EDUCACIÓN PARA LA FAMILIA
Algunos cambios sociales y las condiciones de la vida actual han limitado la función de la familia. Hace algunos años, los abuelos, los tíos y los demás miembros de la familia ocupaban un lugar destacado en la vida de los niños. Esta función es especialmente importante en la actualidad; ya que, al pertenecer a una generación en que había menos divorcio y más familias numerosas, los mayores estaban en condiciones de ayudar a los padres en la educación y orientación de sus hijos.
Las nuevas tendencias sociales y familiares alejan a muchos niños de sus abuelas, abuelos, tías, tíos y otros familiares. La familia nuclear (padre, madre e hijos) contribuye a esta separación. Cada vez más, la sociedad va prescindiendo de la familia. Tal vez ésta sea una de las causas de la crisis de valores. El sistema de valores se hunde en una sociedad enferma. Las familias son como tripulantes de un barco atrapado por la tempestad que tratan de navegar sin brújula, ni mapas. Muchas familias van a la deriva, sin dirección, actuando improvisadamente, acarreando con las consecuencias de este proceder irresponsable.
La familia de hoy se haya inmersa en una cultura que se caracteriza por el materialismo, el individualismo, la explotación y el consumismo que la han llevado a la pérdida de los valores. La carencia de objetivos claros y el deterioro de los valores familiares desintegran la comunión familiar, eliminada la participación correspondiente de todos los miembros; y convirtiéndoles así, en fácil presa de la confusión, el divorcio y del abandono familiar.
Los efectos de la cultura juvenil de hoy han llevado a cierto menosprecio por los ancianos, creando el prejuicio de que por la boca de los mayores habla un pasado decadente, más que una suma de experiencias y la sabiduría. Por lo que, sus opiniones no son tenidas en cuenta. Es lamentable que nuestra cultura los haya relegado y no valore y utilice este tesoro. Los ancianos son portadores de sapiencia, de la reflexión y del consejo, los mayores tienen mucho que enseñar.
En otros tiempos, las personas mayores tenían más autoridad e influían en la educación de los niños. Los abuelos podrían ayudar a los padres a cuidar a los niños. Sería beneficioso que los nietos pudieran escuchar historias narradas por sus abuelos. Ellos son excelentes transmisores de las enseñanzas religiosas, de los valores. Son símbolos vivientes de la tradición y de la trascendencia. Se aprende más de un abuelo que de diez expertos en temas familiares.
La familia puede transformar la cultura en la cual esta inmersa, y sólo ella puede hacerlo. A través de la familia se asumen valores, se aprenden comportamientos y costumbres, se mantienen tradiciones, se aprende el valor del amor y el respeto propio y ajeno. En la mayoría de las familias, el padre y la madre tienen que trabajar para solventar las necesidades de sus hogares y los niños se quedan solos. Rescatemos a la gran familia, eduquemos para la recuperación de los valores altruistas y las funciones de la gran familia, la familia debe apuntalarse sobre sus mejores logros como institución y reconstruirse sobre ellos, nadie puede cuidar mejor de nuestros niños que sus seres más queridos.
Volvamos a ser esa familia de antaño, pero enriquecida en valores, como el amor y el respeto. Esta educación en el amor es necesaria para que se induzca la formación de convicciones que generen cambios de actitudes y de hábitos personales en los hijos, ya que, el futuro de la sociedad se fragua en la familia. Formemos familias coherentes con normas morales para que emprendan sin incertidumbre el camino del bien.
Las relaciones familiares basadas en el amor permiten a los hijos el aprendizaje de modelos de cooperación y convivencia que llevaran al resto de la sociedad. En el amor encuentra ayuda y significado todo lo que nutre a la familia. De ese modo la educación en la familia la sitúa en el horizonte de la “civilización del amor” depende de ella, y en gran medida contribuye a construirla.