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PROLOGO Nuestro peregrinaje por la vida es como un maravilloso viaje en busca de respuestas que den sentido a nuestra existencia. Durante el recorrido nos vamos desprendiendo de nuestros equipajes (los apegos) y es en ese momento que sentimos la presencia de Dios. Ese itinerario, lo podemos hacer guiados por la fe, el amor y la esperanza; avanzando llenos de alegría y gozo, o podemos hacerlo acompañados de nuestros egoísmos y apegos; quejándonos y dando vueltas en círculos sin poder avanzar. De esa forma no encontraremos respuestas. Nuestro equipaje, será cada vez más pesado. Soltemos esa carga que no nos permite avanzar. Tenemos que desprendernos de nuestros miedos, nuestros rencores, nuestras culpas y nuestros egoísmos. Al abandonar el peso, ese viaje dejará de ser una tarea tediosa y se convertirá en una misión fascinante, plena de significado. Al tener conciencia de todas estas maravillas que se van revelando, la vida jamás será igual. La parte más sorprendente de este viaje es cuando tomamos conciencia de que no estamos solos, y que nunca lo estuvimos.
CAPÍTULO I Una serie de extraños e inexplicables acontecimientos tuvieron lugar una mañana del mes de junio de 1970. Estaba hospitalizada en la sala de cardiología del Hospital General del Seguro Social, por un problema de taquicardia, cuya causa no se había determinado. Salí de mi habitación y vi en el pasillo cómo una mujer morena, trataba de desplazarse en una silla de ruedas que no lograba mover. Su rostro reflejaba frustración, miedo, desconcierto y una enorme indefensión. Me acerqué a ella para asistirle y, como si la conociera de toda la vida, le dije que me permitiera ayudarla. Levantó su mirada, y con un gran escepticismo objetó. —¡Cómo que una blanca va a servir a una negra como yo! —¿Cuál es tu nombre? —pregunté. Desorientada por su respuesta le hice esa pregunta para ganar tiempo, sin embargo, sentía como si la conociera de toda la vida. La mujer respondió sin mirarme, en voz baja. —Me llamo Josefina. La miré directamente a los ojos y le expliqué que nuestra misión en este mundo es la del servicio. Insistiéndole en que me dejara ayudarla, la conduje hasta el baño y después regresé con ella a su habitación. Allí comenzó nuestra gran amistad, dos mujeres, tan diferentes y tan parecidas. Había llegado al hospital hacía tres días y me habían internado por carambola, sólo para hacerme un electrocardiograma, como resultado de aquella taquicardia indeterminada. En una prueba de esfuerzo durante el examen, me desmayé y cundió el pánico. Los médicos no se quisieron arriesgar, me pasaron directamente a hospitalización, y allí estaba yo, ingresada por sorpresa, o a lo mejor, por el destino. Lo que más me impresionó, al llegar al hospital, fue lo impecable, lo limpio que estaba todo. Se sentía el olor que emana de los artefactos y los objetos esterilizados, el de los productos que se usan para una limpieza profunda. Era un edificio de varios pisos y, hasta ese momento, el hospital más grande del país. En ese tiempo, sus pasillos parecían enormes, las camas bien arregladas, las sábanas impecablemente limpias y puestas en su lugar, suficiente espacio, pocas camas por habitación. Ni que hablar de la atención de médicos y enfermeras pues hasta el personal de aseo era de un buen trato admirable, parece mentira lo bien educados que éramos todos entonces, ahora lo veo como un lujo cortesano y exquisito. Me reunía con Josefina casi todos los días.Una semana después de nuestro primer encuentro, ella tuvo una riña con su compañera de cuarto, por lo que fue trasladada a mi habitación. Una mañana, observé cómo Josefina cerraba cautelosamente todas las cortinas que tenía alrededor de su cama, para que nadie la observara. Una sensación extraña e inexplicable se apoderó de mí, que sin pensarlo dos veces, abrí las cortinas y me senté en su cama. No soy de abrirle cortinas a nadie, pero presentí que lo que allí ocurría era algo que yo buscaba desde hacía tiempo. Observé que Josefina se estaba tirando las cartas. Eran cartas españolas, yo las conocía de antemano, pero estas eran diferentes. Más grandes que las corrientes y cosa curiosa, mostraban una profusión de bastos. Por experiencias anteriores comprendí que significaban conflictos, problemas..., contrariedades... o enfermedades. Ella también lo sabía. La observé atentamente, Josefina era una mujer alta, como de cincuenta años, morena, de complexión gruesa sin ser gorda; pero lo que más llamaba la atención era la expresión de su rostro: era todo incógnitas, sus ojos escrutadores, daban la sensación de penetrar en tu mente y en tu alma. Ella decía que tenía la facultad de saber lo que tenías en tu mente... y en tu corazón. Su sonrisa era realmente fascinante, iluminaba su cara y daba la seguridad de que siempre, en todo momento, podías contar con ella. Sus cejas arqueadas le daban una expresión enigmática, llena de misterio. Yo era tan diferente de Josefina físicamente. Apenas tenía veintidós años, blanca, de cabellos largos y rubios, delgada, alta; pero también sentía que emanaba de mí una perceptible fuerza interior. Espiritualmente nos parecíamos, éramos escrutadoras, amantes del conocimiento oculto, con una gran capacidad para penetrar en el alma de las personas, con vocación de servicio y con un gran amor al prójimo. Sin ninguna discreción de mi parte, le pregunté. —¿Te estás leyendo las cartas? —a lo que me contestó—. No, le estoy haciendo las cartas a una persona ausente. Éste es un método que conocen muy pocos. Todo esto despertó