entregaran al jefe. El funcionario sonrió complacido y, para sus adentros, consideró el hecho como una victoria personal. De inmediato ordenó archivar el expediente que había abierto en contra de Sofía y mandó a llamar a quien había de reemplazarla: una marioneta sobre la que tendría todo el control desde ese instante.
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