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LA COHERENCIA

 Entendemos como coherencia la capacidad de actuar en armonía con las propias convicciones.  Convicción, en el sentido que se utiliza, significa conciencia, por lo tanto coherencia es una actitud que permite relacionar el sistema de creencias de cada uno con la actuación personal. La coherencia es sólo un instrumento de la persona.  Utilizarla bien o mal es el reto. La coherencia para ser generadora de actos virtuosos, tiene que cumplir dos condiciones: fundamentarse en la recta conciencia y ejercitarse en el valor de obrar.

¿Nos preguntaremos cómo se desarrolla la recta conciencia?   La forma de hacerlo es aplicándola, ejercitándola.  En otras palabras, la conciencia se forma utilizándola a partir del examen de los hechos cotidianos. Ese examen se realiza a la luz de nuestro sistema de creencias, las cuales deberían estar dirigidas al bien personal y de la colectividad. En el desarrollo de la coherencia se necesitan de cuatro grandes virtudes: la prudencia que nos dispone a discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien, y a elegir los medios rectos para realizarlos. Es la regla de oro de todo comportamiento que guía el juicio de la conciencia. Gracia a esa virtud, podremos superar las dudas en las situaciones concretas.  Otra de las virtudes en juego es la justicia. Es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar al prójimo lo que es debido, disponerse a respetar los derechos de cada uno y  establecer, en las relaciones humanas, la armonía que promueve la equidad, respeto a las personas y el bien común. Junto con la prudencia, es posiblemente la virtud más necesaria y probablemente la más ausente.  Otra de las virtudes que influyen en la coherencia es la fortaleza. Expresa la capacidad para perseverar, resistir y ser constante en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza nos hace capaces de vencer el temor, incluso a la muerte y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. La última condición virtuosa que contribuye a la coherencia y tal vez la menos valorada es la virtud de la templanza, que modera la atención al placer y vela por él equilibrio en el uso y provecho de los bienes creados, evitando todo exceso.  Significa autocontrol, y es una condición necesaria para la honestidad y la discreción.

La coherencia personal es posible cuando existe el valor de obrar de acuerdo con las propias convicciones, teniendo el cuidado de armonizar la actitud coherente con la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. 

La construcción de una sociedad virtuosa en coherencia exigiría familias dispuestas a  ejercer como tales, educadores valorados, al igual que maestros y políticos capaces de dar lecciones con sus tareas cotidianas. La educación cobra un papel destacado.  Es urgente centrar la atención y proteger adecuadamente los objetivos, para lograr cambios e involucrar a la sociedad civil en la participación de proyectos colectivos, y así lograr transformaciones que contribuyan al progreso de la sociedad, tanto individual como colectivamente. La mayoría de los problemas políticos en nuestro país han sido resultado de la actuación incoherente de los involucrados. Debemos exigirle a la clase política un actuar afincado en la recta conciencia y en el valor de proceder coherentemente, anteponiendo los intereses de la patria, con acciones que deberían estar dirigidas al bien de la colectividad.

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