en mí un interés extraño, fascinante. Siempre había experimentado una atracción poderosa por los temas enigmáticos, y desde ese momento, me incitó una verdadera pasión por lo inescrutable. —Josefina, ¿me podrías enseñar a tirar las cartas? —Con mucho gusto —fue su respuesta—. También te voy a enseñar a tirar la baraja política. Se puede hacer con las cartas españolas, pero es preferible con el Tarot. Te gustará, porque por esa prueba de las barajas, los consultantes pagan cualquier precio. Es la parte más interesante de este trabajo. Sabes... en la política hay muchas intrigas, que tú irás descubriendo si eres una buena cartomántica. Esa misma mañana me entregó Josefina una lista de combinaciones de las cartas porque, hasta ese momento, yo ignoraba que el significado de las cartas depende de la posición; es lo que en cartomancia se conoce como edificación. En una semana me aprendí cerca de cuatrocientas combinaciones, ya que el entusiasmo era tal, que no me daba descanso; y tanta era la destreza que iba adquiriendo, que hablaba con Josefina en el lenguaje de las cartas, el cual era de lo más pintoresco. Las expresiones eran insinuadoras, entre ellas estaban: el encantamiento erótico, la exaltación mística, los estados alterados de la conciencia, el trance lúcido, el perseguimiento amoroso de mal fin, la promesa no mantenida, la catástrofe producida por la imprudencia, la posesión maléfica, las ataduras terrestres, el atrapamiento amoroso nefasto, el sacrificio transformador; monstruos que habitan dentro de nosotros, tentaciones al acecho y detonantes de la devastación emocional y sicológica. Yo sentía que a través de este lenguaje sorprendente me transportaba a vidas anteriores, a mundos, a universos que habían existido cuatrocientos, setecientos, miles de años atrás; y cuando salía de ese trance, experimentaba una energía nada común, que me alentaba y que me daba nuevas fuerzas. Recuerdo una ocasión en que llegó a la sala de cardiología un médico, que se mostraba especialmente solícito conmigo; pero siempre sospeché que sus intenciones no eran del todo honestas; así que, mirando fijamente a Josefina le dije. —Caballo de basto, tres de bastos y dos de copas —lo cual significaba, perseguimiento amoroso de mal fin; a lo que ella sonrió y contestó— Tienes razón, yo pienso eso mismo. Llevaba ya como un mes de estos aprendizajes, cuando le dije. —Josefina, creo que estoy preparada, para hacer mi primera baraja—a lo que ella replicó—. Vamos a ver si consigues quien se la quiera hacer. En ese mismo momento, llegó un médico interno que acababa de salir de su turno, y con el cual había brotado una amistad común a las dos. Manuel, era un hombre joven, atractivo, de estatura normal, cabello castaño, ojos pardos, todas las pacientes, incluso las enfermas de la sala, estaban locas por él... A excepción mía y de Josefina, quienes teníamos otro tipo de intereses, digamos que intereses esotéricos y muy, muy misteriosos. Además, Manuel tenía buenos sentimientos, nos atendía con mucho cariño, y más que un médico, era un amigo de sus pacientes. —Manuel, ¿no quieres saber lo que el destino te tiene deparado? Manuel sonrió y contestó. —No creo en esas tonterías. Sin renunciar a mis objetivos, presioné. —Eres el candidato indicado, porque necesito un no creyente. ¿No quieres saber, cuál de las tres mujeres con las que andas te quiere más? —pálido y desconcertado por la sorpresa replicó —.¡Cómo sabes que estoy saliendo con tres mujeres! —con pose de novel hechicera contesté con gran ironía—. No sabes, querido, que yo tengo el don de la clarividencia. Lo convencí y le tiré las cartas. En ese momento no pensé mucho en las combinaciones, sino más bien en las sensaciones que se iban apoderando de mi mente, toda clase de información, llegaba de una manera tan misteriosa y fascinante, que en ese instante no entendía lo que me estaba pasando, pero obviando esa situación, iba relatando todo lo que me llegaba a la mente. —Manuel,... andas con una mujer casada y el marido de esa mujer es violento, ¡tú estás en grave peligro! Escúchame bien, ese hombre va a venir a buscarte al hospital, te va amenazar con un revólver y si no usas la cabeza, estás muerto. Lo único que te puede salvar es decirle que tú no tienes nada que ver con su esposa, que lo que ocurre es que ella está enferma por la mala vida que él le da, que tú lo único que haces es aconsejarle que lo deje; pero ella se niega, porque lo quiere mucho a pesar de los maltratos. Cuando levanté la mirada, Manuel sudaba copiosamente y Josefina estaba realmente asustada. Su estupor era tal, que no pronunció una sola palabra. Manuel se levantó de la silla y recorrió la habitación. En la misma, había tres camas, una al lado de otra, separadas por pequeñas mesas; al final del pasillo, un balcón. Manuel salió al balcón a fumarse un cigarrillo. Ninguna de las dos nos atrevimos a interrumpirlo. Josefina estaba callada, su rostro reflejaba consternación, sorpresa y miedo, esto me asustó mucho. Josefina parecía disgustada, y en sus ojos se podía percibir una enorme tristeza. Yo no sabía qué hacer, estaba consciente de que me había excedido, me sentía tan extraña... En ese momento entró Manuel y nos dijo. —No quiero saber nada más, no creo en nada de lo que me has contado, Flaca —añadió— Qué hombre joven no anda con una mujer casada, pero yo soy discreto y nadie lo sabe y, por suerte, tú no la conoces, a ella ni al marido. Salió rápidamente de la habitación sin despedirse. —¡Cómo es posible que hayas sido tan osada, que te hayas atrevido a especular de esa manera! —objetó Josefina. A lo que, sintiéndome aventajada aprendiz, respondí. —¡No sé lo que me pasó! Me llegó la información y no podía contenerme, lo siento mucho. —¿De dónde sacaste eso? En las barajas había ciertos indicios, pero los detalles te los inventaste. ¿De dónde salió lo del revólver? ¡Eso si que fue lo último! Hiciste una película de matones. ¡Esto es el colmo! Tienes que ser prudente. ¡Así no vas a llegar a ningún lado! —De verdad, Yosef, no sé lo que me sucedió. A la mañana siguiente cuando Josefina estaba peinándome, le fascinaba mi cabello, llegó Manuel, pálido como un muerto. —Flaca —espetó—. ¡Salió todo! ¡Incluyendo lo del revólver!, y te vengo a dar las gracias. —¿Qué fue lo que pasó? —le dije sumamente angustiada. Manuel bajó la voz, y nos reveló lo siguiente. —Como a las tres de la tarde de ayer llegó el marido de la mujer con quien ando; se acercó a mí, me exigió que lo acompañara. Le respondí, que yo no lo conocía y que no iba a ningún lado con él. Entonces... se aproximó a mí, y pude sentir un objeto duro, él me advirtió que era un revólver. No tuve otro remedio que acompañarlo, me condujo a un lugar solitario y me confesó que estaba enterado de que yo andaba con su mujer. Le pregunté cómo se llamaba su mujer, porque yo siempre había tenido el cuidado de no involucrarme con mujeres casadas. Al decirme el nombre, sonriendo le dije que ella era mi paciente y que estaba realmente enferma, por la mala vida que él le daba. Que mi consejo era que lo dejara, pero ella había desatendido mi recomendación porque lo amaba intensamente.Se le iluminó el rostro, le embriagó un sentimiento de dicha y de seguridad que le hacía sonreír y llorar como un niño, alternativamente, una y otra vez, y a ratos, quedaba estático, como incrédulo. Cómo es posible, yo siempre pensé que ella no me quería y por eso me portaba así, salía con otras mujeres... Me respondió el desconcertado esposo. Manuel hizo una pausa y continuó con el relato; además me pidió que desde ese día, lo considerara su amigo. Le manifesté que me había hecho pasar un momento desagradable; y que lo único que le solicitaba era que no le comentara nada a la “casada infiel”, y le advirtí que desde ese día me iba a negar a atenderla, para evitar malas interpretaciones. El señor me dio las gracias y me trajo de regreso al hospital. Me sentía desagraviada, audaz; había presentido una penetración especial para el conocimiento del alma humana y creía percibir dotes para la clarividencia, pero lo ocurrido, me ilusionaba más aún. Cuando Manuel salió de la habitación, Josefina mirándome fijamente a los ojos dijo. —¿Cómo pudo haber sucedido todo esto? No lo entiendo. ¿Cuál es el don que tú tienes, que puedes acertar con tanta exactitud? —No te preocupes, es suerte de principiante. ¿Josefina, cómo explicas que saliera el revólver? —Dímelo tú, que lo inventaste, soy yo la que te va a pedir una explicación coherente. —Josefina, cuando estaba hablando con Manuel, a mi mente vino la imagen del revólver, ni tan siquiera lo pensé, lo dije, yo me escuché diciéndolo, y fui la primera en sorprenderme. ¡Aunque no me creas, así pasó todo! —La verdad, Fula, no entiendo nada, pero no me sigas explicando que tú tampoco lo entiendes. Dos semanas después, una mañana de invierno, Josefina me abordó. —Llegó el momento, de que pases la prueba de fuego. Quiero que me hagas las cartas —sentí cierto temor y para evadirla le dije. —Recuerda, querida, que entre gitanos no se tiran la buenaventura. —No seas necia, quiero confirmar tus dones de clarividencia. Deseé demostrarle a Josefina que la discípula era capaz de enorgullecer a sus maestros. Comencé con la invocación caba-lística a los Ángeles de la Luz. Esta invocación era un ritual que me hacía trascender hacia lo desconocido, dando a mi voz un matiz profundo y misterioso. —Yo invoco a los Ángeles de la Luz para que me revelen lo que el destino le tiene deparado a Josefina Nieto, aunque sus predicciones sean adversas. Cuando tiré las cartas, comenzó a llegar toda clase de información, muchas de las cuales, consideraba absolutamente absurdas. Sin embargo, fui detallándolas una a una, mientras observaba atentamente el rostro de mi consultante. Me sentía tan extraña, que no alcanzaba a definir lo que estaba experimentando. —Yosef, has tenido una vida llena de contrariedades, has enfrentando toda clase de problemas y parece que los peores fueron los económicos. Tuviste un problema personal con un hombre que se dedica a la magia negra, y él es quien te tiene enferma. No has podido curarte, porque ese hombre está muerto y se llevó a la tumba el secreto del mal que te hizo. Cuando levanté la mirada, pude observar el desconcierto de Josefina, pero continué sin darle mayor importancia. —Saliste de tu país hace como cuatro años, pero no has podido recuperar tu salud. Te hace falta paz y sin paz, no puede haber curación. Te dedicas a hacer trabajos para mujeres con conflictos matrimoniales, pero tienes que tener mucho cuidado, porque el marido de una de ellas es militar de alto rango y te va a exilar del país. Josefina, se comenzó a reír a carcajadas y respingó. —Esto sí que es lo último, que te atrevas a inventar conmigo, tu maestra. Es verdad lo que me dijiste al principio, del hombre que me enfermó y su muerte. Otra cosa que es cierta, que no soy panameña. Nací en Santa Marta, Colombia, y hasta allí todo va muy bien; pero que me vayan a exilar, eso sí que es osado. ¡A lo que se refieren las cartas, es a la salida del hospital y no del país! —Yosef, no sé lo que me pasa, en el momento que estaban las cartas sobre la mesa, llegaron imágenes espontáneas a mi mente. No sé. Siento que las barajas me dan la oportunidad de recibir conocimiento de una manera intuitiva. Anteriormente me ha pasado lo mismo, pero ahora cuando consulto las barajas me pasa más a menudo. Hay ocasiones en que siento miedo, porque no tengo el dominio de mis facultades para entender este fenómeno. Dos semanas después, Josefina fue dada del alta y cuando se despidió, me dijo. —Fantasiosa, ¿te das cuenta de que lo que salió en las cartas fue la dada de alta del hospital? —le respondí con una gran sonrisa—.Espera y verás. Un mes después, yo también fui dada de alta, y una vez, cuando regresaba a mi cita de control, recorrí el hospital, entré al consultorio, la enfermera me acostó en una camilla para tomarme la presión y un electrocardiograma. Mientras me atendía el especialista que me había hospitalizado por tres meses, pensaba: cuantas noches sin dormir; cuanto dolor; cuanto sufrimiento. He vencido a la enfermedad que me recluyó por tantos meses. Verdaderamente, me he convencido: no soy una paciente, soy una sobreviviente. Después de ser atendida, cuando caminaba hacia la farmacia en busca de los medicamentos que me habían recetado, evoqué el recuerdo de Josefina. Sentí un estremecimiento. La última vez que nos habíamos visto, había sido cuando le pronostiqué la extraña salida del país. Levanté la mirada y de repente, frente a mí, estaba Marta, la sobrina de Josefina. Nada en ese encuentro fue casual. —Marta, ¿cómo está tu tía? —¿Usted no sabe? Josefina fue expulsada del país por orden de un coronel de la Guardia Nacional. No pude articular palabra, estaba tan impresionada. Todo esto sobrepasaba mi capacidad de asombro. Mis pensamientos eran tan confusos que no me di cuenta de cuando Marta se despidió y se fue. Una vez más, pude comprobar mi acierto, ahora infortunadamente; un don especial, pero también ininteligible, que no alcanzaba a comprender y sentí miedo. Miedo a lo desconocido no sabía cómo utilizar ese poder, y el mismo me inquietaba hasta el punto de quitarme la paz. Asustada por los cambios que se operaban en mi vida; y antes de viajar a Chitré, lugar donde residía, fui a visitar a Mariana, mi hermana melliza. Mariana y yo éramos tan diferentes físicamente. Ella, alta, de piel trigueña, ojos oscuros, cabello castaño y “entradita en carnes”. Vivía en Cerro Viento, una barriada de las afueras de la ciudad de Panamá. Ese lugar me recordaba a los pueblos del interior, estaba ubicada en la vía al Aeropuerto Internacional de Tocumen, las casa con jardines al frente y con patios traseros llenos de árboles frutales, llenos de trasto y cachivaches casi inservibles, próximos a ser basura, como si cumplieran una etapa previa o una estancia de espera antes de que alguien los tirase definitivamente. La barriada de Cerro Viento era de reciente construcción y muchas de las casas estaban todavía a medio hacer. —Chola, sabes que aprendí a tirar las barajas. —¿Cuáles? —preguntó. —Las españolas —dije, y ella sonriendo me respondió—. Yo también aprendí, pero con el Tarot. Dos hermanas, tan semejantes y tan distintas a la vez. Conversamos largo tiempo, intercambiamos conocimientos, y quedamos de acuerdo en que ella me enseñaría el Tarot; y yo, las españolas. Todas estas coincidencias me parecían tan extrañas, como si algo misterioso y oculto las determinara. Viajé a Chitré en una avioneta de cinco pasajeros durante cuarenta y cinco minutos. Cuando la avioneta se disponía a aterrizar, observaba por la ventanilla la ciudad de Chitré, yo no había nacido allí, sino en la ciudad de Panamá y al cumplir tres años nos habíamos mudado para allá. Pensé que esa era una ciudad distinta, no se parecía a ninguna otra del interior, todo en ella era diferente. Su arquitectura, el trazado de las calles. En aquel tiempo, parecía una ciudad sacada de un cuento de hadas. Esperé que el carro llegara y a los pocos minutos vinieron a buscarme. Por todo el camino, reflexionaba sobre la aventura que había vivido. No había duda de que todo lo pasado me ayudó a enfrentar el problema de salud. El reconocimiento, la lucha, el recorrido interior, el tocar fondo, me llevaron a encontrar la esencia de una personalidad particular y, definitivamente, ya no era la misma persona. Había ingresado al hospital con un diagnóstico por determinar y salía en las mismas condiciones. No lo podía creer. La confusión y la desilusión se apoderaron de mí; tantos exámenes, tantas pruebas, tantos análisis, muchos de ellos dolorosos; tanta paciencia, tanta espera, tanto esfuerzo y ninguna conclusión acertada. Los médicos no tenían respuestas. Podía intuir su frustración ante lo difícil de mi caso, sin embargo, tenía la seguridad de que nunca me daría por vencida. Había en mí una fuerza sobrehumana que me impulsaba a buscar la verdad, que me sostenía, que me impedía dejar las cosas pendientes, pues ese diagnóstico por determinar, sólo sería precisado dieciséis años después.Esa búsqueda de la verdad caracterizó mi vida. A partir de ese momento emprendí, o continué, una búsqueda determinada. La búsqueda de las respuestas, la búsqueda de los significados, la búsqueda de las verdaderas esencias, la búsqueda del ser, mi ser. Entonces vivíamos en el centro de la ciudad, en una de las calles más concurridas, cerca de la avenida principal. Al lado de la casa se encontraba el Teatro Amalia, la sala de cine más importante del pueblo, la primera construida en el interior y al frente, el Parque de La Bandera, el eje de las reuniones políticas. Mi familia se había establecido en Chitré cuando yo tenía apenas tres años de edad. El pueblo siempre estará en mi corazón y en el de mi familia, porque gracias a su acogida fraterna y solidaria, nos pudimos realizar profesional y humanamente. Nunca he olvidado mi llegada a Chitré, a pesar de haber ocurrido cuando era tan pequeña. Mientras el carro recorría la carretera hacia Chitré, veía la espléndida vegetación de aquel entonces, los enorme potreros de pastos inagotables, los árboles tupidos de verdor y la fragancia de las flores silvestres. Observaba con mucha atención a los animales pues, los únicos que conocía eran el perro y el loro ya que, en casa siempre hubo perros y en una ocasión tuvimos un loro. En esos tiempos, el viaje por vía terrestre demoraba alrededor de siete horas. Como a la mitad del camino, el carro se detuvo para tomarnos un descanso. En uno de los potreros había un raro animal que despertó mi curiosidad infantil. Lo señalé y pregunté a mi madre qué era. —Una vaca, las vacas son las que dan la leche que tomamos todos los días. Hasta ese momento yo pensaba que la leche la daba la lata, no salía de mi sorpresa, esa vaca me llamaba poderosamente la atención. Mamá sonrió y llena de curiosidad preguntó. —¿Te gustan las vacas? —Sí, me gustan, pero, ¿puedo preguntar algo?... ¿Por qué las vacas no usan panties? Los viajeros soltaron carcajadas escandalosas y me disgustó mucho que en vez de responder, se rieran. Mi madre comprendió mi enojo y contestó. —Los animales no tienen que vestirse como las personas. Recuerda que el perro nunca usa ropa. Acepté la respuesta, me pareció lógica y cambié de opinión con relación a las vacas, ya no pensaba que eran unas desvergonzadas. Finalizadas mis reflexiones me dispuse a descansar. Me sentía cansada, eran tantas las emociones experimentadas, que descansé por varias horas. Cuando me levanté llamé a una amiga que tenía verdadera obsesión por las cartas, y le dije lo que había aprendido. Janet no le dio mucha credibilidad, pero la curiosidad fue mayor y llegó en la tarde a tirarse las cartas. Era una mujer atractiva, de mediana edad, alta, de cabellos dorados y ojos verdes, con un gran sentido del humor. Siempre estaba sonriente. Entró a la casa, pasó directamente a mi habitación y lo primero que me dijo fue. —Esto de hacerme las barajas me entusiasma enormemente. La miré fijamente a los ojos, y le dije. —No te vayas a asustar, pero tengo que hacer la invocación cabalística. —¿Qué carajo es esa invocación de que me hablas? —No te preocupes y espera. Le hice la invocación a los Ángeles de la Luz, miré a Janet que estaba realmente impresionada. En primera instancia le dije. —Tú estás saliendo con un hombre casado, y ese hombre es importante en el gobierno, yo no diría que el presidente, pero está muy cerca de él —a lo que respondió, con su frescura de siempre—. No, no es el presidente, pero es un cargo similar. Levanté el rostro, tal era mi sorpresa que dejé de hablar por unos momentos. —Continúa que estoy interesada. —Debes tener mucho cuidado, porque aquí te sale un embarazo—a lo que ella respondió—. Ni lo sueñes, yo me cuido. —Mira Janet, también te salió que la esposa de este señor, se va a enterar y que los va a sorprender en el lugar donde se encuentran... En la baraja también sale que esa mujer tiene un amante. Si ella se atreve a ir al hotel a sorprenderlos, recuerda, querida, el conocimiento es poder. Tú sabrás si usas ese as que tienes en la manga. Janet permaneció callada por un tiempo y replicó. —No creo que una mujer que traicione a su marido tenga el coraje para exigir fidelidad. Al terminar la baraja se despidió diciendo. —El que tiene un secreto no puede venir a hacerse las pruebas contigo, eres una verdadera experta en descubrir lo oculto. Sus palabras resonaron de una manera tan extraña, que nunca las olvidé. Seis semanas después, Janet llegó a casa alterada. La esposa del amante los había descubierto en el hotel. No tuvo alternativa y se vio obligada a usar la información que le dieron las cartas. A partir de ese momento, mi fama de pitonisa fue incrementándose de tal forma que muchas personas pensaban que era una bruja. Pasados dos meses, conversaba con una vecina sobre la enfermedad de mi Papá. —Fidita, los médicos dicen que mi Papá esta desahuciado y estoy preocupada. —No te preocupes —me contestó—¿por qué no le haces las barajas como a persona ausente, y así descubrimos su verdadero estado? —me quedé pensativa, ella continuó—. En una ocasión, me dijiste que una colombiana te había enseñado a hacer la baraja a las personas en ausencia. —Tienes razón, nada se pierde con probar, a lo mejor sale algún dato interesante. Al tirar la baraja algo me sorprendí notablemente. Hay una combinación que es difícil que salga, as de bastos, dos de bastos, cuatro de bastos y siete de basto. Esto indica un grave peligro de muerte; pero lo más extraño era que no parecía ser por la enfermedad que lo aquejaba, sino por una complicación en el tratamiento. En ese momento, recordé que al día siguiente le harían una diálisis. Inmediatamente llamé al médico. —Doctor, soñé que mi Papá iba a tener una complicación con la diálisis, por algo en el líquido —esto último llegó a mi mente cuando conversaba con él. El doctor fue atento, pero daba la impresión de no tomar en cuenta mis palabras. Como a la semana, volvimos a hacer las cartas en ausencia. —Fidita, ¡mi Papá va a tener un infarto... como a las doce de esa noche! —¿Estás segura? ¿No piensas que es mucha coincidencia? ¿Crees que debes llamar al médico? —¡Tengo que advertirle! Si pasa algo, me sentiría muy mal si no lo digo—volví a llamar al doctor—. Le habla la hija del señor Sebastián ¿me recuerda? Yo lo llamé hace una semana, quisiera decirle que se va a presentar otra complicación. Esta vez, desesperada, le relaté todo lo que había salido en las cartas. El doctor me contestó de una manera irónica. —No me digas que volviste a “soñar”. No le contesté y cerré el teléfono disgustada. A la mañana siguiente, como a las nueve de la mañana, recibí una llamada del médico que atendía a papá. —No sé lo que está pasando, ni cómo te puedes adelantar a lo que va a pasar, pero anoche tu papá tuvo un infarto a las doce de la noche. Afortunadamente yo estaba en cuidado intensivo, aunque no lo creas, concedí el beneficio de la duda a toda la información que me diste. No digas que lo soñaste, eso sí que no te lo voy a creer. —Todas estas informaciones me las proporciona la cartomancia. —No lo puedo creer —fue su respuesta. —No se preocupe, ya falta poco para que termine todo, él va a descansar, dentro de cuarenta y ocho horas morirá, a pesar de que ha sobrevivido un año a los pronósticos médicos. En las cartas salió que tiene muy poco tiempo de vida. Es más, me atrevería a afirmar que sólo tiene cuarenta y ocho horas. —¿Cómo puedes ser tan precisa, ni nosotros, que somos médicos, podemos hacer una afirmación tan categórica? —reprochó en tono enérgico. Al terminar de hablar con el médico, llamé a Fidita. Enseguida se presentó y le relaté que conversé con el Doctor. La noche en que se cumplía el término, Fidita llegó a la casa, —Quien va a dar la noticia es Ricardo mi hermano mayor, va a llamar como a las doce de la noche —le anuncié. Efectivamente, como a las doce y dos minutos, sonó el teléfono, respondí directamente. —Ricardo, ¿mi papá murió? —Sí, acaba de morir, ten mucho cuidado para darle la noticia a Mamá. No contesté nada, inmediatamente llamé a Mamá para darle la noticia. Estaba tan consternada que casi no me podía mover, eran tantos los sentimientos encontrados. Por un lado, el dolor por la muerte de mi padre y por el otro, el miedo. Sentí pánico de no saber como manejar el conocimiento intuitivo. Era la primera vez que me enfrentaba al conocimiento intuitivo que afectaba mi propia vida. En uno de los momentos más terribles, la ausencia, verdaderamente irreparable y definitiva, de alguien insustituible en mi vida. No entendía el sentido real de esa facultad, cuyos resultados podían ser tan profundamente dolorosos. Aterrada y desconcertada por ese miedo, tomé la firme determinación de no seguir en la cartomancia. Pero en lo más hondo del corazón se incrementaba mi pasión por lo inescrutable, por estas fuerzas incomprensibles del cosmos, de las que ya formaba parte. Reflexioné. Mi madre había dado a todos sus hijos una formación religiosa profunda y tradicional y en varias ocasiones había manifestado descontento por estas actividades y a menudo recordaba que la Iglesia católica no estaba de acuerdo con las prácticas de adivinación. En una ocasión mientras discutía con mi madre, comenté. —Yo sé que la Iglesia no está de acuerdo con estas prácticas, pero la Iglesia católica algún día se va a flexibilizar. Piénsalo bien Mamá, la Iglesia está sofocada por una estructura, en donde todo se regula por criterio de autoridad y por el miedo. Nunca he estado de acuerdo con las imposiciones, pues donde hay imposiciones y miedo no hay amor. Tomé una pausa para respirar profundamente, me asustaba mi propio atrevimiento, y continué. —Mami, y quiero que tengas bien claro algo, lo que yo practico no es adivinación... sino algo más complejo. Es conocimiento intuitivo. Me respondió alterada. —¡Qué conocimiento intuitivo de qué! ¡Qué nueva locura es esa! ¡La gente es mala y van a decir que eres una bruja! ¡Además cuando manifiestas tu opinión sobre la Iglesia, te pareces a los comunistas! —Me importa tan poco lo que diga la gente, la pobre debilidad humana es propensa a la maledicencia y aficionada a la murmuración. Así es y así será siempre, no podemos vivir la vida en función de lo que digan los demás. La mayoría tiene un vacío existencial tan grande, que casi lo único que incuban es frustración y, esa misma frustración, le hace destruir la reputación de las personas. —Mira hija, todos los sacerdotes afirman que eso de hacer la prueba de la baraja es muy malo, un pecado mortal y que las personas que lo hacen siempre viven en desgracia. —Te voy a decir algo Mamá, pero no quiero que lo tomes a mal. En una ocasión le dije a un sacerdote que el buen pastor busca a las ovejas perdidas y las lleva a casa sobre sus hombros. No piden que regresen arrastrándose, con el rabo entre las patas, llenas de pesar y remordimiento. ¡Si, el buen pastor es capaz de dejar a noventa y nueve ovejas que van por el buen camino y salir a buscar a esa oveja descarriada y, cuando regresa con ella, lo hace lleno de alegría! Mi madre se mantuvo callada por unos minutos, reflexionando y después de una pausa agregó. —Tienes una manera tan inusual de interpretar la Biblia, que me desconciertas y, muchas veces termino, dándote la razón. —Mami, te voy a decir lo que pienso con relación a la postura de la Iglesia. La Iglesia siempre, atrincherada en el miedo, trata de cercenar los conocimientos intuitivos. Pareciera que a través de estas prohibiciones buscaran controlarnos. Deberían promover nuestra fidelidad a Dios basada en el amor y no en el miedo. Toda búsqueda de la verdad debe seguir la fe, no precederla ni debilitarla; y el miedo, quiero que sepas, anula la fe. Ese es el gran problema, buscamos sin fe. Donde hay miedo, no puede haber fe. Recuerda Mami, Jesús siempre le decía a sus apóstoles, que no debían tener miedo. Siempre he pensado que a través de la intuición podemos descubrir la voluntad de Dios y el plan que tiene para cada uno de nosotros. Trato de aceptar la voluntad de Dios, porque la fe es un acto de aceptación y no de explicación. Este es el sentido de la fe Mi madre permaneció callada por algún tiempo, y respondió con una dulce sonrisa. —Tal vez tengas razón, pero cuídate mucho de expresar esa opinión que tienes de la religión a gente extraña, te podrían mal interpretar. Mientras hablaba, mi madre movía las manos. En ese momento recordé lo que me había contado sobre la abuela materna, la cual, hablaba con las manos en concordancia con lo que expresaba. Felicia era una mujer del sur de Italia, cerca de Nápoles, de un lugar llamado Sala Consolina e Padula. Su esposo, capitán del ejército italiano, era apuesto, pero excesivamente celoso. Además, tenía un puesto de jefatura en el pueblo y cuando aplicaba la ley a personas peligrosas, proferían toda clase de amenazas de violencia y persecuciones, diseminadas sobre toda la familia y todas nuestras generaciones. Felicia Cabelo era una mujer bellísima y admirada por toda la comunidad. Trigueña, de cabellos rubios y los ojos color de miel. El esposo no toleraba esas muestras exaltadas de admiración y le hacía la vida imposible. Felicia era valiente y capaz de enfrentar cualquier reto, había madurado la conciencia del peligro que corría; y no sólo ella, sino también, su pequeña hija. Un día tomó a su niña de diez años, Francesca y viajó a Panamá. Miguel Finamore, elegante, apuesto y guapísimo esposo no se resignó y la buscó por todo el Caribe, en todas direcciones, hasta Brasil, sin poder encontrarla. Nunca se le ocurrió buscarla en Panamá. Miguel, aparentemente, se estableció en Venezuela. Francesca, mi abuela, la hija de Felicia, creció en Panamá y se casó con un portugués. Se llamaba José Homen Rodríguez y era soldado del ejército portugués, quien había llegado a Panamá desde los veintiún años, proveniente de las islas Pico de las Azores. En una ocasión cuando navegaba en aguas panameñas, me contó Mamá, se enamoró de esta tierra y no pudo resistir la tentación de quedarse, se arrojó al mar. Estuvo nadando tres días y tres noche hasta llegar a las playas panameñas, aquí se quedó hasta su muerte. Cuando se encontró con Francesca, supo que era el amor de su vida y se casó con ella. Así es el destino, dos europeos que se conocen en Panamá y comparten una vida plena. Rosa, mi madre, siempre contaba historias de su familia, como una manera de conservar los vínculos del amor que ella profesaba a sus seres queridos. Mi madre era una persona sensitiva y tierna. Desde la niñez he sido enfermiza y ella me procuraba consideraciones especiales de alimentación, atención con las medicinas y me cuidaba con mucho amor. Con Ricardo el hijo mayor, mi madre era igual. Él, desde los once años, había tenido que marcharse a la ciudad de Panamá, cuando mi padre perdió, por represalias políticas, el trabajo de notario que tenía en Chitré y se trasladó Panamá, en búsqueda de un nuevo empleo. Ricardo sólo nos visitaba los veranos, en los cuales las pasábamos muy bien, divertidos. A Mamá le encantaba su carácter y se desvivía en atenciones para él. El juego favorito de Ricardo era tirar un colchón al suelo para hacer un tinglado. A cada uno de sus hermanos, le ponía un nombre de combate y todas las noches preparaba un gran encuentro de boxeo. A mí me puso “kid pantie”; a Mariana, “kid pata de chola”; a Roberto, “ Kid mono”; a Esmeralda, “kid Jean Lafitte” y a Esilda, “kid argantúa”, todos teníamos nombres pugilísticos inventados. Su vocación por el deporte ha sido permanente. Isabel, una amiga, observó la predilección de mi madre por Ricardo y por mí, y le preguntó directamente. —¿A cuál de tus hijos quieres más? Mamá sonrió. La expresión de su rostro era de tanta sereni-dad y sabiduría que todos los que la rodeábamos guardamos silencio para escuchar su respuesta. —El hijo que más quiero es al que está enfermo, hasta que mejore y al que está lejos, hasta que regrese. Nadie esperaba esa respuesta. Cuanta sapiencia y ternura envolvieron sus palabras. Se podía observar en su rostro la satis-facción de comprobar que ella estaba haciendo lo correcto. Desde ese instante todos los hermanos comprendimos el porqué Mamá nos prodigaba cuidados especiales a Ricardo y a mí. Cuando Roberto tuvo, por motivos de trabajo, que mudarse a Panamá fue lo mismo. Mamá se desvanecía en atenciones para con Roberto. Esto me molestaba, me ponía celosa y le decía. —Llegó tu bebé de doscientas cuarenta libras. Después de la conversación con Mamá, pasé varias semanas en profunda meditación ya que, mi formación religiosa entró conflicto con ese despertar al conocimiento intuitivo. Esa facultad, no la consideraba un don, sino una fuente de preocupaciones. Una prueba a la que no sabía como enfrentarme. La percepción extrasensorial es una de esas cualidades cuyo abuso puede conducir a la demencia. Por tal razón reflexionaba si debía continuar esa práctica. Los dramas generalmente ocurren durante los desafíos y pruebas de la vida. Se interrumpe la rutina y la ansiedad aparece con violencia. Se llama tocar fondo y, para mí, eso de hacer la prueba de la baraja, se había convertido en un verdadero drama. Por esa razón mi determinación de dejar de hacer las barajas se mantuvo firme. Cuando tomé la decisión de no echar las cartas, muchas de mis amigas se disgustaron. Janet vino a visitarme. —Oye Fula, ¿no sabes que puedes hacerte famosa y ganar mucho dinero? —Janet, eso fue lo que me obligó a tomar esta decisión, la verdad era que me sentía poderosa, capaz de saber con bastante exactitud lo que el destino tenía deparado a todos los que me consultaban, y cuando veía el estupor en su rostro, te aseguro que sentía una enorme satisfacción. Al principio todo empezó como un juego. Tú lo sabes, porque fuiste una de las primeras personas a las que hice las cartas, pero ahora esto se está convirtiendo en un juego peligroso. Es como jugar a ser Dios y la verdad es que no me gusta. No te digo que no voy a consultar más las cartas, pero voy a hacer un alto en el camino y reflexionar sobre el asunto. Esta situación está generándome mucha angustia y pensé que había llegado el momento de dejarlo. —Bueno Fula, espera un tiempo, pero cuando cambies de parecer, quiero que prometas llamarme y ser la primera a la que le hagas las cartas nuevamente. —No te preocupes, así lo haré, te llamaré en cuanto me decida. Janet se despidió y salió de la casa, no sin antes expresar su frustración porque según ella, yo siempre la preparaba para los eventos del futuro. Pasaron muchos meses sin que volviera a tocar las cartas. Estaba ocupada buscando trabajo. Encontré un trabajo, para el cual me entrenaron en la ciudad de David. El entrenamiento demoró dos semanas, durante las cuales conocí a un ganadero, joven, con una buena posición económica. Él estaba interesado en mí, aunque había algo que no sabía precisar, que me hacía desconfiar. Cuando regresé a Chitré, para iniciar el trabajo, el ganadero me llamaba constantemente, y allí comenzó, en realidad, una relación amistosa; de mi parte, con muchas reservas. Llegó el momento en que le platiqué sobre mi aprendizaje de tirar las cartas. Felipe sonrió y comentó. —Nunca me he hecho las cartas porque no creo en esas tonterías—sonreí mientras afirmaba—.Pueda ser que nunca necesites de mis esotéricos servicios. Pasaron alrededor de cinco meses, una mañana Felipe me llamó desde David. —Necesito que me hagas un favor y ahora salgo para Chitré. No dio ninguna explicación. Cuando llegó a mi oficina faltaban casi cinco minutos para la hora de salida, los cuales esperó. Felipe me miró fijamente. —No puedes fallarme, estoy preocupado y necesito que me hagas las cartas. No me preguntes y si es verdad que sabes algo de cartomancia, tiene que salir el problema tan grande que tengo. —Tranquilo, no te preocupes, voy a tener la oportunidad de demostrarte mis facultades. Llegamos a la casa, por suerte Mamá no estaba, había salido a visitar a una amiga. —Felipe, corta las cartas, vamos a ver qué es lo que el destino te tiene deparado. En verdad me sentía divertida, viendo todo lo que reflejaba su cara. Duda y desprecio por la cartomancia, entre otras cosas. Felipe era un hombre común y corriente, moreno de mediana estatura, delgado y nada atractivo. Hice la invocación cabalística a los Ángeles de la Luz y en ese preciso momento, comenzaron a pasar por mi mente imágenes, las cuales iba expresando. Comencé por decirle. —Estás amenazado y sientes mucho miedo. Te acusan de haber embarazado a una menor de edad y el padre de ella es quien te tiene tan asustado Se quedó callado, en ese momento supe que había acertado, continué diciéndole. —No tengas miedo, la chica no está embarazada, lo único que quiere es atraparte, porque te considera un buen partido Felipe guardaba silencio, era como si no oyera. —¿Me escuchas, estás ausente? Felipe levantó la mirada y dijo en tono grave. —Continúa por favor, no te imaginas lo perturbado que estoy, por lo que pasa con esa muchacha y por tener que comprobar que realmente tienes muchos talentos en estas cosas que yo no entiendo, ni quiero entender. Sigue. Me interesa mucho el consejo que me puedas dar. —Lo prudente es decirle al padre de la chica, que tú piensas, que es conveniente que vayan los tres a un médico, para confirmar el embarazo. Verás que en ese momento, se le vienen abajo todos sus planes. Cuando levanté la vista, observé que, a pesar de estar sorpre-ndido, se estaba divirtiendo. —¿Cómo puedes saber todo esto? Imagínate que vayamos al médico y la chica esté realmente embarazada. ¡Sabes en el lío que me voy a meter! —Bueno chico es tu problema, ya yo cumplí mi parte. Te corresponde a ti hacer lo que mejor te parece. Se despidió, invadido por el estupor y un poco disgustado. Esa misma tarde partió para David. Pasada una semana, Felipe llamó contento. A través de su voz, pude intuir que se había liberado de toda presión. —¿Sabes, querida amiga? Hice exactamente lo que me suge-riste; y cuando fuimos al médico, la chica no tuvo más remedio que contarle a su papá que nos había mentido. El disgusto de ese señor fue tal, que tuve que intervenir para que no la golpeara. Me pidió disculpas y problema resuelto. No te imaginas cuánto te lo agradezco. —Felipe, tú siempre has sido tan incrédulo, toma esto como una lección. Cuando no tengas conocimiento acerca de algo no desprecies ese algo, porque puede ser que, aunque no creas, eso logre ayudarte. A pesar de que hice las barajas a Felipe, no lo consideré como claudicación en mi empeño de no hacer las cartas. Sólo era la forma de ayudar a un amigo y, gracias a Dios, así fue.Tuve otra perspectiva de la cartomancia, podría servir de orientación para algunas personas que tenían problemas serios y, a partir de ese momento, únicamente hice las cartas evaluando lo que cada consultante necesitaba saber. Si era algo realmente importante, le hacía la consulta; sino, le decía que no podía porque había hecho una promesa.
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